Por MANUEL BARTOLOME GARCIA
En estos tiempos de la interculturalidad y del globalismo, es necesario para todos poder dominar o, al menos, medioentender algún idioma y, si es el inglés, tanto mejor. El que más y el que menos nos hemos visto en trances de no poder explicarnos en nuestro propio idioma y echamos mano de la gestualidad o de cuatro palabrejas que tiene uno en su limitado acervo de lenguas extrañas. Y no nos hemos perdido por el mundo, y conocemos bastante, por culpa de nuestros conocimientos mínimos de esos idiomas.
Debido a nuestros quehaceres en la pasada vida laboral, hemos coincidido con extranjeros que se esforzaban en hablarnos en castellano. El afán de entendimiento era mutuo. De este modo, a pesar de los errores fonéticos o de concepto que tenían nuestros interlocutores extranjeros, éramos capaces de comprender lo que trataban de expresar y viceversa.
En esto del inglés, según las cadenas televisivas que nos informan cada día, parece que los españoles tenemos un cierto complejo de no hacerlo bien cuando tratamos de hablar u oír idioma extraño. Pero uno tiene su propia teoría. Nos domina ese complejo, no porque lo hagamos mal, que es relativo, sino por nuestros propios compatriotas. “qué mal habla inglés fulano”, “qué pena, qué mal se expresa mengano”. Y todo esto nos llena de zozobra cuando nos toca a los demás darle a la lengua de Shakespeare. Creemos que, en definitiva, de lo que se trata es de hacerse entender. Y no de poner en ridículo a aquél que se esfuerza en hablar idioma extranjero.
También queremos referirnos a ese afán de emplear términos anglófilos cuando los hay en español perfectamente comprensibles. En algún que otro artículo nos hemos referido a esas manías. Pero últimamente hay un giro que va calando en el personal. Todo empezó cuando algunas compañías aéreas establecían tarifas baratas, con un sistema progresivo de precios que ha resultado ser un éxito. Ellos decían que establecían precios “low cost” y en seguida, como es natural, lo castellanizamos en su traducción literal : “bajo costo”. Y así nos íbamos arreglando…billetes de bajo costo, precios de bajo costo… Hasta que en algunas tertulias radiofónicas, esos que acusan a los demás de hablar mal el inglés, van abandonando progresivamente lo de “bajo costo” y vuelven al “low cost”
Pero el colmo del papanatismo llega cuando, con ocasión de la crisis económica imperante, los escaparates de los establecimientos comerciales, que antes y siempre dedicaron el mes de enero a “REBAJAS”, ahora les ha dado – originales ellos…- por poner en letras grandes: PRECIOS LOW COST. ¡Toma ya!