Por JOSÉ RAMÓN SAIZ
Hace unos días el Instituto Nacional de Estadística ha ofrecido un dato positivo para quienes venimos defendiendo la existencia y el protagonismo de la Cantabria rural, esa Cantabria del interior de nuestras comarcas y pueblos. Según los datos facilitados, nuestra comunidad fue una de las cinco que en el periodo de 2003-08 aumentó el número de habitantes en poblaciones inferiores a 30.000 habitantes y densidad de menos de 100 habitantes por kilómetro cuadrado. En total, son 92.533 los cántabros que viven en 71 municipios, con una densidad media de
Una de las apuestas que ha logrado que la Cantabria rural no se desangre se refiere a las importantes inversiones que desde el inicio de la autonomía se han dirigido a situar en los años finales el siglo XX la situación de muchos pueblos en los que no existían carreteras o caminos rurales e, incluso, no existía luz eléctrica. El primer Gobierno de Cantabria (1982-83) dedicó nada menos que la mitad de su capítulo de inversiones a la electrificación rural de algunas zonas atrasadas y que no habían accedido a los bienes de la modernidad.
Recuerdo en 1983 un viaje que giré siendo Consejero de aquel Gobierno a Calseca, un pueblo del valle de Ruesga, que limita con Soba. Contaba entonces con treinta o cuarenta casas diseminadas que carecían de luz y de otros servicios que ya entonces se consideraban elementales. Calseca y otros pueblos de aquella Cantabria profunda del interior, afrontaba una situación –y no exagero- tercermundista. Las horas vividas en Calseca, además de impresionarme, fueron suficientes para conocer y compartir los problemas de estos cántabros del interior y profundizar, también, en el pensamiento e ideas de estas gentes, que trabajan muchas horas al día y que, sin embargo, ese enorme esfuerzo diario todavía no les había permitido elevar su hábitat al vivir en casas deprimentes, sin el más mínimo confort y habitabilidad, ya que las cabañas (nombre en muchos casos más apropiado que el de casas) apenas contaban con una vieja cocina separada con una tablas de la única habitación que acogía el descanso de padres e hijos. Fue para mi deprimente comprobar un nivel de vida pobre y casi mísero, cuando ya entonces desde el exterior a Cantabria se nos definía como una comunidad próspera y de elevado hábitat.
En aquel viaje fue posible, por mi interés personal, mantener un contacto directo con los calsecanos, a muchos de los cuales visité en sus modestas casas. Pero no todo fue negativo por lo que ví y comprobé con mis propios ojos. Sentí una gran satisfacción comprobar cómo existía en padres e hijos calsecanos un sentimiento y fidelidad a sus orígenes, a la tierra que trabajaban y a su modelo de vida, aunque es lógico que aspiraran a mejorar sus casas, a que sus hijos tuvieran acceso a la cultura y a la educación que ellos no disfrutaron, además de mejorar su cabaña ganadera y obtener mayores beneficios.
Las cinco o seis horas de Calseca se agotaron cuando comenzó a caer la noche y comenzaba a sentirse el frío por la altura del pueblo, al tiempo que las tímidas luces dibujaban la situación diseminada de las cabañas. Fue una jornada entrañable y solidaria que también viví en otros pueblos de Cantabria que no habían accedido a la modernidad y que nos exigían a todos, por encima de partidismos, disfrutar del principio constitucional de la solidaridad. Desde entonces, me propuse y he sido fiel a ese ideal, de defender todo lo relacionado con la Cantabria del interior, la de nuestros pueblos alejados de la capital donde radican las instituciones, más teniendo en cuenta que las estadísticas de finales de los años ochenta nos indicaban que más de una treintena de ayuntamientos presentaban tasas de alto envejecimiento de sus habitantes, es decir, se encontraban casi biológicamente muertos.
Ya digo que la autonomía a través de los muchos recursos invertidos, ha logrado que la Cantabria rural no desapareciera. Representa un dato aleccionador que nos dice que la lucha ha merecido la pena. Mientras nuestros pueblos del interior, los que fueron aldeas remotas existan y tengan vida, Cantabria permanecerá, se mantendrán las tradiciones, se salvarán nuestros campos y los viejos caminos que recorrieron aquellos cántabros sacrificados y tenaces. El hecho de que nuestra población rural se incremente, mientras en el resto de España se reduce, es un dato muy positivo porque la apuesta de las instituciones ha salvado del desastre la propia identidad cántabra al mantener la vida, las tradiciones y el latir de nuestros pueblos del interior.
Entiendo –y en su momento valoré como decisión inteligente y de visión de futuro- que Jesús Miguel Oria, Consejero de Ganadería hasta 2007, modificara para las siguientes legislaturas el título de su departamento pasando a denominarse Consejería de Desarrollo Rural. Es ejemplar su entrega a que nuestros pueblos mejoren sus servicios y se mantengan ayudas a ganaderos y agricultores, al mismo tiempo que se impulsa la promoción de nuestra carne, quesos, vinos y otros productos que se producen en esa Cantabria del interior. Estimo que Oria sienta satisfacción por estos datos de incremento de la población rural, tal y como expresó recientemente el propio Presidente en un acto institucional en Colindres. Y ello, porque apostar por la identidad de Cantabria y la vocación de sus ciudadanos por ejercer como cántabros y españoles, pasa por mantener vivos a nuestros pueblos y la pluralidad de nuestras comarcas del interior.