Evocaciones de la Villa de Cartes en el homenaje a su Hijo Predilecto, Siro García

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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Palabras de José Ramón Saiz Fernández en la entrega del título de Hijo Predilecto de Cartes al Excmo. Sr. D. SIRO FRANCISCO GARCÍA PÉREZ.

4 de septiembre de 2010. 12 horas. Centro Cultural (Antiguas Escuelas).

 

 

 

Excmo. Sr. Presidente de Cantabria, Presidente del Parlamento.

 

Señor Alcalde y miembros de la Corporación.

 

Consejero De Cultura y Alcaldesa de Torrelavega.

 

Representantes del Tribunal Superior de Justicia de Cantabria.

 

Vecinos e invitados, querido don Siro, Hijo Predilecto de Cartes*.

 

 

Permítanme presentarme en este acto institucional como hijo de la Villa de Cartes con el agradable mandato del Sr. Alcalde y de nuestro Hijo Predilecto, de evocar tiempos pasados  en los que gracias a maestros de estimado e inolvidable recuerdo nos convertimos en hombres de provecho, frase ésta acuñada en un tiempo ya fenecido, pero de vigencia valiosa. Unas palabras que ante todo quieren reflejar un homenaje a la generación de nuestro Hijo Predilecto y a su aportación personal al engrandecimiento y prestigio de nuestra Villa natal.

Permítanme también confesar que muchos de los aquí presentes no podemos sustraernos a la emoción que nos produce encontrarnos entre estas paredes que fueron en su día escuela, nuestra querida y recordada escuela, en la que comenzamos a aprender y a saber, pero también a beber en ejemplos que han representado o representan una inolvidable guía para comportarnos.

Por esta vieja escuela nacional pasaron Siro y sus compañeros en los primeros años de la posguerra en el contexto general de una nación que ya salía, aunque muy lentamente, de la ruina y del enfrentamiento; a mi generación la correspondió el final de la autarquía y las vísperas del desarrollismo, un tiempo en el que, algo más afortunados, nos repartían leche en polvo en los recreos.

Estamos, como bien suponen, en el que para nosotros representa nostálgico escenario de las Viejas Escuelas de Cartes construidas en los finales de los años veinte, hoy felizmente reconvertidas en este digno Centro Cultural. 

En esta histórica Villa, conjunto monumental de viejas piedras y escudos de nobleza, nació y vivió Siro, nuestro querido homenajeado, aquí discurrieron sus primeras aventuras de vida e ilusiones entre el ir y venir a la escuela, realizando sus deberes en aquellas mesas carcomidas y entintadas que evoco, al tiempo que participaba en juegos infantiles.

A Siro, el juez serio, riguroso y con un bien ganado prestigio desde que inició y abrazó esta carrera -que era la deseada por su abuela doña María de la Torre y Caso, natural de Santiago de Cartes-  entonces se le llamaba Sirito, un niño  que aunque abierto a todos los juegos infantiles ya proyectaba seriedad y, sobre todo, no  era travieso sino adorado por las familias -Egusquiza, Sánchez, Ceballos, Cayón, Mediavilla, Uría, González-Macho, Díaz de la Bárcena, Pastor, los Camplengos y Blas Gómez, algunas que ahora recuerdo-  que vivían en el entorno de su casa Puebla de Los Ángeles, construida por su abuelo Fernando Pérez y Pérez, entonces industrial en Méjic0, en los años finales del siglo XIX, que mandó levantar en el mismo lugar donde había nacido en el seno de una familia de antiguos orígenes en la Villa.

Una vida, la de entonces, que a pesar de discurrir en la mayor de las penurias, escolares como Siro y otros compañeros presentes en este acto, encuentra su punto de nostalgia cuando pensamos que comenzaron a  remar, inocentes,  en aguas pacíficas y tranquilas. Sólo sabíamos de nubes y tormentas cuando aparecían en el firmamento o, recibíamos los premios o el castigo del maestro y de nuestros padres, de quienes aprendimos en el respeto a nuestros mayores y el mandato moral y educativo de permanecer fieles a la memoria de nuestros antepasados y leales, así mismo, a esta Villa de historia y grandezas, a la vez que abiertos a las expectativas y demandas del futuro. Futuro que, según cierta interpretación agustiniana, es cada presente.  

Al marcar el origen de nuestra Villa, merece la pena afianzar bien el recuerdo de quiénes somos y cuánto camino hemos recorrido. En algún momento de un pasado que ya acumula varios miles de años, un pequeño grupo de antepasados se encontraba apiñado en torno a unas cuantas hogueras mortecinas a orillas de ese río próximo que es el Besaya.

Aquel grupo humano que fundó la Villa de Cartes afrontó peligros inmensos en los que unos perecieron y otros sobrevivieron a otras tormentas que les pusieron a prueba, pensando con seguridad y con la mirada puesta en el futuro, para hacernos a todos una vida menos adversa y más confortable.

Lucharon por la libertad que, generosamente, con su sacrificio, muchas veces heroico, nos trasmitieron. Aquellas mujeres y hombres que fundaron y refundaron la Villa,  con su indomable voluntad y  heroicidades, con su fe y su tesón, que comenzaron a labrar para nosotros un futuro mejor.

Pensando en ellos, en sus duros sacrificios en aquella indómita Cantabria, una noche de éstas, suave y pacífica, quizás sea necesario que nos dejemos llevar por nuestra calle principal sintiendo la sensación de trasladarnos a esas épocas de señores que dominaban tierras y sometían vasallos. Yo les invito, en nombre del Alcalde y de nuestro Hijo Predilecto, a que una noche de estas, de sereno y apacible discurrir, se adentren por su Camino Real y sientan la magia de ese pasado.

Pero si no pueden hacer este recorrido, déjenme que hoy les trasmita evocaciones antiquísimas que en forma de emociones se agitan cuando nos situamos bajo los arcos de los Torreones, morada y vigía, dejándose escuchar el sonar de los cascos de las caballerías y el fragor de una batalla de sones metálicos de celadas, petos y corazas golpeadas con la parsimonia de un badajo sobre el bronce de una campana.

Es posible  que no se conozca muy bien que la Villa de Cartes fue capital de un gran espacio territorial en tiempos de los Reyes Católicos que,  en  sentencia firmada en 1.478 en Córdoba, dejaron escrito: " La villa de Cartes es el lugar más poblado y mejor proveydo de los otros valles", convirtiéndola en el s. XV, quizás el más próspero para la Villa, como el lugar principal de abastecimiento de toda la comarca, tanto que en todas las Asturias de Santillana eran conocidas y utilizadas las medidas establecidas en Cartes. Como se puede comprobar en el inventario de bienes realizado a la muerte de Doña Leonor de la Vega, la fundadora de Torrelavega, la medida del vino eran las "cántaras a la medida de Cartes". Lo mismo ocurría con los granos cuya medida utilizada era la de " fanegas a la medida de Cartes".

 

Pero tenía que suceder que avanzado el siglo XX y contando esta Villa con un juez en las alturas de la judicatura nacional, se nos permita recordar con la oportunidad en este acto, otra decisión de los Reyes Católicos que ordenaban, al mismo tiemp0, “que todos los lugares del valle de Toranzo y otros de las Asturias de Santillana, diriman sus pleitos y debates ante la justicia"  en la Villa de Cartes.

 

Precisamente de esa historia grande de nuestra Villa quedan recuerdos que nos hablan de ese pasado a través de escudos y de citas, como ésta que puede leerse en el comienzo del Camino Real, enfrente del viejo Ayuntamiento:  Estas armas de Obregón/Tan bellamente adornadas/Hijas legítimas son/De las batallas ganadas/Al rey moro de León. O aquella otra inscripción indescifrable hasta ahora sobre la portalada ojival de la casa de los Oviedo, que encierra en su piedra secretos hasta ahora no  revelados.

Otros acontecimientos importantes los vivió Cartes más recientemente. En el medio siglo que transcurre entre 1778 y 1820, la Villa participó en dos hechos de alcance institucional de gran importancia. Por un lado, estuvo representada en la reunión de Puente San Miguel para la constitución de la Provincia de Cantabria el 28 de julio de 1778  y, por otro, se hizo con la capitalidad, que nadie discutió,  del Ayuntamiento Constitucional de Cartes tras la desaparición de los señoríos. 

Fue, precisamente en el último tercio del siglo XIX, cuando visitó la Villa un personaje universal de nuestra literatura. Existe una fotografía -una de las pocas de ese tiempo-  obtenida en la que hoy es Casa Consistorial y hace medio siglo era mansión de la familia Gutiérrez Somavía, en la que aparece en el verano de 1877 Benito Pérez Galdós, el gran novelista canario amigo de Pereda, pocos meses  antes de escribir Marianela. El escritor quiso visitar los alrededores de las Minas de Cartes en los que desarrolló la trama de su histórica novela.

Galdós, entonces, recorrió nuestra vieja rúa con sus torreones, balconadas de torneados balaustres, ventanas pequeñas, puertas en arcadura y escudos labrados, viviendo por unas horas el ambiente rural y noble de una vieja aldea montañesa, el Socartes que inventara para su novela Marianela, la población a la que llegó el doctor  Teodoro Golfín al pisar tierra cántabra buscando las minas de Socartes y poner remedio a la ceguera del joven Pablo.  Ese Socartes que inspira  la obra Marianela es la Villa de Cartes, como Aldeacorva es Riocorvo y Villamojada, Torrelavega.

Los cronistas hablan de las costumbres de otro tiempo, pero el secreto de Cartes es remoto. La Villa era entonces una isla de quietud y de sosiego en plena civilización, teniendo historia pero no sintiendo el peso de ella. Nido de hidalgos; unos, emigraron a otros países, donde fueron notables y ricos, los antiguos señores se fueron dejando sus casas vacías. La política, las letras y otros quehaceres los atrajo hacia Madrid en el siglo XIX y, alguna vez, un ómnibus transportaba, desde la estación de Las Caldas, a una familia que entraba en su casona, quitaba las fundas a las butacas, vivía allí una semana de nostalgia y de lluvia, empaquetaba libros y vajillas y corría otra vez hacía los bailes de salón de la capital. Alguno hubo que, como Don Quijote, limpió sus armas y se dedicó a leer libros pasando las noches de claro en claro, hasta que murió, probablemente de emular de algún modo al inigualable caballero de la triste figura.  

Cartes ha tenido y tiene una especial idiosincrasia, está al margen de muchas cosas y ha visto mucho, incluso el que otros pueblos y lugares cántabros gocen de más fama y renombre El señorío de Cartes está patente en sus piedras, en las cercas de sus fincas, en sus blasones y en los misterios de su calle principal que eleva su categoría  a la de Conjunto Histórico.

Tuvo y mantuvo Cartes poder hasta el siglo XIX que entregó sus armas, casi vencida, a la vecina Torrelavega.  Cartes tenía la cartería y treinta años antes que el solar de la Vega ya celebraba sus mercados y ferias más antiguas, comenzando a perder su protagonismo cuando el ferrocarril no se atrevió a turbar su paz para pasar muy cerca, por Las Caldas de Besaya. 

Como dice una popular canción romántica, “En el Torreón de Cartes...perdí el pañuelo de seda...” Y, ciertamente, la Villa lo perdió casi todo, menos el carácter e identidad de nuestras gentes y ese valor añadido que es el de la historia.  

Pero mirando ya al día de hoy, antes de que el discurso institucional del Sr. Alcalde glose la figura y los relevantes méritos de Siro García, quiero aportarles dos apuntes sobre nuestro Hijo Predilecto: el del deber cumplido y el de la familia.  

Partiré de unas interrogaciones que un día de su Presidencia, sin saber que iba a morir muy pronto, John Kennedy confesó que cuando en el futuro el supremo tribunal de la Historia delibere para emitir su juicio sobre cada uno de nosotros, examinando si en nuestro breve tiempo de servicio cumplimos nuestras responsabilidades o no, nuestro éxito se medirá por las respuestas a estas cuatro preguntas:


Primera: ¿Fuimos hombres de valor?


Segunda: ¿Fuimos hombres de criterio?


Tercera: ¿fuimos hombres íntegros?


Cuarta: ¿Nos entregamos verdaderamente a nuestra labor?


Tras parafrasear al malogrado Presidente Kennedy y apelando a que cada cual juzgue o se someta al veredicto que nos espera, sí podemos decir que el ciudadano Siro Francisco García Pérez en el ejercicio de su labor de juez, es un hombre de valor, con criterio, íntegro y entregado, como todavía lo hace, a la labor de impartir justicia justa, consciente como pocos de que “la columna vertebral del ejercicio de la ley es la confianza en los hombres y mujeres que administran justicia", tratando de seguir el difícil lema  de Ulpiano de darle a cada cual lo suyo e impartiendo sus fallos con sabiduría y rectitud.

 

El otro apunte se refiere a mi deseo de terminar esta intervención con unas palabras especiales para su esposa y su hermana Dorotea, nuestra querida Doro. De Asun Ceballos no hace falta reiterar que ha sido su compañera en la que viene encontrando el apoyo necesario en casi medio siglo de ejercicio de responsabilidades judiciales. Bisnieta del que fuera ministro de Alfonso XII en uno de los primeros gabinetes de la Restauración canovista, Francisco de Ceballos y Vargas, Primer Marqués de Torrelavega, logró en sus servicios a la entonces Villa de Torrelavega, que el Monarca recorriera a pie sus calles, al menos en dos ocasiones, para almorzar y descansar en ya desaparecida Casa-Palacio de Ceballos, como también lo hiciera el Presidente del Gobierno, Práxedes Mateo Sagasta, camino de un Consejo de Ministros que se celebró en Comillas.

 

Aunque la biografía del teniente general y el Marquesado de Torrelavega ofrece sobrado tema para una conferencia, sólo quiero añadir que este ilustre antepasado de Asun Ceballos, demostró una especial predilección por el pueblo de Cohicillos de donde eran oriundos sus padres. Como prueba de su especial cariño por el templo románico de Santa María de Yermo –entonces prácticamente destruido- don Francisco de Ceballos, primer Marqués de Torrelavega, costeó su restauración.

 

La otra cita de profundo cariño va dirigida a otra persona que está en esta sala. Se trata, José María, Fernando y Siro, de vuestra hermana Dorotea, que nació en uno de los viajes en barco de vuestra madre, Josefa Pérez de la Torre, desde América  a la tierra patria.

 

Cuando éramos niños y acudíamos a la escuela de don Demetrio, al pasar todos los días por vuestra Casa, Puebla de los Ángeles, miraba o mirábamos algunos de mis queridos compañeros de escuela, desde nuestra inocencia, al mirador de la primera planta. Allí estaba, casi siempre, Doro. Se alegraba mucho de que la saludáramos. A mi me llamaba cariñosamente Blasín, por el diminutivo de mi padre, y charlábamos, no sé de qué, pero me imagino de la escuela y de la lección del día. También algunas tardes nos ofrecía gentilmente una pieza de piano, asombrándonos cómo un cuerpo de apariencia tan frágil podía dominar aquella bella gran caja de música.

 

Pero te mirábamos, querida Doro, reconfortándote con nuestro profundo afecto, recibiendo de ti el ejemplo de que en nuestras vidas, por muchas dificultades que encontráramos, nunca nos diéramos por vencidos.  Y, ciertamente, podemos decir que en ningún momento renunciamos a esos valores que nos enseñaron entre estas cuatro paredes, que así en buena medida siempre fuimos o hemos procurado ser fieles a nosotros mismos. Es un regalo de Dios que en este acto, querida Doro, te encuentres con nosotros asistiendo a este homenaje de Cartes a tu hermano quién recibió y ha engrandecido con todos vosotros los valores de vuestros padres y antepasados.

 

Termino, Señoras y Señores, afirmando que la historia de esta Villa no se puede entender sin la participación de aquel grupo humano que se apiñó en torno a una hoguera hace miles de años, pero tampoco sin la evocación de las generaciones que más inmediatamente nos precedieron y de biografías extraordinarias, como la de Siro García Pérez, que han puesto ejemplar empeño y éxito en su trabajo constante y honrado.

 

Les pido, finalmente, un benévolo perdón  por la pasión que he podido trasmitirles al hablar de Cartes, pero no ignoran que es mi pueblo y que siento por él todo lo que la lengua española ha encerrado en el verbo querer: buscar, afirmar con la voluntad y amar.

 

Estamos asistiendo a un acto institucional de gran significado en la historia de nuestra Villa. En nombre de todos los vecinos, quiero agradecer a la Corporación del Ayuntamiento de Cartes su sensibilidad y rigor en el acuerdo que ha tomado, desde la unanimidad, de nombrar Hijo Predilecto a Siro García Pérez, que estoy seguro que para él y para toda su familia representa un gran timbre de honor.  

 

Gracias, por tanto, al Alcalde por haber impulsado este acuerdo, y gracias también por el consenso demostrado por todos los grupos políticos: Partido Socialista, Partido Regionalista, Partido Popular e  Izquierda Unida, aquí representados. Gratitud que se extiende a las altas autoridades de la Comunidad, encabezadas por los Presidentes del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, que se han dado cita en este acto, una presencia que pone de manifiesto la dimensión de nuestro Hijo Predilecto que bien merece otros reconocimientos por sus servicios al Estado.

 

En algún libro de aquellos tiempos, leí una frase de Eugenio D´Ors. Que dice: "todo pasa; pasan pompas y vanidades, pasa la nombradía como la oscuridad", pero una cosa puede prevalecer sobre todas: la Obra Bien Hecha.

 

Por tanto, Siro, juez, sigue siendo el que eres. Por eso, orgullosos y felices, estamos hoy aquí.

 

Muchas Gracias.

 

 

* En los saludos protocolarios, también se dirigió a D. José Antonio Martín Pallín como primer español miembro de la Comisión para la Justicia Internacional con sede en Ginebra.


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