AVISPAS PROTEGIDAS

Por AQUILINO FONSECA

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              Desde hace cuatro años vengo consintiendo a las avispas para dejarlas entrar en mi reducido espacio que está haciendo la función de solárium cuando se le presenta la ocasión de servirme de buen paradero para pasarme una o dos horas tratando de aprovechar el calor que me suministra.

  Cuando las avispas hicieron sus primeros pinitos. hacían toda clase de travesuras para penetrar en el solárium. No lo consiguieron en el primer año de su intento, pero tuvieron éxito en el segundo, valiéndose de un picotazo del que se valió clavándome el pico sobre la marcha, consiguiendo su alevosía sin pararse, dejándome a mí averiado sin recursos y aprovechando que alguien me facilitó una recomendación que consistía en que me frotara un rato con rapidez en el lugar del contacto para que no se inflamara. El resultado fue instantáneo. Quedó un poco obscurecida la zona pero nada de inflamación.

Esto ya me sirvió para privarme del miedo y asociarme con la avispa. La solución estuvo en que yo, no le puse reparos y les consentí la utilización del solárium. Tenía la salvedad de que ellas me facilitaban permanecer allí las dos horas que yo necesitaba, no solo para la utilización del calor sino también para estar viéndolas trabajar en su colmena. Se conoce que la distancia que me permitieron no tenía que tener más de medio metro entre mi cabeza y su estancia.

En la fabricación de su colmena solo  ejercían su trabajo dos o tres avispas, el resto se encargaban en la confección de los agujeritos hexagonales que quedan destinados a la crianza de los huevos que a posteriori se transforman en avispas. La primera vez que me esforcé en poder ver como salían ya las criaturas viendo que los que estaban fuera se entretenían en ir rompiendo el tapón que los cubrían y yo no pude poder ver salir a nadie y me dejó perplejo. Yo esperaba, que las causantes de los huevos debían de ser poco más que los mismos y al no aparecer me obligué a seguir mirando la labor que continuaban haciendo los que habían dejado libre la salida del agujero. No tardé en darme  cuenta que los que salían eran tan grandes como los que estaban fuera y permanecían esperando hasta que les quitaban el algodón que tenían pegado. Una vez libres no se distinguían unos de otros.

Casi había dejado yo la observación de la colmena, cuando me fui dando cuenta que las avispas que quedaban allí, alguna todavía se dedicaba a taponar los agujeros que quedaban y la sorpresa para mí era estar viendo que ya habían vuelto a taponar agujeros y llevan más de la mitad con su intención cumplida, lo que me hace ver que este año repite lo que los tres años anteriores no se había acordado de ello. Lástima que no reformen su cometido y me lo transformen en la exquisita miel.

Este año. no dejó de sorprenderme también, que un día que fui a abrir la puerta de atrás del coche, y me encuentro en su interior con una pequeña colmena, solo con veinte agujeros ya utilizados y era obligado dar como desaparecidas las causantes de aquella aventura. No me faltó curiosidad para descubrirles su puerta de entrada, pero me tuve que resignar en darla como inexistente a sabiendas que alguna entrada tuvieron que tener. Todo se les habrá dado favorable, sabiendo que el  coche tiene su chofer casi olvidado.

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