Más de medio siglo de la publicación Luz de Liébana

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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Me comprometí a escribir esta serie de artículos sobre las cabeceras de la prensa comarcal de Liébana que hoy fija su atención en la historia de Luz de Liébana, la publicación que fundó el párroco de Baró, Ambrosio Cuesta, recientemente fallecido, y que tuvo como director principal a Florencio de la Lama Bulnes, en la que fue la etapa de mayor apogeo de esta publicación. No hay margen para la duda de que entre todos los protagonistas la figura de Ambrosio Cuesta es la más relevante en los inicios fundacionales y desarrollo de esta cabecera de la prensa lebaniega, mientras que la presencia de Lama Bulnes, que arrimaba el hombro desde su gran compromiso personal con todas las causas a favor de Liébana –lo que le hizo merecedor en 1993 del título de Hijo Adoptivo de Cantabria-, se debió a la necesidad de cubrir un legalismo al imponer la Ley Fraga de Prensa e Imprenta que los directores contaran con el correspondiente carnet oficial de Prensa, registro tutelado y controlado por el entonces Ministerio de Información y Turismo.

Luz de Liébana salió a la calle en 1960 de la mano del recordado don Ambrosio, un párroco rural que tenía una fina inteligencia natural que con gran pasión puso al servicio de su tierra. Le conocí y traté con frecuencia, y puedo señalar en su honor y recuerdo las dos grandes referencias de su vida: Dios y Liébana. Estas eran sus vocaciones recogidas en sus escritos en la prensa y en cartas personales que guardo con celo. La última que me escribió, ya con noventa años, data de septiembre de 2001, a propósito de un artículo que dediqué a esa eminencia médica que fue Santiago González Encinas, natural de Lomeña. Me confesaba que él ya había escrito un artículo sobre este gran médico –que políticamente fue diputado y senador, además de líder revolucionario en el barrio madrileño de Lavapiés-, carta en la que también me explicó como había surgido Luz de Liébana, que llegó a vender casi tres mil ejemplares y que se enviaba mensualmente a suscriptores repartidos por treinta y cinco provincias españolas, ocho naciones de América, nueve de Europa y hasta en la lejana Australia.

La labor de Ambrosio Cuesta fue inmensa en la consolidación de esta cabecera, además de sus múltiples artículos en la prensa regional que firmaba con el seudónimo Peña Castillo, siempre referidos a la historia, las tradiciones y a las riquezas naturales y espirituales de ese paraíso terrenal, definición de Liébana que debemos a Eduardo García Llorente, natural de Turieno, que triunfó en el comercio en Santander y que lideró durante muchos años la Agrupación Lebaniega de la capital cántabra. García Llorente, con quien organicé en los finales de los ochenta una manifestación ante las puertas de la Hacienda estatal en Cantabria por su intervencionismo abusivo en la producción de orujo, fue también un entusiasta colaborador de Luz de Liébana con los nombres, entre otros, de José María Queimadelos, Angelines Junquera, Piedad Gómez, Josefina Briz, María Rosa González, Tivitas de Celis, Francisco Vilares, Rafael Gutiérrez Barreda (autor de una pequeña obra sobre el habla lebaniega); los sacerdotes Teodomiro Campo y Marcial Martínez; el periodista torrelaveguense José Manuel Siles, la poetisa Matilde Camus y el fotógrafo y con el tiempo director de Liébana Mensual, Nacho Viaje. En aquellos años sesenta, primeros de la publicación, se encargaba de la administración y de la distribución Lola Toca de Gómez, y desde Argentina escribía Hipólito Cuesta. Aparecían otras firmas que eran seudónimos, casi con seguridad del sacerdote-fundador, comenzando con cuatro páginas que pasaron más adelante a ocho y algunos números a dieciséis.

La primera publicación sobre la que tengo un recuerdo todavía fresco, siendo un niño, fue de Luz de Liébana. Mis abuelos, Urbano Fernández y Josefa Fernández, provenían de Treviño, en Cosgaya, la que fuera capital de todas las operaciones de la Reconquista y que con el viejo nombre de Causegadia, aparece en todos los libros relevantes sobre la Reconquista. Como hijos orgullosos de Liébana, mis abuelos estaban suscritos a la revista que siempre se esperaba con interés al representar el gran vínculo de contacto con la comarca natal. Recuerdo que de todas sus secciones la que más me llamó la atención fue la encabezada con el título Viajeros que van y vienen, que era toda una agenda oficial de las personas que con vinculación a Luz de Liébana, y al margen de su relevancia social o económica, se convertían en noticia.

Mantener Luz de Liébana fue un gran reto para Ambrosio Cuesta y su equipo de colaboradores que la proyectaron como una carta familiar. Si primero salió con una proyección religiosa, pronto acogió toda clase de noticias y artículos que hermanasen a todos los lebaniegos de dentro y de fuera, que eran muchos repartidos por el mundo. Fue, por tanto, una publicación que unió y reafirmó el contacto entre lebaniegos, un ejemplo de prensa comarcal que no debiera perderse y que reúne las condiciones para que este tipo de publicaciones contaran con protección oficial. Fueron reiterados los llamamientos de su impulsor e inspirador para que Luz de Liébana entrara en todos los hogares lebaniegos ante las dificultades económicas de mantener la misma. Como escribió en una ocasión don Ambrosio, Luz de Liébana debe ser “el lazo de unión de los lebaniegos de aquende y allendez que supere las barreras que enmarcan a Liébana”.

Tras abandonar la dirección Florencio de la Lama, unos años después de su jubilación como director de Hoja del Lunes, Ambrosio Cuesta asumió de nuevo la dirección en una etapa en la que se había derogado la ley de prensa inspirada por Fraga en el primer impulso aperturista del régimen. La larga trayectoria de Lama Bulnes en la prensa regional y su aportación a Luz de Liébana, se premió con un gran homenaje en diciembre de 1976, culminándose en 1993 cuando el Gobierno de Cantabria le concedió el título de Hijo Adoptivo. Mantuvo su apoyo a la revista, que poco a poco, quizás a medida que a don Ambrosio le fallaban las energías, perdía fuerza y el ímpetu de sus primeros años.

Su preocupación, entonces, era la continuidad de la cabecera y que siguiera como vínculo de unión de los lebaniegos. Nada de política –afirmaba don Ambrosio- y así cuando se celebraron las primeras elecciones, publicó una nota dirigida a los lectores, anunciando huir “de toda intervención en relación con los partidos políticos no admitiendo publicidad política, aunque ello implique para la revista una merma en el terreno económico; pretendemos, como siempre, ser sólo el lazo de unión e información de los lebaniegos”. También afirmaba: “Para Luz de Liébana todos los partidos son buenos, si ponen como meta de sus ideales a España y en esta palabra encerramos los valores del espíritu, la justicia, la paz, el trabajo y el respeto a la persona”; para añadir este apunte de fina sabiduría popular:

“No esperemos que nos vengan de fuera para decirnos cómo nos hemos de gobernar; y menos esperemos que nos den -por muchos que nos halaguen- seis pesetas por un duro”.

Tras la etapa de don Ambrosio y su retiro a la residencia de Torrelavega para sacerdotes jubilados, asumió la dirección el entonces párroco de Potes Juan José Caldevilla, natural de Pido, pueblo del Camaleño alto. Una etapa reciente en la que tomaron protagonismo el escritor y corresponsal de Alerta, Pedro Álvarez Fernández quien durante varios años ejerció como redactor jefe, tareas en las que le sucedió José Redondo, desempeñando María del Carmen Sánchez las labores de administradora. La publicación sigue viva y mantiene su cita con los lectores, lo que ya es un esfuerzo que merece un espaldarazo. Sin duda, Liébana tiene que mantener este tipo de publicaciones para defender su identidad y asegurar un vínculo de unión entre lebaniegos, aunque en esta dimensión haya perdido fuerza. Pero el empeño sigue mereciendo la pena.


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