SONETOS A DULCINEA: “CON LA VENIA DE MIGUEL” O (EL QUIJOTE EN VERSO)

Por JOAQUÍN CUETO OTÍ

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Estos sonetos extraídos del libro titulado: “MIS 500 SONETOS”, resumen toda la obra anterior. Los reproduzco tal cual, él los escribió. Todos llevan un añadido que reproduzco íntegro: ¡OH, REINA DE EL TOBOSO!    

     ¡Oh, Dulcinea! ¡Reina del Toboso!

Haceros cargo de mi sufrimiento

sin teneros a mi lado un momento,

instante que me haría ¡muy dichoso!.

      No quiero que en mí, veas ruin acoso

 ni intuyas, que conquistarte intento

 con patrañas, que enamorado invento;

 pues bien sabes que no soy mentiroso.

     Te quiero tanto como a Rocinante

y mucho más que al “galgo corredor”

porque dicho cánido, es ¡un tunante!

      Y si es preciso morir por amor,

 servidor moriría en este instante:

 ¡dame amor o avisa al enterrador!


Tras la primera cabalgada de mil aventuras en pos, el “Caballero de la triste figura” sintió morriña alejado de su amada y para paliar tamaña nostalgia, le escribió este amoroso soneto, declarándole su acendrado cariño, pues prefería ser difunto, antes que ser repudiado por la mujer, cuyos ojos le enloquecían.


¡PACIENCIA, DON QUIJOTE!

 Con la nítida brisa matutina,

Dulcinea te envío un tierno beso

y es tan grande el amor que te profeso,

que si me rechazas, ¡harás mi ruina!

   Que ingente locura a mi mente mina,

dice la gente, mas no estoy poseso,

quizás en mi proceder soy travieso

pero aborrezco a la maldita inquina.

 

Como Rocinante, mi jaco amado

está enamorado de bella yegua,

Don Quijote de ti ¡está enamorado!

  Y sobre un altozano arrodillado,

te ruego que al amor no des más tregua

porque sin tu amor, ¡moriré humillado!

Don Quijote cabalga por tierras manchegas, junto a su fiel escudero Sancho Panza, pero ni los bellos paisajes castellanos, ni las batallas que su imaginación libra, con supuestos ejércitos enemigos, pueden distraer sus amorosos pensamientos: Él, ¡sólo piensa en Dulcinea!

 

DE NUEVO A DULCINEA

 Lucero, que velando estás cautivo,

las armas, en noches de ¡soledad!

¡A tu fulgor pido por caridad,

que me traiga un ungüento lenitivo!

 

Alejado de El Toboso, no vivo,

pues sufro tan tremenda enfermedad

que sólo una mujer, una beldad,

tiene para mí, el caldo curativo.

 

Juré las leyes de caballería

bella Dulcinea, pensando en ti,

para ya juradas, hacerte mía.

 

Y no pienses que es fugaz frenesí,

ni por mi parte falsaria osadía:

Es que sin ti, muerto estoy, ¡ay de mí!

 

Don Quijote estaba loco, pero su locura era de amor sincero, pues ni al alba, ni al ocaso; su magín tenía un momento de reposo. Siempre pensando en “su” Dulcinea.

Podría olvidarse de adargas, lanzas y lances, pero jamás se olvidó un instante de la mocita de El Toboso.

 

 

   

DECLARACIÓN DE AMOR

A El Toboso ha llegado un caballero,

cabalgando  sobre su Rocinante

y teniendo de egregio acompañante

a Sancho, su siempre fiel compañero.

 

¡Oh, gentil Dulcinea! ¡Cuánto os quiero!

¡Sed bienvenido, Caballero Andante!

que  jamás viví más dichoso instante

ni  nunca  atisbé, galán ¡más sincero!

 

¡Venid a mis brazos, princesa mía!

que las cabalgadas ya concluyeron

ayer  tarde, al ¡finalizar el día!

 

¡Besémonos! (ambos a dos dijeron)

¡Y besándose siguen todavía,

como tortolitos que siempre fueron!

 

Don Quijote, leal a la palabra dada, tras desfacer decenas de entuertos, vencer en mil batallas y velar las armas, tal como ordenan los Libros de Caballerías, regresó a El Toboso, para desposarse con una bellísima manchega:¡La señorita Dulcinea!

 

Continúa…

 

 

 

 

 

 

 

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