VISITAS DEL JABALÍ

Por AQUILINO FONSECA

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Desde hace bastante tiempo nos estamos enterando que los jabalís abandonan con frecuencia sus aposentos e invaden otros lugares que saborean con más exquisitez. Por descontado que aprovechan las horas nocturnas, para disponer de más tiempo y menos vigilancia.

Me tocó a mí escuchar el ladrido de un perro muy cercano que me quitaba de coger el sueño. Al llegar las dos de la mañana, que es la que tengo establecida para mitigarlo, no quiso el cachorro  atender mis necesidades y siguió con su rumbo. Tan afanoso estaba, que no me aceptaba las  maldiciones que le echaba al ver que seguía tan campechano sin hacerme caso. De nada me sirvió taponar el sonido de entrada a mis orejas y además estaba bien amaestrado para hacer su interpretación de la manera que más me ofendiera. Tal vez sabía que si ladraba de continuo sin que el sonido de entrada al oído dejara espacios de descanso, era lo que yo necesitaba para coger el sueño, pero si después de estar ladrando un rato con más de cinco minutos de descanso, era lo suficiente para que yo me mantuviera pendiente de que el perro repitiera sus estrofas bien medidas para que yo permaneciera sin poder coger el inicio de la placidez..

Pude hacer cálculos al día siguiente para deducir que habría cogido el sueño a las seis de la mañana y era a las ocho cuando desperté y ya decidí levantarme como otros días, y es cosa curiosa que a esa hora no estaba el perro ladrando como hace todos los días y a esa hora me importa un bledo que lo haga si quiere, porque yo pongo en servicio la radio y no me entero.

Me quedaba por saber cuál sería el motivo de aquel desajuste del perro y no me privé de contactar con sus dueños para preguntarles si habían escuchado los ladridos nocturnos del pobre Nico, haciéndoles  saber si estaban enterados del folklore y  puedo decir que se adelantaron para contarme la noche que habían pasado ellos al no haberles hecho caso al asomarse tres veces a la ventana para reprenderlo con el correspondiente cabreo, sin poder conseguir que les hiciera un mínimo caso. Total, que tuve que retener mis intenciones de reproche y quedar ambos conformes deseosos de saber, cuál sería el motivo de habernos estado fastidiarnos toda la noche.

Ocurrió que al comentar  al día siguiente con un amigo que tiene una huerta lindando con mí parcela, de inmediato cuando yo empecé a contarle lo de la mala noche que había pasado por culpa del perro, no me dejó que continuara para decirme que seguro que había sido uno o varios jabalíes que habían dejado huellas en su finca, los que habían alterado la plácida noche que acostumbra a vigilar el perro Nico para cumplir con su obligación de guardián.

Me informó que no era la primera vez que dejaban sus huellas y también estaba informado del refugio que utilizaban en las escombreras de Solvay y que para su recorrido al llegar la noche, cruzaban la vía en busca de alimento de sabor apetecible. Una de sus plantas preferidas la desenterraba en la  finca de mi amigo. Era un tipo de planta que abundaba a la orilla de los setos y dejaba unos buenos pozos rodeados de tierra substraída con su hocico y sus patas.

Informado de todos los episodios que me fue contando, me dieron ganas de retornar a mi parcela y comprobar si había alguna huella de los jabalíes. Mi sorpresa fue mayúscula cuando al iniciar mí recorrido a orillas del seto de mí parcela que tiene más de veinte metros de largo y ver aquellos pozos que pude contar que eran catorce, y algunos me dejaron sorprendido de aquella profundidad y de la excavación  de aquellos montones de tierra, que me apresuré a rellenarlos  con la tierra que los adornaba, convencido en la suposición de que los jabalíes habían dejado bien pulido el total de comestible que trituraron en el recorrido, pero sólo dos pasaron dos días, para que volvieran a desenterrar toda la tierra que los condenados habían vuelto a extraer, pero sumando dos hoyos más.

Cosa curiosa, aquella noche no me habían quitado el sueño, se conoce que vinieron a hacer su recorrido estando yo dormido. Que lo hagan así siempre y así seguirán sin que la Guardia Civil les reproche el acercarse demasiado a la vecindad. Por lo menos que sean más de 10 metros,  que fueron los que, como esta  vez, se acercaron a los muros de mi casa.   

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