LOS POETAS Y LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Por JUAN IGNACIO VILLARÍAS

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    Julio de mil novecientos treinta y seis, España se divide en dos mitades en guerra recíproca. Ahí ya no valen neutralidades ni términos medios ni posturas eclécticas, hay que tomar una decisión sin evitación posible, adherirse a uno de los dos bandos, al uno o al otro, no cabe situarse en una posición distante ni equidistante, no vale decir que ni con unos ni con otros, no hay más remedio que tomar partido.

   Algunos, por eliminación eligen bando, o a la contra, por salir de unos banderizos dan en sus contrarios, fueran cuales fueran, el caso era, a veces, alejarse de comunistas, o de fascistas, o de lo que fuese, para ir a parar a la bandería opuesta, a la única que quedara, pues no se concibe una guerra entre tres bandos.

   En esta situación los poetas de la España del momento, como todo español mayor de edad, no tuvieron más remedio que tomar partido, otra cosa hubiera resultado inimaginable cuando media España se enfrenta a muerte a la otra media. No se puede imaginar a nadie en aquella dramática situación a quien le hubiera dado igual el resultado de la guerra.

   Vamos a remitirnos a la terminología de la época. A los de uno de los bandos los llamaban los nacionales, como se denomina en toda guerra civil a los soldados regulares y por extensión a quienes con ellos están. A los otros, propios y extraños los conocían por los rojos, tal como desde la revolución bolchevique se viene denominando a comunistas, anarquistas y socialistas. Denominaciones no del todo ajustadas a su significado lexicológico, pues milicias nacionales las hubo en los dos bandos, aunque en el llamado de los rojos esas milicias fueran disueltas y sustituidas por otras milicias populares, o así llamadas. Siguiendo con el tema de los rojos, en ese bando no lo eran todos, si bien socialistas y sobre todo comunistas eran los que llevaban la voz cantante, a las órdenes de los cuales también participaban los partidos de la izquierda burguesa y masónica, en una extraña combinación.

   A muchos de estos poetas que venimos diciendo, y a muchos ciudadanos en general, no les costaba nada adherirse al bando nacional. Me refiero a los perseguidos por los milicianos en la zona roja, en Madrid principalmente, pues hasta el más desinformado sabe que las autoridades republicanas durante la guerra se dedicaban a perseguir a todo aquél que consideraban contrario a su causa, incluidos los adversarios pasivos, y de este modo varios poetas, y escritores en general, escaparon como pudieron de la zona roja, vamos a llamarla así, para incorporarse a la zona nacional. Otros aguardaron, más o menos escondidos, más o menos disimulados, anhelando la entrada de los nacionales, hasta que ésta se hizo efectiva. Otros se refugiaron en embajadas, a la espera de que se normalizase la situación o a la espera de poder huir a la zona nacional.

   Pues bien, a lo que vamos. Los poetas se pusieron de parte de uno o de otro bando, como es natural, y no se desdeñaron, antes al contrario, de poner sus plumas al servicio de la causa, cada uno de la suya, como no hace falta ni decirlo.

   Tal como se nos cuenta la historia hoy, se diría que todos los poetas, o casi todos, o todos salvo raras excepciones, se pusieron de parte del pueblo, de la república legítima, de la democracia, de la libertad, y tal y cual, es decir, de los rojos, hablando en plata. Muy cierto es que el bando gubernamental contó con la adhesión de muy importantes poetas del momento, algunos tan señalados como Juan Ramón Jiménez o Vicente Aleixandre, ambos ganadores años más tarde de sendos premios Nobel, nada menos, habrá que quitarse el gorro al nombrarlos. Pero ya se sabe, y el que no lo sabe es porque no lo quiere saber, que para ganar esos premios Nobel (no se pronuncia nóbel, sino nobél) cuenta mucho la condición de izquierdistas de sus aspirantes. Ítem más, apoyaron al bando rojo poetas tan renombrados como Luis Cernuda, León Felipe, Antonio Machado, Manuel Altolaguirre, Miguel Hernández, Rafael Alberti, más otros de menor fuste, tales como Arturo Serrano Plaja, la chilena Concha Zardoya, Emilio Prados, Lucía Sánchez Saornil, Luis de Tapia, José Bergamín, Félix Paredes, Pedro Garfias, el francés Louis Aragon, Rosa Chacel, José Moreno Villa, Juan José Domenchina, Rafael Morales, y otros que no se citan.

   Algunos de todos estos poetas, de un bando y del otro, eran poetas de plaza fija, como si dijéramos, mientras que en otros casos los que se arrojaron a escribir versos en apoyo de la causa eran periodistas o novelistas, poetas tan sólo ocasionales.

   ¿Y los poetas que mostraron su apoyo al bando nacional? A cualquiera que le pregunten diría que fueron pocos y de poco aprecio e importancia. Y sin embargo no fue así. La causa de los nacionales fue decididamente apoyada por poetas de tanto renombre como Gerardo Diego, Álvaro Cunqueiro, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, José María Pemán, Eduardo Marquina, Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo, Leopoldo Panero, Manuel Machado. Caso curioso el de los hermanos Machado, uno con los rojos, con los nacionales el otro. Más otros de segunda fila, pudiéramos decir, dieron su apoyo también a los nacionales, tales como José Antonio Muñoz Rojas, Eugenio Suárez, Francisco Javier Martín Abril, José María Castroviejo, Manuel de Góngora, Rafael Duyos, Adriano del Valle, Nicomedes Sanz Ruiz de la Peña, Federico de Urrutia, Alfredo Marqueríe, Conrado Blanco, José del Río Sáinz, el peruano Felipe Sassone, Mariano Tomás, Luis Antonio de Vega, Manuel Abril, José María Alfaro, los hermanos Álvarez Quintero, que escribían en colaboración, Luis de Armiñán, Tomás Borrás, Luis Fernández Ardavín, el novelista Ricardo León... Mas los que no se citan por evitar la profusión.

   Los jóvenes poetas andaluces Federico García Lorca y José María de Hinojosa no tuvieron ocasión de mostrar sus preferencias por uno u otro bando. Lo mismo se podría decir de Pedro Muñoz Seca, poeta dramaturgo. A Hinojosa y a Muñoz Seca los fusilaron los rojos, mientras que a Lorca no se sabe quién le mató ni por qué, pero como apareció muerto en zona nacional, los historiadores partidistas daban a entender antes, afirman ahora rotundamente, que le mataron los militares nacionales o los falangistas, pues ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo. Acerca del caso no hay ninguna evidencia, pero lo que pasa es que una mentira mil veces repetida acaba siendo verdad, como dijo el otro (algunos atribuyen la frase a Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, alias Stalin; otros, a otro José, a Josef Goebbels).

   Miguel Hernández, que fue comisario político de un batallón, fue apresado y falleció en la cárcel. Los demás poetas del bando rojo escaparon de España a tiempo. Antonio Machado falleció en Francia al poco tiempo de pasar la frontera. Otros volvieron a España, pasado el tiempo, y otros fallecieron en el exilio, en Méjico principalmente.  

   Los poetas del bando nacional, como es natural, aquí se quedaron, gozando de la protección del régimen. Hoy, por el contrario, se les aplica la ley de memoria histórica promovida por los socialistas, mediante la cual se ha de borrar todo vestigio del franquismo, incluso de aquellos personajes que apoyaron al régimen, siquiera fuese de forma pasiva. Del callejero de Madrid han borrado el otro día el nombre de Agustín de Foxá. Él y todos los demás están condenados al silencio, mientras que son recordados y exaltados los poetas del bando rojo. Así se escribe la historia hoy en día en la España de las libertades, por increíble que pueda parecer.

   De la prensa y la historiografía actuales recibimos la impresión de que los intelectuales, dicho así en general, o por lo menos los más preclaros, son mayormente de izquierdas, ahora y entonces. Y no es así, ni mucho menos. Otra cosa es que a los de izquierdas, por serlo, se les dé mayor realce por parte de quienes dominan la información en el mundo occidental.

   Como acabamos de ver, muchos fueron los poetas que se pusieron de parte del alzamiento nacional. Sin embargo, hoy suenan mucho más los que mostraron su apoyo al bando rojo. ¿Por qué? Pues por eso mismo, porque la historia en general, y la de la literatura en particular, la escriben los historiadores y los críticos de izquierdas, no hay más que verlo. A los artistas de derechas se les aplica la ley del silencio, mientras que a los de izquierdas se les exalta a veces tan sólo por el mero hecho de ser de izquierdas. ¿Alberti, Miguel Hernández, Neruda? Unos genios, cualquiera a quien se le pregunte lo puede decir. ¿Cómo no van a ser genios, si son comunistas? En cambio, Gerardo Diego, Luis Rosales, Pemán, Foxá, Manuel Machado, Eduardo Marquina, ¿quiénes son ésos? No son nadie, ¿cómo van a ser alguien, si escribieron loas a Franco, a los falangistas o a los requetés?

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