MIGUELÍN DURÁN, CAMPEÓN CICLISTA

Por JUAN IGNACIO VILLARÍAS

Enviar a un amigo


   Era un tipo retraído más bien y solitario, andaba por las calles del pueblo con la vista baja, como alma en pena. Vivía entonces en el barrio de Turquía, en una de aquellas casas baratas que levantaba entonces la Obra Social de la Falange para obreros y asimilados. Aseguraba la maledicencia popular que en una de aquellas habitaciones tan sólo cabía, y cabe todavía, una cama turca, de ahí el sobrenombre del barrio allí surgido, sobre el espacio antes ocupado por una alameda, a la entrada del pueblo, o a la salida, según se mire.

   En sus ratos de ocio, que eran casi todos, le pegaba duro a los pedales de una bicicleta de carrera, de las del manillar retorcido, cualquiera no tenía una en aquellos tiempos, ni siquiera una bicicleta normal y roñosa estaba al alcance de cualquier pelafustán como él. Participaba en las carreras ciclistas que entonces proliferaban, pero nunca se le conoció ninguna victoria, y ni siquiera un tercer puesto en la meta, al decir de los maldicientes que nunca faltaban, ni faltan ni han de faltar nunca, si bien ahora ya no tanto como entonces.

   A edad tardía, lo menos dieciséis años tenía ya, se conoce que le acometió de repente un arrebato irreprimible de amor a la cultura y se matriculó en el instituto, empezado ya el curso. Consiguió que le convalidasen no se qué estudios que tenía, y le subieron hasta el tercer curso, en la clase de un servidor de ustedes precisamente, doce años tenía entonces. Como la lista de la clase ya estaba hecha, a ese tal Miguelín le pusieron en último lugar, justo detrás de mí, que lo era hasta entonces según el orden alfabético de los apellidos del alumnado, y le sentaron asimismo detrás de mí, pues los pupitres de la clase guardaban el orden de la lista.

   El ciclismo en aquella época era más bien el deporte de los aldeanos, mientras que en las ciudades, y Santoña entonces ya no carecía de ciertas ínfulas de pequeña ciudad, preferíamos el fútbol. En efecto, en un pueblo compacto y de medianas proporciones una bici servía nada más que para pasear y solazarse. Era un lujo, por tanto, más que prescindible. En cambio, en las aldeas la bici constituía de por sí una necesidad para salvar las distancias entre las casas, y entre éstas y las localidades más grandes adonde se precisaba acudir con mayor o menor regularidad. Dicho de otra manera, en Santoña se podía vivir andando por sus calles, sin necesidad de mayores desplazamientos. De las aldeas, en cambio, no se podía decir lo mismo. De tal modo que, en su consecuencia, los aldeanos no podían carecer de tan útiles bicicletas, lo cual les inclinaba a aficionarse al deporte del ciclismo más que a otro cualquiera.

   El de la bicicleta ya se sabe que es un deporte áspero e ingrato, y que, en cuanto uno se descuida, se le viene el suelo encima, y eso fue lo que le pasó a los pocos días de matricularse, que un día vino a clase hecho un eccehomo, toda la cara llena de esparadrapo.

   – ¿Qué te ha pasado, Durán?

   – ¿Qué te ha pasado, Miguelín?

   Y para todos la misma contestación maquinal.

   – Me caí por la carretera de los puentes.

   E igualmente los profesores.

   – ¿Qué le ha pasado a usted?

   Es que algunos profesores, no todos, trataban de usted a sus alumnos. La misma contestación. De la bici se cayó cuando corría solitario por la carretera que discurre sobre las marismas, tres puentes sobre agua salada, y que comunica la breve península de Santoña con la carretera general, a la derecha Santander, Bilbao a la izquierda según se llega al cruce.    

   Hasta que llegó un  profesor que por primera vez le veía, y como quiera que todavía no le conocía ni le tenía en la lista, lo primero que hizo en cuanto le vio fue preguntarle por su gracia, como no podía ser de otra forma.  

   – ¿Cómo se llama usted?

   A lo que él respondió, lánguido y apático, con esa su voz meliflua y un sí es no es gangosa, como dejando caer las palabras una tras otra con desgana:

   – Me caí por la carretera de los puentes.

   Con lo cual no hace falta ni decir que la hilaridad en toda la clase fue poco menos que general, tan sólo el preguntado y el preguntador se quedaron graves y un tanto incomodados. 

Otros artículos: