MÁS QUE RECURSOS FALTAN IDEAS

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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SI ECHAMOS LA MIRADA ATRÁS, la crisis y los recortes cambiaron la perspectiva sobre el dinero público por pura necesidad. No significa que la lección esté completamente aprendida. Medios económicos para hacer y promocionar cosas, aunque muy menguados, sigue habiendo; sin embargo, iniciativas productivas, multiplicadoras y rentables para el interés general, pocas, muy pocas.

Una década de penurias no han servido, lamentablemente, para estimular más talento, como se puede ver en el discurrir en este periodo de las Administraciones. Gastar  se gasta sin problemas, ahora bien, crear alternativas positivas y de futuro, poco o nada. Ahí es donde de verdad se valora al gobernante: si de verdad es capaz de crear cosas nuevas y productivas, porque  gastar pólvora y poco más en un día de resonancias o de repique de campanas, está al alcance de todo el mundo si ejerce donde existen dineros, que no los propios.  

Cantabria no lidera en casi nada las clasificaciones comparativas entre las autonomías del país, excepto en cuestiones en las que con cierta proyección histórica, como puede ser en la educación y la sanidad. Ha brillado la Montaña, en su día con escuelas en los pueblos gracias al dinero que enviaban los indianos o, como en Valdecilla cuando en vísperas de los años treinta del siglo XX, un prócer como Ramón Pelayo levantó con sus dineros un hospital moderno para la época. Es decir, en estos campos hemos vivido de rentas, de ahí que la Montaña (ayer) o Cantabria (hoy), haya tenido las mejores tasas de alfabetización de España. Hoy, sin embargo, la excesiva burocratización y las redes de atención duplicadas –tal y como afirman los especialistas- generan muchas ineficiencias.

Hay recursos, sí, pero mal aprovechados, y eso equivale tanto como tirar el dinero. Los casos son numerosos. Un ejemplo. El dinero público empleado en aviones –para dar vida al aeropuerto Severiano Ballesteros-  sirve en realidad para facilitar la salida en periodos de vacaciones a destinos turísticos, no para enlazar de manera óptima la región.

También podemos hablar de suelo industrial, cuestión ésta en la que  tenemos diseminados por la región, hasta en lugares inverosímiles,  polígonos industriales. Del total, varios millones de metros cuadrados permanecen vacíos. Esa superficie daría para instalar mañana mismo a otras dos o tres compañías del tamaño de Solvay. En algunos de los que están desiertos, a falta de empleos la gente sigue echando animales a pastar. La oferta de suelo, en fin, no ayuda inexplicablemente a bajar los precios, más baratos en Galicia o en Castilla y León. ¿Así cómo van a llegar nuevos empresarios? ¿Dónde está la ventaja competitiva de ese empeño inútil en urbanizar parcelas?

Desde las Administraciones se sigue prometiendo el oro y el moro, como si aceras, paseos fluviales, farolas, subvenciones y centros de ocio no tuvieran coste alguno. En el mismo espejismo caen los ciudadanos que reclaman sin reparar en que los recursos se agotan y en que hay que establecer un orden racional de necesidades a la hora de agotarlos. Lo destinado a una cosa va a dejar de emplearse en otra. Ni establecemos prioridades para sacar adelante primero los proyectos más provechosos para el interés general, ni evaluamos los resultados de los acometidos para comprobar si han sido útiles y rendir cuentas. Una visita a las hemerotecas permite comprobar con desolación que reivindicaciones básicas de hoy son las mismas de hace algunas décadas.

No digamos algunos casos en los que por la Administración central se comprometen proyectos, pero siempre cofinanciados, lo que no hace –o no se atreve a hacer- en otras autonomías. El caso del soterramiento en Torrelavega en cuyo proyecto –en terrenos y plusvalías de Renfe- Cantabria tiene que poner el cincuenta por ciento de la inversión, es decir, no menos de 40 millones de euros. Nada menos que más de diez millones de euros deberá aportar el Ayuntamiento de Torrelavega, un sacrificio que no está a su alcance, salvo comprometer futuros presupuestos e inversiones. Y se acepta, sin más.

En consecuencia, no hay coordenadas que marquen el rumbo a seguir hacia el futuro. Damos tumbos malgastando el tiempo y las oportunidades. A la sociedad cántabra le cuesta una enormidad desarrollar iniciativas con verdadero sentido de región por falta de liderazgo para arriesgar y porque la puja localista las acaba contaminando. Desde que, por ejemplo, se creó Cabárceno –allá por los años noventa- ya llovió desde entonces para seguir cautivos de la ineficacia y la falta de ideas. O de atracos al dinero público para empresas subvencionadas que se han hundido antes de abrir sus puertas.

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