Nos duele Chile

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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HACE TREINTA Y SIETE AÑOS (1973) ya escribíamos "Nos duele Chile" a raíz de aquel monstruoso golpe de estado de Pinochet contra la legalidad institucional encarnada en la figura de un gobernante honrado como Salvador Allende. La prensa española que seguía amordazada por la Ley Fraga que en los últimos años del franquismo se aplicó con la severidad de las sanciones y los cierres de publicaciones (no se olvide la voladura del edificio del Diario Madrid), los primeros días del golpe chileno, sin embargo, se permitió una cierta tolerancia que aprovechó para condenar sin reparos la ruptura de la tradición democrática en la gran nación chilena a manos del bruto de Pinochet y sus compañeros de junta militar.

En estas horas, también decimos con gran sentimiento de solidaridad que "nos duele Chile" por ese brutal seismo que ya contabiliza más de setecientos muertos y dos millones de damnificados. Todavía tenemos reciente las dolorosas imágenes de la devastación de Haití que, según sus autoridades, acabará dejando en el cómputo final de 300.000 muertos, cuando nos sobrecogen las noticias llegadas de Chile que en la madrugada del sábado sufrió uno de los terremotos más intensos de la historia, de 8,8 grados en la escala de Richter, el segundo más potente en los últimos veinte años.

La dolorosa noticia de un país hermano al que admiramos por su capacidad de organizar su nueva convivencia democrática, ha servido para recordar que Chile cuenta con no menos de  200 volcanes que provocan que se registre la mitad de la actividad sísmica del mundo. Buscando en la hemeroteca, encontramos que la nación chilena ha sufrido terremotos como el de 1960 en Valdivia, al sur de Santiago, que con una intensidad de 9,5 en la escala de Richter es el más potente registrado nunca en el mundo y que causó alrededor de tres mil muertos.

Las imágenes que se difundieron durante las primeras horas no son tan impactantes como las de Haití, donde el drama se vio amplificado por el paupérrimo estado del país, prácticamente en la bancarrota.  Chile, por el contrario, ha trasmitido la imagen de páís moderno, a pesar de la actual situación de interinidad política ante la próxima toma de posesión de su presidente electo, Sebastián Piñera. Con toda seguridad, la coordinación entre la administración saliente y la entrante estará funcionando eficazmente, como se demostró en la noche del resultado electoral cuando el derrotado, Eduardo Frei, acudió con su familia a felicitar al presidente electo.

Estas son horas de solidaridad y España no puede fallar a Chile. La presidencia europea que ocupa nuestro país debe servir para sensibilizar al resto de los socios de la Unión, demasiadas veces poco interesados en estas trageidas que llegan de aquel continente.  Al menos, demostremos que España está con Chile y los chilenos.


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