ESCUDRIÑANDO EN MI MEMORIA

Por AQUILINO FONSECA

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ESCUDRIÑANDO EN MI MEMORIA

 

En mis últimos 27 años de trabajo en la Fábrica, me tocó una instalación de cuatro pisos sin paredes ni techo y sin ascensor. Ejerciendo en mi función, más de cuatro horas al día las empleaba subiendo y bajando escaleras, y en días especiales el recorrido era permanente. Por descontado que con ese programa no se me ocurría hacer ejercicio alguno de gimnasia en mi tiempo libre.

Al llegar a mi jubilación a los 63 años, sí que me cuidé en mantenerme en forma, y me programé en una hora de gimnasia por la mañana y otra hora por la tarde, una vez terminados mis hobbies a las 10 de la tarde o noche. Consistía en cuatro kilómetros corriendo y un cuarto de hora en pesas y anillas. A cenar a las 12 de la noche después de la ducha. Levantarse a las 7. Una caída de una escalera de 5 metros de altura me originó a los 64 años, 3 fracturas en una cadera, que quedaron en corregir pasado un año, y a mi cadera sigo esperando todavía después de 15 años andando y corriendo con una pierna 12 mm. más corta que la otra y soportando la esperada artrosis. No he fumado nunca ni me habrá visto nadie en un bar tomando algo.

Llegaron los 85 años dando fin a mi juventud prolongada, y entrando en mi Senectud pachucha. Los que hayan alcanzado mi edad o más avanzada, no creo que tengan ningún interés en ser conocedores de lo yo trato de referir, lo voy hacer con la intención de que los que no han alcanzado todavía mi edad, puedan si lo consideran algo válido, seguir si quieren  un rumbo de los que dejo expuestos, para que vayan retrasando lo más posible la llegada de su senectud. Llegando a esa fecha los servicios médicos te atienden sólo para ir tirando.      

El llegar a reconocer mi senectud, sobre todo al verme obligado a renunciar a mis anillas y mis pesas, al ver que un dolor en el hombro derecho y otro en la planta del pie, no respondían favorablemente a ninguna de mis aplicaciones de posible solución, que son las que yo suelo utilizar para este tipo de desaguisados. Solución, ponerse en mano de un fisioterapeuta. Acudí a su consulta, exponiéndole las dos averías y recalcando que se dedicara primero a lo del hombro. Me hizo caso e inició su tarea haciendo movimientos con los brazos bastante dolorosos. Diagnóstico = Tendinitis. Tratamiento = masajes.

Le advertí que en principio se dedicara solo a lo del hombro y así lo hizo. Me fijé bien como lo hacía y a los tres cuartos de hora dio por terminada su intervención y me citó para la semana siguiente a la misma hora, y así cinco semanas sin mejoría. Al día siguiente de sus intervenciones notaba mejoría, pero al siguiente volvía a estar lo mismo con la particularidad de que el dolor me afectaba para dormir. Le dije que suspendiera lo del hombro y se dedicara a la planta del pié. Me pareció verlo ofendido y cuando terminó con lo del pie, me dijo con insistencia que continuaría con lo del hombro todos los días después del pie y gratis. No lo acepté al principio, pero terminé cediendo. Acudí tres semanas más y sin decirle nada no volví. Seguía igual y recurrí al médico, el cual me dio volante para la especialista de Sierrallana y ésta se limitó a unas radiografías y una inyección. En la semana siguiente había mejorado algo y me daba por satisfecho, pero pasada esta semana empecé a sentir, primero malestar y de seguido dolor. Total que me pareció que seguía como estaba.

A un vecino que es malabarista, le conté mi situación y me habló de lo que él hacía después de los ejercicios. Él se cuidaba mucho haciendo estiramientos antes de los ejercicios. Con esto por un lado y el haber estado observando al fisioterapeuta con mucha cautela, me vino a la cabeza el hacer una prueba empleando los dos requisitos y añadiendo lo de ejercitar todos los días el masaje y no una vez a la semana como hacía el fisio. Por lo que me iba ocurriendo me hacía pensar que si lo que me hizo lo hubiera hecho todos los días, me hubiera curado en una semana. Al tercer día había desaparecido el dolor al dormir y a los quince días, no solo había desaparecido el dolor del hombro derecho y el de la planta del pié, me había desapareció también, un dolor más benévolo del hombro izquierdo que yo no había mencionado, ni al fisioterapeuta, ni a los médicos. Esto me sirvió para tener la certeza de que los efectos de curación procedían de mi prueba. Pasados dos años siguen sin reaparecer lo del hombro y planta del pie. Lo de hombro derecho había tenido su origen en ir golpeando con la azada yerbajos  en las orillas de la entrada de asfalto y el de la planta del pie por haber pisado una manguera que estaba tirada en el suelo.

Otro de los episodios que entraron a formar parte de mi senectud reciente. apareció cuando el especialista de digestivo en su consulta me hizo una pregunta después de haber leído mi archivo que allí guardan, para que le dijera si era verdad que yo me había negado a que me hicieran una gastroscopia hacía unos años y le dije que era cierto y le expliqué por qué. Entonces me hizo la pregunta de que, si ahora estaba dispuesto a que me hicieran esa prueba y le respondí que sí, y después de varias preguntas más, dio por terminada la consulta haciéndome saber que me citarían para varias consultas de digestivo, no incluía tampoco la prueba de la posibilidad del cáncer de colon. Esto del cáncer de colon los médicos tienen establecido que a los que ya pasan de cierta edad, el desarrollo del cáncer de  colon y otros son muy lento, y no les compensa operarlos.

Al ver que pasaban los meses sin noticias, llamó mi nuera a esa consulta para ver si se podía enterar de algo de las pruebas y que estaban pendientes para mí, y prácticamente lo único que se enteró fue que yo le había dicho al especialista que no quería que me hicieran la gastroscopia y quedamos enterados también que en el escrito de las pruebas no consideraba necesario hacer la de colon.   En el centro de salud existe un aparato que puede dar positivo o negativo en anomalías en el colon. Yo en mi dieta era tan rígido en lo que anunciaban para evitar el cáncer de colon que ni remotamente podía sospechar nada de maligno, por eso fui a hacerme la insignificante prueba sin ningún  temor.

Eran días antes de Navidad y la enfermera que lo hacía me dijo que esperara que era cosa de poco tiempo, y no tardó en llamarme para decirme que tenía que repetir la prueba, que en una de las dos pantallas del aparato, no daba ningún resultado y en la otra daba positivo, que volviera después de las Navidades a repetirlo. Me cayó el mundo encima. Se me hacía imposible creerlo y en el camino iba pensando en no decirles nada a los de casa, para no amargar las fiestas. Así lo hice, aunque puedo decir que mis Navidades las pasé maldiciendo a toda la información de internet al respecto y toda la propaganda que se leía en la prensa escrita. Casi estoy seguro que no me ganaría nadie en frutas, verduras, frutos secos, pescado y legumbres y como líquidos sólo agua. Y en cuestión de ejercicio, de lo que dejo dicho habrá pocos. Al pasar el día de Reyes, me presenté en el Centro de salud y me puse a disposición de la enfermera, que me repitió lo de la vez anterior para decirme que esperara. Cuando me llamó, no fue para otra cosa que, para decirme que daban las dos pantallas positivo. Por más que me decía que ese resultado tenía menos aciertos que el que daba negativo, ella se daba cuenta que yo podría caerme en cualquier momento.

Aunque me esforzaba en disimular lo que en aquél momento sentía, caminé hacia el coche muy lentamente y pensando con mucho acierto que no estaba acto para ir solo en el coche. Esperé un rato y no sé para qué, seguro porque igual me importaba estar en el coche que en casa. Cuando decidí arrancar, era consciente del riesgo que corría y lo único que quería, y podía hacerlo, era la utilización de la mínima velocidad. Ya en casa no me quedaba otra cosa que darles la noticia a mis hijos. Ellos conociendo mi dieta les parecía imposible lo del resultado anterior, y se esforzaban ahora en decirme lo mismo que me habían dicho en el Centro de Salud.

Habían pasado ya dos o tres meses cuando leí en no sé dónde, que uno de los ingredientes de la morcilla era la sangre de vaca y asimilé esta sangre con la carne, con lo cual la carne de baca no estaba recomendada en la dieta de prevención del cáncer de colon y entonces empecé a pensar que yo con mi cena la podía estar contaminando. Me explico. Desde hace más de 20 años, ceno lo mismo. Cocino la cena para toda la semana que es lo siguiente: Empleo la cacerola más grande que tengo en casa y pongo a hervir tres cuartos de berzas y un cuarto de soja, un chorizo, una morcilla y sal. Trascurridas cuatro horas la retiro y la dejo enfriar. Trituro el contenido con la batidora y lo descargo en siete tarros de una ración. Antes de cerrarlos los relleno con una cucharada de aceite de oliva. Esto es el puré del primer plato. Ahora va por el segundo, que es a diario: Hecho en la jarra de la batidora, un tomate pequeño, una manzana, una pera, 8 galletas María, 6 almendras y 2 tabletas de Weetabix (trigo integral). La comida la tengo a las tres y ceno a las 12, sin comer un bocado en estas nueve horas. De una y media a dos voy a un reposo en posición establecida. Duermo raras veces.

No podía o no quería quitarme de la cabeza mi sospecha de la culpabilidad de la morcilla y tan convencido estaba que decidí suspender la morcilla y el chorizo de su participación en el en  puré  de berza y soja, y terminé por ir a preguntarle a la enfermera si no podía ocurrir que fuera la morcilla la causante de la prueba negativa. Se quedó cinco segundos sin contestar y me aseguró que no tenía nada que ver. Tan acérrimo soy que no me convenció y seguí toda la semana con mi versión.

Decidí volver a insistir con la enfermera pensando en la regañina que se me acercaba. No fue así, viéndome que iba tan desquiciado, no dudó en tratar de mejorar mi estado de ánimo y se decidió a repetir nuevamente la prueba. Al día siguiente le traje el tubito de las heces y cuando se lo di y me dijo que esperara, le dije que tenía que hacer unas compras y prefirió que me fuera, suponiendo que sería mejor que estuviera en la calle haciendo algo, que en la sala sin poder pensar en otra cosa. Salí muy contento, y con buena moral en mis compras, pero claro, cuando me subí al coche sabiendo a donde me tenía que dirigir, ya pensaba en la posibilidad de que se repitiera la anterior prueba. No fue así, cuando me vio en la sala, me mandó que pasara, y al escucharle el resultado, no le di un beso porque estaba sentada y no podía saltar por encima de la mesa, y sin más que darle las gracias salí rebosando satisfacción y alegría. En el coche fui volando, y en casa preparando la comida, me bociferé todas las canciones de mi repertorio.

Como por mi parte estaba convencido que era la morcilla la causante de aquellas pruebas que daban positivo, fuera con culpabilidad o no, la retiré de inmediato de mi puré de la cena y hasta el pobre chorizo que por mi parte no le acusaba, tal vez por si acaso o por no dejarle sólo, le di orden de seguir la ruta de la morcilla, y el pobre cocinero y degustador, se tuvo que conformar con el puré a secas y hasta las berzas y la soja, me siguieron mirando con malos ojos por haberles quitado la compañía, y las morcillas y los chorizos allí siguen colgados, bien juntitos, en espera de que les asista el extraordinario de la fabada todos los meses.

El caso es, que yo sigo creyendo en la culpabilidad de la morcilla, y la enfermera y supongo que también la médico, siguen sin admitir mi convicción. Estaba esperando que me propusieran que hiciera yo una semana el puré con morcilla y que les llevara la defecación para hacer ellos  una nueva prueba de lo del colon, pero ellos no pueden admitir mi ignorancia. Lo malo es que yo no tardaré en ir a suplicarles que me concedan la benevolencia de desalojar de mi cabeza los restos de una manera de pensar que no reconoce mi ignorancia.

Para finalizar esta algarabía, como ya pasaron meses desde que se desarrollara, quiero dejar canalizado lo que quedó sin aclarar, habiendo participado en el embrollo.

El especialista de digestivo que dejaba escrito que no era necesaria la prueba del Centro de Salud, recibió del médico/a el último resultado de la prueba del colon y procedió a poner la del colon entre las otras pruebas y nadie la adelantó para reparar la equivocación del especialista. Cuando le llegó el turno y lo pusieron en práctica, y cundo desperté de la anestesia, el resultado que me dio el hijo que me acompañaba era que estaba bien, algo me dijo de unos diminutos nudos que encontraban sin ninguna importancia. La médico de cabecera se limitó a decirme que añadiera en mi comida una tableta integral. Como le dije que ya venía tomando dos desde hacía tiempo, no me dijo nada. Queda sin dilucidar, si en el buen resultado del examen del colon, tiene más importancia el olfato del especialista de digestivo o el mío.

Para que el lector se dé cuenta de lo mal que andan las listas de espera, le diré que tengo pendiente una operación de próstata, solicitada en una consulta de diciembre del año pasado.

La gastroscopia que dejó escrita que yo la había rechazado, la solicité por escrito a Atención al paciente y me dijeron por teléfono al día siguiente, que si me conformaba con que se lo pasaran al especialista de digestivo y lo acepté, pero dieron por terminadas todas las pruebas y la gastroscopia había quedado en el tintero y estaba todo tan bien que con una receta de Duspatalín 135 comprimidos, lo dieron válido para todos los órganos del intestino, y últimamente lo han retirado delas farmacias

 En una consulta de septiembre en el Centro de Salud , me dieron consulta para neurología en   febrero del año que viene.

Desde hace 15 años tengo pendiente una prótesis de cadera, como beneficiosa para tres fracturas en la cadera (paleta iliaca, cotilo y fondo de cotilo). El traumatólogo me recomendaba que no me operara, que era mejor dejar pasar un año y que luego me ponían una prótesis. Hasta hoy. Bueno, en parte tuve la culpa yo porque no insistí, lo haré de ahora en adelante, cuando vaya liquidando lo que tengo pendiente.

Envuelto en cosas de estas, seguiré en mi Senectud envejecida acudiendo como hasta ahora lo menos posible a mis médicos, y tirando adelante con  mi táctica de recurrir antes a mis soluciones curativas propias, con lo que evito pérdidas de tiempo a ellos y ahorros de medicamentos a la Seguridad social. Ahora que, también quiero decir que tal vez si tuviera una enfermedad peligrosa que no hubiera sido por mi culpa, no dejaría de acudir al médico o especialista correspondiente.

No espero que corrijan las diferencias establecidas entre más jóvenes, o más viejos.

 

 

 

 

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