Por CONCHI SOLANAS
A todos nosotros nos gusta creer que nada malo puede pasarnos y sin embargo nada más lejos de la realidad. El azar puede aparecer de repente en nuestras vidas y golpearnos de forma inmisericorde y contra todo pronóstico. Puede bastar una simple chispa para que todo nuestro mundo se derrumbe de repente, un mundo que hemos ido construyendo durante años de esfuerzo y sacrificio, un mundo en el que hemos atesorado también todos nuestros recuerdos y emociones. Todo eso nos puede ocurrir cuando se incendia el edificio que habitamos y tenemos que salir corriendo para salvar al menos nuestras vidas. Bien lo saben veintinueve familias de Santander desde que el ocho de octubre de 2008 un incendio afectó a los números 41, 43 y 45 de la calle Tetuán. Hoy han pasado ya más de tres años desde aquella noche aciaga que marcó un antes y un después en sus vidas y siguen sin poder volver a sus domicilios u ocupar los locales comerciales con los que se ganaban la vida.
Más de tres años y siguen esperando una solución. Hemos construido una sociedad que tiene mecanismos de protección para todos los ciudadanos. Hemos aceptado pagar impuestos para que existan servicios de protección y ayuda para los que los necesitan. Cuando estamos enfermos sabemos que podemos ir a nuestro médico o a urgencias y nos atenderán. En caso de incendio sabemos que acuden los bomberos para contener las llamas y evacuar a los afectados e incluso esperamos que tras el incendio existan mecanismos para realojar a los afectados y se actúe con la máxima diligencia para que puedan volver a sus hogares. Sin embargo, la realidad puede transformar nuestro sueño en una pesadilla pues tres años son mucho tiempo, demasiado.
La situación de estas personas puede deberse en parte al infortunio pero también, en buena medida, a la lentitud e ineficacia de las actuaciones municipales. Los vecinos consideran que han sido las actuaciones del Consistorio las que han llevado a que el edificio se encuentre en situación de “ruina económica”. Han visto como el derribo de las últimas plantas del edificio después del incendio, el apuntalamiento posterior, las bajas tasaciones del valor del inmueble y los robos y actos vandálicos que se han producido estando el edificio bajo la custodia municipal han contribuido decisivamente a su situación actual. Que el Ayuntamiento haya dictado una orden de derribo y que no les permita rehabilitar el edificio lo consideran un atropello a sus derechos pues la actual situación les deja sin capacidad de decisión sobre sus viviendas y negocios.
Además de pasar por este trago tan desagradable, muchas de estas personas han visto como se deterioraba su salud durante estos años pues se quejan de sufrir ansiedad, insomnio, dolores de cabeza, problemas digestivos, etc. Seguro que no son imaginaciones suyas pues instituciones como la American Psychologial Asociation informan sobre los problemas de salud que pueden afectar a las personas que sobreviven a un incendio. Entre ellos se encuentra principalmente el estrés que puede estar acompañado también de síntomas físicos como dolores de cabeza, náuseas y sensación de dolor en el pecho. También, las enfermedades que ya estaban presentes antes del incendio pueden empeorar debido al estrés. Las actuaciones municipales no solo afectan a los bienes materiales de estas personas, sino también a su salud.
Todo lo que estas personas desean es que de una vez, se resuelva la situación y poder regresar a SU CASA, a SU BARRIO y a SU VIDA. Es curioso que una regulación urbanística se pueda hacer rápidamente en unos casos y en otros pueda tardarse más de tres años. Supongo que influye mucho la voluntad política de ofrecer soluciones y creo que “pensar en los ciudadanos que sufren” debiera ser una prioridad. No puedo dejar de INDIGNARME cuando veo estas situaciones a mí alrededor y esta absoluta falta de sensibilidad en algunos gestores públicos. Todas estas familias son personas golpeadas por el azar, la enfermedad, la crisis y además golpeadas también por las instituciones. No entiendo que se tarde más de tres años en resolver este problema. Supongo que el tiempo pasa de forma diferente cuando uno está sentado en el Ayuntamiento o cuando te has quedado en la calle después de que se haya quemado tu casa. Yo solo puedo decir que animo a los afectados a que continúen reivindicando sus derechos en una situación que me parece a todas luces injusta y espero que desde el Ayuntamiento quieran y sepan dar una solución a este problema. Desde luego no entiendo que ante este caso el alcalde siga, como en aquella famosa canción de Celtas Cortos, “tranquilo sentado en su sillón”.