Por JOSÉ RAMÓN SAIZ
En el Congreso de los Diputados se acaba de vivir un debate excepcional en un momento político singularmente complejo: Gobierno y oposición han confrontado sus programas económicos. No me importa quien ha podido ganar; lo realmente significativo en este momento pasa por encarar entre todos la crisis económica y el récord de paro que soportamos. En todo caso, preveo que tras el debate los dos principales partidos no han sido capaces de sacudirse de encima una opinión muy extendida entre la ciudadanía de que prima el partidismo por encima del interés general. Y esto es lo grave en una España con más de cuatro millones de parados y un alto déficit público.
En este análisis hay que partir, inicialmente, del hecho real de que en su momento el Gobierno no lo hizo bien. Negó la crisis cuando ya era evidente- recuerden el debate entre Pizarro y Solbes en la campaña electoral de 2008- no tomando las medidas necesarias en el momento oportuno. Las consecuencias ya las conocemos: dejó que el déficit presupuestario se desmadrara y en ningún momento lanzó un mensaje de austeridad y seriedad reclamando la colaboración de los particulares. Se escudó en una invitación difusa y confusa al diálogo social. Lo hizo mal. Mejor dicho, rematadamente mal.
Pero en este comportamiento de espaldas a la realidad, el Gobierno Zapatero no estuvo solo. Si profundizamos un poco en la memoria, recordaremos que las organizaciones empresariales no destacaron por sus propuestas, y los sindicatos parecían más preocupados por políticas a corto plazo que por la creación de empleo. En este contexto en el que todo el mundo, digamos institucional, pasaba de lo que nos venía encima, la sociedad civil prefirió inclinarse más por un ejercicio crítico que por un esfuerzo de superación y adaptación a la crisis. Finalmente, la oposición que representa en PP se preocupó más de sacar provecho partidista de la situación que de arrimar el hombro para solucionar los problemas de sus electores y, como corresponde en estas situaciones, de los españoles en general.
En todo este triste escenario, los catalanes de CiU han dado una lección de seriedad y rigor. Desde hace meses vienen clamando por un pacto ante la magnitud de la crisis. Cuando Durán y Lleida habla en el Congreso sobre la crisis, los españoles nos identificamos más con su sentido común que con el electoralismo de Zapatero y Rajoy. No puede ni debe extrañar, por tanto, que el suspenso que reciben de los españoles sea para los dos.
Pero lo más llamativo y preocupante es que cuando empiezan a surgir quienes apelan a la necesidad de colaborar entre todos para que esto se solucione, aparecen las críticas y los recelos. Ha ocurrido con las iniciativas del Rey y del líder parlamentario de Convergencia i Unió. Sus propuestas e iniciativas parecen molestar, sobre todo, a los que quieren tener el monopolio del protagonismo, cuando han sido incapaces de ejercitarlo para evitar la magnitud de la situación actual. Todo ello hace que miremos -o recordemos- la grandeza de otra clase política y de otro gobernante como Adolfo Suárez, que por iniciativa personal convocó y alcanzó con todos -fuerzas políticas, sindicatos y empresarios- los famosos Pactos de
¿A que aspiramos los españoles?. Sencillamente a que se promueva por quienes corresponde la necesaria confianza desde el sentido común y la responsabilidad en atajar la crisis. A rebajar la angustia justificada de varios millones de compatriotas. A buscar acuerdos generosos y a desterrar la palabrería inútil y estéril. Lo demás nos parece triste y lamentable, como buscar y encontrar en ganador del debate en el Congreso. No es hora de la crítica exacerbada, que ya llegará el momento; es tiempo de pactos y sobre todo de responsabilidad por España y los españoles.