EL RESPONSABLE

Por JUAN IGNACIO VILLARÍAS

Enviar a un amigo


 

      A este servidor de ustedes siempre le ha gustado estar metido en rollos, es lo que pasa cuando se está soltero y se dispone de las tardes libres tras haber acabado la jornada laboral mañanera e intensiva.

   Y así, a una de ésas me metí en la junta directiva del equipo local de fútbol, el Santoña Ce Efe. Entonces mi juventud, no había ido todavía a la mili, me permitía jugar con los jugadores en los entrenamientos, a lo cual no se oponía, antes al contrario, el entrenador, el santanderino Ramón Villanueva, alias Villita, a quien Dios tenga en su santa gloria, hace ya tanto tiempo de esto... En una ocasión nos puso a todos a disputar una carrera de velocidad, y resultó que yo les gané a todos, lo cual le sirvió a Villita de mosqueo, como si dijéramos, ¿cómo es posible que un jugador que no es jugador ni es nada, sino directivo, pueda correr más que cualquiera de las figuras tan bien pagadas que componían la plantilla de aquel equipo? O mejor habría que haberlo dicho al revés, ¿cómo es que ninguno de aquellos magníficos jugadores de tercera división no ha podido correr más que un directivo cualquiera? ¡Ah, qué tiempos! O témpora, que decían los romanos.

   Pues bien, el caso fue que en la reunión constituyente de la junta directiva me viene el presidente y me dice así:

   Tú vas a ser el responsable de...

   Yo ipso facto le tuve que atajar.

   ¡Alto ahí! Yo estaré encantado de colaborar con esta sociedad deportiva, no me excusaré de hacer cuanto quede a mis cortos alcances, y tal, pero quede claro desde ahora mismo que yo no me responsabilizo de nada.  

   Cuando aquello de la guerra civil España se dividió en dos bandos, como en toda guerra, es a saber, por una parte socialistas, comunistas, anarquistas, separatistas, masones, y asimilados, es decir, partidos enemigos naturales entre sí, pero que se agrupan frente a un enemigo común, a la manera de una unión temporal de empresas con el objeto de acometer una obra de alcance superior al de cualquiera de ellas por separado, y para, una vez acabada la obra y disuelta la sociedad transitoria, volver a competir entre sí igual que antes. Y de la otra parte la derecha tradicional de toda la vida, parte del ejército, el clero, los monárquicos, el elemento conservador de la sociedad, los tradicionalistas, los falangistas, la gente de orden en general, o así considerada. Más los que no pudieron o no supieron escoger bando, sino que fue el bando el que les escogió a ellos. Es decir, aquéllos a quienes la guerra les cogió en una u otra zona, y según en cuál de las dos zonas cayeron, en ese bando combatieron. Sin perjuicio, claro está, de poderse, si es que podían, pasarse al bando contrario. Muchos se pasaron de los rojos a los nacionales, muy pocos a la inversa.   

   El bando llamado nacional se organizó pronto y muy bien, mientras que en el bando rojo, así entonces llamado, hoy se denominan progresistas, cada uno iba por libre y a lo suyo, no había manera de organizar a los milicianos en un ejército como es debido y alejado lo más posible de toda semejanza con aquel ejército tan nombrado del difunto Pancho Villa.

   A la tropa de la parcialidad, para reducirla a la disciplina militar, los mandos republicanos se encontraban con insalvables dificultades, sobre todo al principio de la guerra. Cuentan que un comandante llegó a una posición en el frente, teóricamente a su mando, y cuando preguntó quién mandaba allí, alguien muy indignado le contestó así:

   ¡Aquí no manda ni Dios! Somos de la Ce Ene Te.

   La Confederación Nacional del Trabajo, el sindicato anarquista. Y es que aquellos anarquistas aborrecían el mando y la sumisión, preconizaban un mundo libre donde nadie fuese más que nadie, y donde nadie tuviera que quedar bajo el mando de nadie. Pretendían un mundo sin fronteras y sin gobiernos, sin policías ni jueces, y a tanto llegaban en la búsqueda del logro de sus aspiraciones, que derribaban las cárceles y quemaban los archivos municipales, de los juzgados, de los notarios, de los registros de la propiedad. Los registros parroquiales los quemaban con iglesia y todo.

   Pero cuando se apuntaron voluntarios para la guerra y se constituyeron en milicianos, se les presentó un problema de difícil solución. En principio pretendían que las unidades militares se gobernasen democráticamente mediante asambleas, antes de iniciar una acción bélica tenían que ponerlo a votación. Pero la realidad se impuso, como se impone siempre, y no tuvieron más remedio que acabar por aceptar encuadrarse en unidades militares, ya saben, compañías, batallones, regimientos, y todo eso.

   Dicen que un segador llegó a mandar una división, y dicen que le escribía a un camarada en estos términos: “Me da vergüenza decírtelo, pero soy general. Tengo teléfano (sic), zarpadores (sic), la hostia (también sic).”

   Pero ahora el problema que se les presentaba era de tipo semántico. En efecto, ¿cómo denominar al que manda las unidades? He aquí el terrible dilema. ¿Capitán, comandante, coronel? Esas palabras les repugnan por su naturaleza. ¿Jefe, director, jerarca? Ídem de ídem. ¿Entonces? ¡Ya está! Un iluminado dio con la solución. El que manda la unidad militar será el responsable. Es que, hay que darse cuenta, no va a ser lo mismo estar a las órdenes del capitán, que del responsable, no, hombre, no, qué va a ser igual, diferencia va.

   Y así es como a una palabra le dieron un significado que no le corresponde en buena lexicología.

   Pero es que esta manía de llamar responsable al que tiene el mando ha llegado hasta nuestros días. Responsable, véase el diccionario, es el que responde o debe responder, aplícase a personas, naturalmente, pues las cosas ya se sabe que no pueden responder. Responsable es el que responde, no el que manda, cosa muy distinta. Lo que pasa es que, también hay que decirlo, la Real Academia de la Lengua hoy en día, en vez de limpiar, como dice su lema, se dedica a recoger toda la basura léxica que se encuentra por la calle y llevársela a casa, y así ha acabado por aceptar, cómo no, el significado de responsable como la persona que manda u ordena a las demás.

   Pero es que los inventores de palabras, o de acepciones, a ésta le han dado otro nuevo significado, y así llaman responsable al causante, aun tratándose de cosas inanimadas. Veamos. Leído en un hospital por éste mismo que suscribe: “La bacteria responsable de...” De no sé qué enfermedad, ya no me acuerdo, pero es igual. En la información meteorológica de la televisión: “Los vientos del cuadrante noroeste son los responsables de las lluvias...” Pues nada, digo yo que a las bacterias y a los vientos habrá que exigirles responsabilidades.  

Otros artículos: