Por PAULINO LAGUILLO GARCÍA-BÁRCENA
En estos tiempos de marcada convulsión social, dimanante sobre todo de
la crisis económica que padece España y posiblemente nunca conocida en tal
dimensión, junto a lo que es auténticamente imperdonable y sumamente
vergonzoso, la continua aparición de malversación de fondos públicos en la
mayoría de los casos por cargos políticos de distintos niveles, la indignación
entre las personas de bien y con sentido común no puede ser otra que mayúscula
al comprobar que ahora se pretenden recortar derechos a los médicos con dedicación a la
Administración o no.
Hay que tener cinismo para quitarle un ápice de su salario a quien con un saber de muy vital importancia en cualquier sociedad, excelente cualificación, gran profesionalidad, paciencia sin límite en su delicado trabajo, conciencia humanitaria sin parangón, resignado sacrificio familiar y unas manos prodigiosas, consiguen lo más inconmensurable del mundo en que vivimos: salvar vidas humanas. Y desde luego que a lo largo de la historia de la humanidad han sido muchísimos millones las que han salvado los profesionales de la medicina.
Es motivo de muy alta indignación tener que acudir a ejemplos manifiestamente vergonzantes, como aquellos casos en que un sujeto que no ha pasado por la universidad, que incluso carece de estudios medios, o más grave aún, que sea un tonto de tal condición social contrastada y verificada sin paliativos, pueda llegar a desempeñar un destacado cargo político, incluso de grado medio con un sueldo asignado muy superior a refutados médicos que llevan una vida entera salvando vidas humanas.
Esta barbaridad social con la que nos hemos adentrado y seguimos caminando por el siglo XXI hay que cortarla de raíz, pero ya, en los casos que se comprueben que subsisten e impedir por todos los medios que vuelvan a repetirse.
Entre las distintas carreras universitarias hay algo meridianamente claro, como es que la siempre muy difícil de medicina jamás será culminada ni conseguida por un zoquete.
Resulta conmovedor en extremo y produce no poca sensación de culpabilidad para buena parte de la sociedad que un galeno nos acabe de recordar en la prensa regional que “No se debe recortar nada a los médicos, por su bien y de manera unívoca, por el bien de sus pacientes. No es cuestión de corporativismo, ni de elitista sentimiento de clase, ni de otras zarandajas y/o pamemas, es cuestión de simple sentido común…; sí…el menos común de los sentidos en esta sociedad enloquecida.
Pero si es que, dejando aparte los milagros que día a día hacen los cirujanos en los quirófanos de los hospitales, con un temple y unas manos que no hay ni habrá jamás dinero en el mundo capaz de pagar mínimamente tan proverbial trabajo sobre el cuerpo humano, “el antes llamado médico general y ahora de familia tiene que saber un poco de todo, y los médicos de urgencias y cuidados intensivos deben ser capaces muchas veces de resucitar a pacientes en situación o de muerte clínica, es decir en paro cardiorrespiratorio o situación de parada inminente o posible”. Aclara en su defensa el citado médico. Y desde luego que somos muchos, estoy convencido de que muchísimos, quienes añadimos que para conocimiento exclusivo de algún majadero que todavía lo ignore.