La doctrina estrada y el estupor de las campanas

Por Pilar de la Hera

Enviar a un amigo

Tengo un amigo ocurrente y cabal que me hace reír con el relato de sus peripecias vitales, algunas inenarrables. Frecuentemente, utiliza como amante del derecho que es, la aplicación del corpus jurídico a su día a día. Hace poco me  contaba que él  con sus futuros yernos y nueras, es decir los novios y las novias de sus hijos a los  que ha visto desfilar  por su casa,  aplica la doctrina Estrada. Es decir, no cuestiona  nada ni a nadie y simplemente reconoce la realidad y el derecho de sus hijos a la autodeterminación. Genaro Estrada, para quien no lo sepa, fue un ministro y diplomático mexicano que  se hizo famoso por su aportación al derecho internacional,  cuya doctrina consolidada y generalizada hoy en día en la diplomacia,  consiste básicamente en el principio de no intervención y de no pronunciamiento en asuntos internos de los países soberanos. Esta actitud  de mi amigo, con enorme pragmatismo y  liberalidad, es sin duda una postura inteligente ante la vida en el ámbito en el que es soberano, es decir,  el privado.
También me hace reír mi hija con sus comentarios  sobre su día a día escolar. Me hablaba estos días de una aportación mágnifica  de uno de sus compañeros, que se había referido al “estupor de las campanas”. Frase genial donde las haya.  Ambos comentarios me han hecho reflexionar una vez más sobre el momento histórico que atraviesa este país, sobre los campanarios estupefactos de los ayuntamientos  y sobre los ciudadanos españoles convertidos en campanas repicando y repicando sin pensar, al son que otros tocan   y  aplicando mayoritariamente, sin saberlo,  la doctrina Estrada donde no deben,  en lo público.  Particularmente, se está aplicando la doctrina estrada a la cuestión territorial y municipal. De forma sorprendente, los ciudadanos estamos dando por bueno una realidad, la estructura territorial municipal que nos está costando un potosí  pero,  que aceptamos sin pestañear como si fuéramos ricos. No es posible si no,  que  callemos y otorguemos ante la existencia de las diputaciones provinciales y los más de 8.000 ayuntamientos existentes en España. De ellos en Cantabria nos corresponden 102. Un 66 % de la población cántabra se concentra en diez  ayuntamientos. En el resto es decir en 92 hay unos pocos vecinos, otros tantos campanarios y muchos concejales con competencias inexistentes. La mayoría de los Ayuntamientos cántabros se han convertido en entidades al borde de la quiebra técnica, arrastrando unos costes de personal desmesurados, que superan en muchos casos el 40 % del Presupuesto. Sus plantillas de personal están sobredimensionadas, con contrataciones indiscriminadas de parientes y amigos de los partidos políticos gobernantes que han accedido a la función pública por la puerta de atrás, en procesos selectivos generalmente poco transparentes y que contradicen los principios de merito y capacidad. Sorprendentemente este aumento de personal no se ha traducido en una mejora de los servicios, ni  en el cumplimiento de las obligaciones legales de los Ayuntamientos. Como muestra,  decir que cerca del 60% de los Ayuntamientos de Cantabria no rinde cuentas y la capacidad inversora de la mayor parte de ellos ha sido inexistente. Estos últimos años se ha paliado la precaria situación económica con la privatización de servicios como los de agua y basuras, cuyos ingresos se han destinado mayoritariamente a financiar gasto corriente, por lo que a medio plazo, se plantea un problema, que deberemos sufragar los ciudadanos.
En definitiva la mayor parte de los Ayuntamientos de Cantabria son estructuras prescindibles en su configuración actual. Pero nadie dice nada y si se dice es para apelar a su mantenimiento, como si la cultura y las tradiciones se pudieran encorsetar dentro del mantenimiento de una estructura administrativa. Por ello, creo que deberíamos los ciudadanos dejar  de lado la doctrina Estrada, que con tanta generosidad aplicamos  en éste ámbito, más que nada porque nos cuesta mucho dinero y mucha pérdida de derechos.  Dejémosla para el derecho internacional y para la familia política, como hace mi amigo.  No aceptemos sin más esta realidad sin cuestionarla y no causemos por favor más estupor a las campanas.

Pilar de la Hera Jáudenes, Abogada


Otros artículos de Pilar de la Hera

Nuestra encuesta encuesta
¿Crees necesario que aparezca un Beppe Grillo español?