EL ÁRBOL DE MIS ABRAZOS

Por MANUEL BARTOLOME GARCIA

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Aunque se ha celebrado, coincidiendo con el Día de la Primavera, el “Día del Árbol”, también llamado “Día Internacional de los bosques”, este acontecimiento se concreta en diversas fechas según los países.

Fue promovido por las Naciones Unidad para concienciar a la población de la importancia de la flora, en especial de los bosques en la regeneración del aire; dada la capacidad de la espesura en la eliminación del CO2.

Con esta fiesta- lo percibimos por las crónicas que aparecen en la prensa y también en otros medios de comunicación- se trata de involucrar a grandes y pequeños. Especialmente esa franja de población, la de los infantes, más maleable, es la que debe coger el testigo de ese interés y necesidad por preservar los bosques.

Descendiendo al aspecto particular, nosotros también tenemos nuestra fiesta personal del árbol. De un árbol. Del árbol de nuestros abrazos. Está en la Viesca, al lado del cauce del regato Aragón que desemboca- mejor diríamos que afluye- al río Besaya. Este ejemplar, apoyado en los pequeños taludes que el reventón del dique de La Luciana produjo en 1960, es muy especial para nosotros. Nuestras caminatas frecuentes a esa zona, a ese pulmón de la cuenca baja del Besaya, culminan siempre con ese abrazo a una acacia. Nuestro amigo Julio Sanz Saiz, gran conocedor de las especies florales, mantenía siempre la diferencia entre la “acacia” y lo que vulgarmente se conoce con ese nombre que, sin embargo, es la “robinia”.

Pero el árbol de mis abrazos es, en efecto, una acacia de la especie cultriformis o acacia de hoja de cuchillo. El que habitualmente transita por la Viesca- o cualquier otra zona boscosa- habrá notado el perfume que las flores amarillentas de esa especie de acacia desprende a su alrededor. Ahora, recién entrada la primavera, está en plena floración. Una vez más, días pasados, nos hemos acercado a su tronco y le hemos saludado como mejor perciben los árboles: con un abrazo; no solamente por lo que tal gesto significa de afecto, sino también por los beneficios que, según la tradición celta o cántabro-céltica, transmite a quien lo abarca, hasta donde alcanzan los brazos en su rodeo.

Naturalmente que hay otras formas y modos de crear ese clima de complicidad entre el hombre y el bosque. El primero es el del respeto. Los cuidados ya es una forma mayor de respeto. Y no digamos si corre el peligro de ser arrancado, podado o mutilado de forma inmisericorde. En el paseo de Fernández Vallejo, en la subida a Tanos desde el centro de Torrelavega, hay una zona donde, indefectiblemente, son arrancados o mutilados con violencia al poco de ser plantados por los servicios municipales en sustitución del predecesor que corrió la misma desgraciada suerte.

Bien está que a los niños se les eduque en ese respeto; pero también los mayores debemos tener consideración especial con estos seres vivos, que tan beneficiosos son para el entorno, como hemos dicho al principio.

El árbol de mis abrazos está ahora disfrutando de la primavera y, por ello, lo agradece a cuantos paseamos por sus aledaños, con ese perfume penetrante de sus explosiones florales.

Sé que el Ayuntamiento y José Luis Urraca y su equipo en particular están haciendo verdaderos esfuerzos por divulgar este respeto que los bosques, parques y jardines merecen.

Así que, de parte del árbol de mis abrazos y el mío propio, gracias por estas iniciativas.

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