ACCIONES QUE SE DEBEN CONOCER, RECORDAR Y CELEBRAR

Por JOSÉ ANTONIO CARMONA GUILLÉN

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Se utiliza la denominación de España Americana para designar aquellos territorios americanos y asiáticos que estuvieron bajo soberanía española durante el período comprendido entre su descubrimiento (1492) y la secesión o independencia.
Desde un principio la intención y los hechos no fueron otros que trasladar al nuevo continente lo que en la península ibérica se había desarrollado durante ocho siglos escasos de Reconquista y con la herencia de Roma. Pero si grande fue la hazaña del descubrimiento no fue menor el período denominado de la conquista. Una conquista sin ejército (los Tercios españoles nunca pisaron América), con escasa población “invasora” (menos de 55.000 personas hasta 1600, según el Libro de Asientos del Archivo de Indias) y que en tan corto espacio de tiempo alcanzó tan vasto territorio. Por ello cabe preguntarse, ¿qué debe entenderse, en este caso, por conquista? De forma esquemática se puede definir como: descubrir, fundar, poblar e integrar. Y todo ello bajo el deseo y preocupación por evangelizar. O si se prefiere en palabras de Hernán Cortés: “Quien no poblare no hará buena conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá la gente: así que la máxima del conquistador ha de ser poblar”.
Ese “poblamiento” produciría una serie de acciones dignas de mencionar aquí, al menos, de forma somera. Desde el establecimiento de las Reales Audiencias (al estilo de Valladolid o Granada la primera se crea en 1511), pasando por las fundaciones de escuelas (la primera en 1502 en Sto. Domingo por los franciscanos), centros universitarios (Colegios Mayores como el de la Sta. Cruz de Tlatecolco en 1533 y Universidades como la de Sto. Tomás de Aquino en 1538 en Santo Domingo), obras públicas (Caminos Reales, Acueductos, Puentes, etc.) nuevas ciudades o la erección de las distintas diócesis (26 sólo en el siglo XVI). Todo ello bajo un cuerpo legislativo que dio lugar a distintas Recopilaciones de la Leyes de Indias y con un signo dominante: el mestizaje, sobre el que Ovando, gobernador en 1503 de La Española, dijera: que algunos cristianos se casen con algunas mujeres indias, e las mujeres cristianas con algunos indios, para que los unos e los otros se comuniquen e enseñen. Tendrían que pasar cuatro siglos para que Vasconcelos, rector de la Universidad de México hablase de La raza cósmica.
 
Lo anterior no sería completo si aquí no atendiésemos  lo que en los siglos XX-XXI se denomina la Asistencia socio-sanitaria, es decir hospitales, enfermerías, orfelinatos, casas de recogidas, asilos, etc.
Conocer el número de estos centros hoy es prácticamente imposible. El profesor Francisco Guerra, nacido en Torrelavega en 1916, alumno de la Universidad Central de Madrid y en años posteriores alumno y profesor en la Universidad de Méjico y profesor en la de California terminaría su vida académica como vicerrector de la Universidad de Alcalá de Henares, en su obra titulada Los hospitales en Hispanoamérica llega a censar un total de 1.167 que aquí hemos completado hasta alcanzar los 1.208. Pero estas cifras hacen referencia tanto a hospitales como a enfermerías u otros centros de asistencia social y deben considerarse como mínimas nunca con carácter exhaustivo. Esto es, que puede haber futuros investigadores que descubran nuevos elementos pero no podrán quitar ninguno de los señalados.
En nuestro cómputo lo hemos desglosado en 910 hospitales, 143 enfermerías y 155 centros de acogida, hospicios, etc. Su distribución por territorio y siglo de construcción se presenta en el cuadro A-1.
Intentar realizar un censo de hospitales, y como tal exhaustivo, siempre contará con dos dificultades principales: la existencia de los llamados pueblos-hospitales (en los que las familias de dichos pueblos se turnaban semanalmente en el cuidado de los enfermos, eran los llamados semaneros, diputados o veedores) y la normativa derivada del Concilio de Méjico celebrado en 1555, que establecía la creación de un hospital al lado de los templos.
El primer hospital de auxilio es el de La Isabela, en 1493, pero el primero que se crea con planta de cruz, siguiendo los edificios que se construyeron bajo los Reyes Católicos, lo encontramos en Sto. Domingo con el nombre de S. Nicolás de Bari en 1503 y se acogió a los beneficios eclesiásticos que en el siglo XIII tuviera el Ospedale di Santo Spirito en Roma, y en el que su preocupación no sólo era por la recuperación de la salud sino por la salvación del alma. A estas indulgencias se acogieron luego tanto el hospital de la Limpia y Pura Concepción fundado por Hernán Cortes en Méjico, como tantos otros esparcidos a través de los Virreinatos de  Nueva España y del Perú.  

 Es indudable la influencia religiosa, concretamente católica, en la creación de los nuevos hospitales. No sólo de las Ordenes Hospitalarias llegadas de la España peninsular sino de otras creadas ya en tierras americanas. Tal es el caso de los Betlemitas cuyo fundador Pedro San José de Betancourt nacido en Chasna, Tenerife, llegó en 1650 a La Habana de donde pasó a Honduras y Guatemala. Tras su llegada puso su empeño en la práctica de la caridad y en el estudio de la gramática que serían los ejes de su futura Orden. En el cuadro A-2 se puede observar como su obra llegaría a fundar 21 hospitales distribuidos por Nueva España, Cuba, Ecuador, Bolivia, Perú, etc.
Pero no sería la Orden con mayor número de fundaciones ya que los de la Hermandad de la Concepción alcanzarían 161, los Hermanos de la Caridad o de S. Hipólito (fundados en Méjico por Bernardino Álvarez, de Utrera, Sevilla),  con 128 y los de S. Juan de Dios con 40.  En el cuadro que nos ocupa se presentan también los de carácter militar cuyo número de 155 representa el 17% de los 910 censados, la mayor parte de ellos nacidos en el siglo XIX siendo en Filipinas, Puerto Rico y Cuba sus ubicaciones principales.
Otras Órdenes religiosas, no especialmente hospitalarias, como Franciscanos, Agustinos, Dominicos, Mercedarios o Jesuitas crearon sus hospitales.
Es indudable que muchos de los centros que nos ocupan nacen inicialmente como expresión del sentimiento individual de caridad de los conquistadores. Así se puede encontrar a Nicolás de Ovando fundando el citado Hospital de S. Nicolás de Bari en Santo Domingo, o a Jorge de Alvarado acotando un solar para hospital al fundar la Vieja Guatemala, o Pedro de Valdivia fundando el primero en Santiago de Chile. En las actas fundacionales se puede ver como en 1576, en Córdoba de Tucumán, su conquistador Suárez de Figueroa dice que fundaba el hospital “…para servicio de Dios, amparo de los pobres y descargo de su conciencia…” Sólo en contadas ocasiones, como parece que ocurrió con Cristóbal Colon en 1493 en La Isabela, surgieron por una necesidad logística ante el intercambio epidemiológico.

Los hospitales solían seguir para su construcción las siguientes opciones:
Hospitales con planta en cruz, con salas para hombres y mujeres, patios con claustros y capilla. Ejemplo S. Andrés en Lima 1556.
Hospitales con planta de cruz parcial, ya sea ésta en forma de tau o T/L. Ejemplo Santa Bárbara en Sucre, 1544.
Hospitales con planta claustral e iglesia de uso parroquial. Muy utilizada por la Orden de S. Juan de Dios en Cuzco, Quito y otros lugares.
Hospitales radiales, en los que sus enfermerías en forma de estrella confluyen en un cuerpo central en el que se encuentra la iglesia. Hospital de Guadalajara, 1778.
Hospitales militares con una sola crujía o integrado en alguna fortificación. Montevideo, El Callao, Cavite.

La intervención real en la génesis de las instituciones americanas tiene una amplia base documental, desde que en 1509 se ordenase a Diego Colón que aprovisionase los hospitales que fundara su padre en La Española, pasando por la real cédula de 1511 por la que se ordena se asigne un número determinado de indios para la construcción de hospitales hasta llegar a la otorgada por Carlos I en 1541, en la que se ordena a los virreyes, audiencias y gobernadores la fundación de hospitales para españoles e indios en todos los pueblos “donde sean curados los pobres enfermos y se ejercite la caridad cristiana…” (Ley I, título IV, libro I, 1680). Orden que fue reiterada en numerosas ocasiones a lo largo de tres siglos, destacando la insistencia en la creación de hospitales para indios.

       A partir de 1540 la emigración cambió de signo, ahora serían las profesiones como artesanos, sanitarios, servidumbres y sobre todo mujeres y niños buscando el reagrupamiento familiar los que predominarán. Carlos I ordenó el plazo máximo de dos años para dicho reagrupamiento, plazo ampliado a tres por Felipe II.
En un principio no existía discriminación en los hospitales según los enfermos, es decir que admitían a todos fuesen o no contagiosos. El temor a la lepra hizo que estos enfermos fuesen aislados dando lugar a la fundación frecuente de hospitales especiales. No obstante, ello se debió no al número de leprosos sino a la confusión diagnostica con la frambesia tropical o bubas.
En los hospitales con más de 20 camas o que contasen con varias salas una de ellas se destinaba a los enfermos contagiosos, especialmente de viruela, de fácil diagnóstico y su contagio bien conocido.
En 1803 zarpó de La Coruña una expedición patrocinada por Carlos IV y conocida como la Expedición Balmis.  Éste era un médico militar de la Corte que, con anterioridad había prestado sus servicios en los hospitales del Amor de Dios y de San Andrés, ambos en la Nueva España, que al frente de un pequeño equipo médico y de 22 niños, sacados de un orfanato, fue quien llevó la vacuna contra la viruela que había sido descubierta por el Dr. Jenner en 1796.
La expedición arribó a Venezuela desde donde se dividió en dos. La primera, cubriría los territorios de los Virreinatos de Nueva Granada y Perú y, la segunda, hacia Nueva España desde donde pasaría a Filipinas y de aquí a Macao (portugués) y, con el correspondiente permiso, a China que lo solicitó.  Este viaje sería calificado por Humbolt, en 1825, “como el más memorable de la historia”.
La lista de personajes heroicos en la prestación de los servicios socio-sanitarios sería interminable y constante desde los primeros años. Vasco de Quiroga, nacido en Madrigal de las Altas Torres, primero fue juez en la Audiencia de Valladolid y después oidor en la de Nueva España en 1531. En 1533 fue enviado a pacificar Michoacán y su comportamiento fue tal que los indios le llamaron “Tata Vasco”. Su inclinación caritativa hizo que primero fundase el hospital de Santa Fe de México y más tarde otro, con le mismo nombre, en Uayámeo. Abandonaría la magistratura para profesar como sacerdote siendo elegido obispo de Michoacán, en 1538, por el arzobispo de México Fr. Juan de Zumárraga. La ciudad hospital de Vasco de Quiroga constituía una unidad económica autosuficiente que permitía no sólo el cuidado de enfermos y la instrucción religiosa, sino que, mantenía otras instituciones asistenciales como hospederías para viajeros y peregrinos que los indios tarascos denominaban guataperas, guarderías infantiles y asilos.
No se debe olvidar que Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1906, prestó sus servicios como oficial-médico en las enfermerías de Vista Hermosa y S. Isidro en Cuba durante la guerra con los Estados Unidos, teniendo que ser evacuado por disentería y paludismo.
Estos son solo algunos de los hechos. Aquí no cabe tener como fuente histórica las películas del oeste norteamericano, y menos en una nación como España que dispone de archivos tan importantes como son, entre otros, los de Indias y el Histórico Militar o la Biblioteca Hispánica del Instituto de Cultura Hispánica hoy dependiente de la AECID.
Hoy pocas naciones en el mundo podremos encontrar con un DÍA NACIONAL tan simbólico, histórico y grande como el 12 de octubre. Claro que hay quien lo declara “día del indígena”, como si todos no lo fuéramos de la tierra que nos vio nacer...

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