El trato de cortesía

Por MANUEL BARTOLOME GARCIA

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-¿Qué quieres tomar, colega? Me pregunta un joven camarero de una conocida cafetería de mi ciudad

 

No tengo ningún trato con él; no lo conozco; es nuevo en la empresa. Le contesto cortésmente, con el usted por delante, lo que pretendo tomar. Me sirve lo que solicito y al colocarlo sobre el mostrador, insiste:

-Aquí tienes

-¿Qué le debo? Yo, recalcitrante e insistente, continúo con el tratamiento de cortesía. Inútil; vuelvo otro día y sigo oyendo el tú, esta vez sin el “colega”; menos mal, me digo.

 

Supongo que al lector le habrá resultado familiar el diálogo precedente y con seguridad tendrá otros ejemplos de esta moda del “tú por tú como carajo de aldea” que oía a mi progenitor al referirse a estos modos. El tú por el usted.

La vulgaridad comienza ya en las instancias más elevadas de la sociedad. Es corriente oír a los interlocutores de algunas personalidades, personajes públicos, autoridades, a quienes se dirigen con un simple “presidente, ministro…” – Dime, ministro. Se omite el “señor” después de haber arrinconado lo de excelencia, ilustrísima, etc. por demodés posiblemente, pero a uno, chapado a la antigua o rancio, se nos dirá, no se le ocurriría tratar a un ministro, consejero, presidente, sin anteponerle al menos el “señor”; o el usted como mínimo.

 

En los centros docentes – colegios, institutos, universidades – se trata a los profesores de tú y, consecuentemente, el resto de las relaciones profesor-alumno están más cerca del coleguismo y ñerismo que del respeto. ¿No habrá sido este aspecto una de las causas que han originado la falta de disciplina en las aulas?

 

Ya sabemos que el usted no garantiza el respeto mutuo, pero tampoco o quizá menos, lo favorece el tú como trato habitual entre gentes que no se conocen o no son amigos.

 

Algunos docentes no están exentos de cierta culpabilidad con esta situación, tal vez inducidos por una tendencia general de igualitarismo y, también, con la secreta esperanza de que, de este modo, podían ganarse su confianza, cuando lo que tiene que primar en nuestra opinión, es el respeto. Y con el “usted” ha desaparecido el “don” antepuesto al nombre del maestro. La diferencia de edad, jerarquía o cualquier otra circunstancia ha de ser suficiente para que impere el tratamiento correcto entre las gentes.

 

Al personal dedicado al sector servicios debe indicársele que el usted es el trato preferente, salvo que el interlocutor autorice el tú más amigable. Tampoco el tú, se nos dirá, es indicativo de falta de respeto; se puede tener respeto dentro del tratamiento con el tú.

 

El título de dignidad reverente “vos”, que a partir del siglo XII se utilizaba para la segunda persona tanto del singular como del plural, se arraigó en la América hispana, especialmente en los aledaños del Plata (“vos tenés razón pibe”). También por Andalucía se acostumbra a comunicarse con el “ustedes tenéis” que es evidentemente ambiguo.

 

¿Qué hacer para reconducir la impertinencia del tú que invade nuestras relaciones sociales sin mediar permiso para adoptar ese tratamiento? Reconocemos que una vez instalada la vulgaridad es difícil reinstaurar su antónimo: distinción o finura.

 

Proponemos un paso intermedio. Para ello sugerimos un palabro más o menos apropiado. Una mixtura, un sincretismo; un trato a medio camino; propugnemos el “tusted” que, con el paso del tiempo y a causa de la tendencia natural en la utilización del idioma, eliminaremos la “t” inicial para devenir o mejor, revenir el usted deseado.

 

*Manuel Bartolomé García es miembro del Centro de Estudios Montañeses (CEM) y de la Sociedad Cántabra de Escritores (SCE).

 

 

 


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