PRIMERAS ELECCIONES DEMOCRÁTICAS: HACE CUARENTA AÑOS

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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Mantengo muy vivo el recuerdo de aquel 15 de junio de 1977, del que hoy se cumplen cuarenta años. Fue un miércoles espléndido y luminoso como correspondía a una jornada en la que se cumplían muchas cosas por las que un puñado de gente con coraje había peleado desde dentro y fuera del viejo régimen. Empezaría una legislatura constituyente, que no sabíamos bien qué significaba, pero llevábamos meses aprendiendo día tras día el lenguaje, el estilo, los modos y el juego político de la democracia. Habíamos sido capaces de recorrer un camino muy largo en un espacio de tiempo muy corto con logros espectaculares. Aquella España cambió a mejor y como dijo Rafael Alberti, melena blanca y pañuelo romano al cuello, al llegar del exilio “me fui con el puño cerrado y regreso con la mano abierta”. La concordia era el milagro de la nueva España.

La inmensa mayoría de los españoles que acudimos a votar éramos conscientes que para llegar a la cita con las urnas –la primera vez en cuarenta años- se habían vivido meses de vértigo político. Mucha resistencia acumulada que al final se aceleró, entre tragedias y alegrías. La ley para la Reforma Política, el nombramiento de Gutiérrez Mellado en la vicepresidencia militar; la detención de Carrillo y la matanza de Atocha; ETA, que ya asesinaba y estorbaba; el misterioso GRAPO con sus secuestros; la comisión de “los diez” pactando la ley electoral; la legalización del PCE; los rumores y los riesgos de golpe de Estado; el Rey y el coraje de Suárez y, finalmente, la irrupción de los partidos a derecha, izquierda y de centro.  Se vivieron unos tiempos de la ‘Libertad sin ira’, que con sentido común provocaron que saltaran por los aires tópicos como el de la canción que decía «que este país necesita palo largo y mano dura para evitar lo peor».

A las nueve en punto se abrieron los colegios electorales con todos en sus puestos: el presidente, los vocales y los interventores de los partidos. Comenzaba el gran espectáculo democrático: enseñar el carnet, comprobar que se estaba en la lista de electores y depositar la papeleta en la urna como expresión de la soberanía popular. Todo un ritual desconocido hasta entonces, un éxito de concurrencia, una emoción contenida, la sensación de que estábamos en una nueva era, en un nuevo país, en una nación distinta.

Así fue transcurriendo la jornada del 15-J con el voto de mayores, jóvenes, hombres, mujeres, militares y policías, obreros e intelectuales, curas y monjas. Toda la ciudadanía, que con emoción y disciplina depositaba su voto. A medida que pasaban las horas, entre los miembros de la mesa y los interventores comenzó a existir buen ambiente. Se trataba de claros indicios de una reconciliación que ya funcionaba en las bases. Y así hasta las ocho de la tarde, con el cierre y el recuento. Un recuento minucioso, la mirada fija en las papeletas, el miedo a la falsificación del sufragio de un pasado que se dejaba atrás y empezaba el futuro.

A estas históricas elecciones nos llevó un Gobierno llamado de penenes que presidió Adolfo Suárez y que consiguió en trescientos días lo que no se había logrado en tres siglos de la vida nacional, como fue que en España no hubiera un preso político ni un exiliado.  A pesar de ser unas elecciones convocadas por un Gobierno que venía del autoritarismo, se puede ratificar su limpieza en ofrecer los deseos del país. Se escribió que España votó como Europa y se abrió una página nueva de nuestra historia en la que sus tres grandes protagonistas nada tenían que ver con la guerra civil: desde el Rey, al presidente Adolfo Suárez y Felipe González como líder de la oposición de izquierdas, partidos de esta orientación ideológica que en su conjunto obtuvieron casi 150 escaños.

Reflexionando sobre las ilusiones de aquella jornada histórica se puede llegar a la constatación del escepticismo que hoy genera la política democrática. Se ha llegado –y no sólo como consecuencia de la actual crisis-  a una creciente desconfianza en las instituciones, particularmente en las de representación política. En este aspecto lo que se percibe en la calle es un desapego de la cosa pública que trae causa, sin duda, de clamorosos despropósitos que desvirtúan la legitimidad de la arquitectura del Estado. Una desconfianza que de manera imparable, salvo cambios drásticos no esperados, avanza hacia  una desafección democrática, especialmente por la corrupción que en estos últimos años ha aflorado descolocándonos a casi todos.

España necesita muchas reformas para recuperar una democracia más real. La reforma de la actual forma de hacer política y de dar más representatividad a la democracia con cambios profundos en la ley electoral, representa actualmente una inaplazable necesidad que, sin embargo, parece contar con la oposición de los profesionales de la política, que viven de ella y no para ella, que en teoría deberían ser los impulsores de la nueva y gran reforma democrática, como en su día la Transición fue, en difíciles circunstancias, impulsada por los defensores de la libertad, partidos políticos y los movimientos ciudadanos.

La crisis en la que ha entrado el modelo de partidos ha engendrado un problema añadido de envergadura: el nivel y la calidad de muchos gobernantes, legisladores y primeros responsables de las más altas instituciones del Estado desde un tiempo para acá. Porque, a medida que se ha ido instalando este sistema, los españoles más notorios en talento, profesión, aportación intelectual, cultural y más dotados para el ejercicio de la democracia y la gestión pública se han apartado de la política, como consecuencia de la obediencia debida al jefe del aparato del partido y a la ley electoral con sus listas cerradas que son taponadas por los “desocupados” que encuentran en los partidos salidas que la vida profesional les ha negado a muchos. Más o menos se puede afirmar que no mejorará el funcionamiento de nuestra democracia hasta que no se cambie a fondo la ley electoral.

Nada nuevo descubrimos si afirmamos que desde hace tiempo asistimos a prácticas democráticas cuestionables, negligencia al frente de instituciones de todo tipo, uso en beneficio propio de las mismas e ignorancia del servicio al interés público. Esto es lo que percibe la sociedad española. Esto y la certeza de que no van a depurarse responsabilidades como correspondería, con lo que los recelos pueden ir en peligroso (o saludable) aumento. Para la política y todo aquello que rodea a la política, se precisa hacer realidad que en democracia el que la hace la paga. Se puede contestar que se ha hecho mucho en los últimos cuarenta años, pero todavía queda mucho por hacer y no vale la excusa de la juventud de la pretendida democracia española porque la democracia no tiene edad, es o no es.

El listado de dislates, a título indicativo, va desde el bloqueo de la Justicia y sus cuotas de politización a la profesionalización excesiva de la representación política con sueldos y prebendas no acordes con la situación que vive la sociedad a la que representan, pasando por la necesidad de que se explique con claridad por qué las arcas públicas han de tapar un agujeros financieros insoportables y sospechosos. Además, vivimos en cuanto a la necesaria calidad democrática la falta de autonomía del Parlamento y de su capacidad de control al Gobierno con reglamentos poco democráticos que impiden la libre actuación de los elegidos; el autoritarismo de gobernantes, el deterioro de valores nacionales, el clientelismo político en todas la autonomías y la pérdida de libertades y de la cohesión nacional en las autonomías gobernadas por los nacionalistas. Un listado larguísimo que no cabe en estas reflexiones.

Acepto que pueda afirmarse que la nostalgia es un error, pero emociona comparar aquellas ilusiones con los actuales escepticismos. Hay un proverbio chino que dice: “Jamás se desvía uno tan lejos como cuando cree conocer el camino”. Y eso es lo que sucede en España desde hace varios años.

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