NI CON FRANCO NI SIN ÉL

Por AQUILINO FONSECA

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Llevaba encima mi ropa de trapos, escaso en botones y sobrado en remiendos, cuando a los 8 años me vinieron a reclutar estando al recreo en una escuela de párvulos que regentaba la madre de un soldado que acababa de llegar al pueblo sin vida, mártir de una batalla que defendía la tropa de Franco.

El encargo que traía era seleccionar a cuatro niños de mi edad de los más preparados para el día de mañana defender España, pero esta vez destinados a proteger en posición de firme al hijo de la maestra, los días que estuviera allí su féretro, en lo que llamaban La casa del pueblo. Aquel chalet requisado era de un emigrante que había regresado de las américas y lo tenía deshabitado.

La preparación que nos dieron consistía en entregarnos un fusil de madera, propicio para nuestra altura y nos dieron a cada uno, una boina de requeté que tuvimos que devolver después de cumplir con nuesto deber. Dos de los del grupo no lo necesitaron, puesto que su padre era el pagador de la Mina y se habían refugiado en Burgos que era la capital de España y de allí partieron el primer día que se liberó Asturias. Mal andaría la cosa, porque el traje que llevamos tenía que ser de nuestra propiedad y no dejaron de decirnos que fuera bien lavado. Supongo que el que llevaba yo, al ser hijo de minero, no le faltaría a mí madre la refriega de rodillas en un pozo al terminar el día, para poder tenderlo después colgado a secar en las alambres de la cocina de carbón, para que estuvieran secas, cosidas y planchadas, dispuestas para mi obligado servicio militar infantil en aquel día.

Allí estábamos los cuatro dejando paso para la entrada del féretro, dos de cada lado. No tengo que decir, que para ser un pueblo de mineros acudía bastante gente, pero como se dice, con la cabeza gacha. Miedo pasé yo y supongo que mí compañero también, estando firmes los dos con el fusil de madera a la puerta del salón donde estaba el cadáver del soldado y nos habían dejado solos en varios momentos.

En otra ocasión, me tocó ver, siendo una criatura de ocho años, cuando era media noche y que casi me tropecé con una pareja de la Guardia Civil que bajaban por el sendero que compartíamos cuando yo subía, ellos escoltando un capataz de la mina amarrado y con señales de haber sido agredido. Cómo estaría el ambiente, para que a mí me correspondiera temblar y salir corriendo para mi casa, para contárselo a mi padre diciéndole que seguro lo iban a matar. No me equivocaba y mi padre, aun sabiendo que era fascista y jefe suyo, se le notaba afectado, no sólo por lo del capataz, era también temerosos en aquellos momentos, por lo que le podía pasar a él.

En días cercanos, mí casa fue asaltada, también por la Guardia Civil (entiéndase, como era su función de entonces recién terminada la guerra), haciendo requisa de una manta que mi madre había comprado a un vendedor que vendía por los pueblos telas y otras cosas. Tengo que decir que fue recuperada. También le tocó a mi madre, ser una de las castigadas para hacer limpieza en el cuartel, del que sólo nos distanciábamos cuarenta metros y era amiga de dos o tres esposas de los guardias, y yo muy amigo de la primera hija del Cabo que era el jefe del cuartel, y salíamos nosotros a coger moras para comerlas y saciar el hambre, y por lo que ella me decía, pudiera ser que lo que les suministraran el servicio del cuerpo como sustento era aún más escaso. Uno de los guardas había llegado al cuartel sin uniforme, recién finalizada la guerra y tuvo que andar varios meses con el fusil haciendo su servicio por los pueblos, vestido con la ropa usada que había traído de su casa, la cual no dejaba de ser parecida a la mía.

En lo que antecede dejo esculpido en mi punto de vista fundamentado en mi niñez, que la existencia de Franco en aquellos momentos estaba implantada de una forma, que podía considerarse como segura, debido a que viendo como huía de España la mayor parte de la gente preparada, no tardaron en seguirles los que siendo colaboradores ya tenían el convencimiento de que la guerra estaba dominada por las tropas de Franco y sus secuaces. Los que quedaban en España sin afiliaciones, y pudieran ser de los que les interesaba estar chupando, se fueron acercando a los triunfadores y no dejaban de lamerlos. Para ellos su cuestión política ya estaba desvanecida y se encontraban bien, confraternizando con los que estaban más arrimados a los que mejor comían.

Según iba yo creciendo y fermentando con los residuos de la guerra, me fui dando cuenta que mi barrio de unos cien vecinos, la mayoría mineros, era frecuente que salieran a diario a formar reuniones (por descontado todos conocidos), a donde yo acudía con más ganas de escucharlos, que de ir a la escuela. Con disimulos allí me filtraba algunas veces a colocar el oído y puedo asegurar que disfrutaba más con ellos, que jugando con los míos. Me obligo a decir, que había un par de ellos que me reprendían casi siempre con lo que suele decírsenos a los niños en Asturias “venga guaje dísvia por ahí”, y en tales casos tenía que largarme echándoles pestes por debajo.

Consideraba como buenos instructores, lo que habian hecho mi padre y un tío que vivíamos casa con casa. Era mi tío el que por el invierno nos visitaba con el pitillo en la boca, casi a diario después de cenar, y por el verano tenían reservado en la calle un banco de madera de cuatro plazas que había construido con tablas que iba encontrando en desuso por allí tiradas. Por el verano era también uno de los lugares donde los diablillos utilizaban para captar lo que hablaban, que con frecuencia no dejaba de ser asuntos de sexo, y allí lo teníamos fácil nosotros, porque detrás del banco había una verja arrimada a él, de la que se beneficiaban la espalda de los que estuvieran sentados y donde nosotros nos ocultábamos detrás bastante protegidos en busca de nuestras conversaciones preferidas.

Mi padre al ser minero, solo necesitaba en cuestión de manejar herramientas, la máquina de aire comprimido para picar el carbón, y el hacha bastante pesado para cortar los troncos y colocarlos bien encajados por las dos esquinas, y poderlos postear en los túneles que tenían que hacer para el transporte del carbón y otras necesidades.

Fue fisgando y escuchando con disimulo en estas dos reuniones de mayores, donde yo fui creciendo y fermentando con los residuos de la guerra, dándome cuenta, cómo mi padre, que había sido de la CNT, y mi tío de la UGT, en fechas avanzadas del contubernio, ya habían llegado a la alternancia, con el funcionamiento del impulso sostenido por los albores de Franco, y sólo una mínima parte lo rechazaría.

En época de esta disyuntiva es donde instalo yo “……. NI SIN ÉL”.

Cuando salí yo de la escuela a los 13 años, fue para integrarme en el clero, ejerciendo de sacristán del cura del pueblo, y con él me mantuve cuatro años, sosteniéndome en los criterios que mantenía con clero--Franco, y me tocó a los 17 años ingresar como sustituto de mi padre en la mina donde él había trabajado treinta años, pero mi ingreso fue con la categoría de pinche de albañiles trabajando acoplado a un grupo de los que no entraban al interior de la mina. En estos ambientes donde surgían conversaciones de todas las índoles y coincidíamos en muchas cosas, normalmente entraban en juego los comentarios relacionados por el sexo y no faltaban los de religión y los de Franco y en estos pasatiempos desdoblados del trabajo, y en lo concerniente a religión y Franco, que puede decirse que eran parejos, sonaban de tarde en tarde. En principio mis intervenciones siempre se aglutinaban en mis experiencias de religión, pero no tardaron en ir esfumándose los criterios adquiridos, ya casi, cuando había olvidado lo del cura y lo de Franco y estaba cambiando o había cambiado de dirección, desdiciéndome de las opiniones que tenía del jefe de Estado. De los compañeros de trabajo, uno había seguido mis huellas y otro se mantenía franquista. El comunista infranqueable seguía manteniendo contactos clandestinos con los suyos.

Con frecuencia yo les repetía que Franco ya no era lo que era antes y en esto ya me apoyaban los otros dos y fuimos bien compenetrados hasta el momento que a mí me toco lo de ir a la mili y los otros tres se fueron desenganchando porque sabiendo que hiendo a trabajar al fondo de la mina podían quedar exentos, y aun siendo más arriesgado lo preferían.

Con lo hablado, golfeado, divertido, discutido del grupo, me sobró a mi materia ya no aceptada y bien corregida, para ir perdiendo lo que ya no necesitaba y con la nueva claridad que se me iba aglutinando, se escarcho mi cerebro lo necesario para que se fuera enterando de lo que le esperaba en la dichosa MILI. En mi casa éramos tres y sólo yo acometí la aventura.

Había llegado la época en la que yo me incorporaba al servicio militar, a donde llegaba sabiendo desfilar y bastante bien con la cabeza erguida y tan en serio lo tomaba que tratándose de disciplina, no había instructor que necesitara corregirme, algo de lo cual era debido todavía, a los parvularios desfiles de mi infancia que me gustaba siempre en mí senectud practicándolo algo. Siendo como eran los jefazos del cuartel, todos los que fueran sus subordinados, la menor desviación que a los soldados les escapara, bien sabido es que les esperaban gordas, para lo cual teníamos que tener en los paseos que nos estimulaban mucha precaución para no caer en errores. Cuando ya teníamos amigos era frecuente que en los paseos, no en los bares, fuera Franco el recordatorio que nos ocupaba con frecuencia, y como iban bien repletos nuestros cerebros, resucitaban nuestros interiores para contarnos unos a otros, las nuevas opiniones referidas a nuestro Caudillo, que venía a ser como siempre criticado, no solo por la exagerada pobreza que cundía en toda España, sino también por la permanencia en las cárceles los presos encerrados por asuntos políticos, sumando infinidad de necesidades que en aquellas situaciones hacían huella en aquella juventud de aventura con pretensiones sobre todo de libertad para todos.

Aun siendo tan jóvenes de experiencias en esta primera fase, mi concepto de Franco siguió diluyéndose, pero el hecho de regresar de la mili y metiéndome en estudios sin abandonar el trabajo, me hizo el separarme casi totalmente de la cuestión política y libros, y a los 31 años surgió lo de mi matrimonio, y me ilusionó visitar Madrid por segunda vez, acompañado de mi mujer, ambos pensando en el Valle de los Caídos y el Escorial, que también me había quedado sin ver anteriormente, sin olvidar museos y demás existencias artísticas. En este monumento quiero aportar sencilleces que no sé por qué siguen sosteniendo la singular y esplendida obra.

Ya al bajar del autobús en la plaza del monumento quedamos absortos al poner los pies en tierra y contemplar la majestuosa cruz que ya nos habían dicho que tenía de alto 124 metros y que era la más grande del mundo.

No es mi intención ahora describir todo lo que he visto allí, para lo que yo lo menciono ahora, solo es para aprovechar los criterios que me puedan servir de orientación de lo que yo pueda ir seleccionando para utilizarlo en mi pretensión en este artículo.

Recuerdo la impresión que me causó la sepultura de José Antonio Primo de Rivera y lo deslumbrante que eran las pinturas de su cúpula, saliéndome de allí pensando que a su lado en el debido momento le acompañaría Franco en otra sepultura, cuando le tocara a él, cosa que no fue así.

Del recorrido por las galerías donde estaban los nichos, allí permanecían todos los muertos consecuencia de la guerra, fueran del bando de Franco o de la República gravados con sus nombres y esto último no lo llegué a creer entonces y ahora me costaría trabajo.

Ahora que están tratando con mucho empeño en dilucidar la evacuación de Franco de la Basílica y hacen versiones de posibilidades para los otros, fue lo que me inculcó a mí ahora el deseo de dar mi opinión con todas las circunstancias que fui aglutinando en mi larga y perpleja edad.

Me inclino en agrupar los tres factores involucrados en la dichosa guerra en el mismo recinto, donde subyacen ahora los desventurados muertos. Lo elegiría como apropiado para que sigan en el mismo vergel donde ya están diluidos reposando su Santa Vida, sin poder acordarse de nada, todo transformado en comunicación agradable para convivir eternamente. Franco y su satélite se acoplarían con ellos en el lugar más adecuado donde les correspondiera la misma paz conviviendo con la compañía de los que allí le precedieron.

Que difícil será encontrar opiniones factibles a mis deseos, pero no seré yo el que califique como absurdo lo que otros opinan, claro que los de mi edad en su participación serían mejor calificados por mí.

La comunicación con la Basílica quedaría sólidamente taponada.

Pensémoslo bien todos, pero los que hemos estado envueltos y sumergidos en lo que ya a temprana edad trataban de retorcernos sin dejarnos admitir que es el tiempo el que hace diluirse las múltiples diferencias que nos acosaban, no nos quedó otro recurso que prescindir de contemplaciones.

Mi padrino de pila, estando en la guerra como artillero, fue alcanzado por un mortero en Oviedo y allí se quedó y sigue. Su hijo y yo, él, cuatro años menos viejo, nos comunicamos cuatro veces al año y tiene bien barrida su antigua desgracia, pero puede decirse que se hundió en otra al morir su madre y quedar sólo siendo soltero.

NI CON FRANCO ...............

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