"LUZ DE LIÉBANA", EJEMPLO DE PRENSA LOCALISTA Y COMARCAL

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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La prensa localista y comarcal representa una seña de identidad que casi siempre se mantiene en base a constancia, sacrificio y aficiones de quienes se implican en mantener antiguas cabeceras de nuestro periodismo.  En estas acciones no hay objetivo de lucro personal ni colectivo, sino una cierta pasión por defender el terruño natal y servir a sus intereses. En Cantabria se han perdido con el paso del tiempo cabeceras que van desde El Impulsor -la publicación decana de Torrelavega- a La Ilustración de Castro, pasando por Fontibre, El Asón, El Progreso de Cabezón de la Sal o La Voz de Liébana, también decana en su territorio de influencia. Todas estas fueron cerrando a lo largo del siglo XX, manteniéndose únicamente una publicación que sigue cumpliendo los objetivos de su fundación. Me refiero a Luz de Liébana.

Este artículo parte de un hecho triste como ha significado el cierre de El Oriente de Asturias,   editada en Llanes, una población a la que acudo una jornada de verano viajando en el tren asturiano que desde Torrelavega realiza en noventa minutos los sesenta kilómetros de distancia. Llanes siempre tuvo una gran relación con la antigua provincia de Santander y, especialmente, con el comercio de Torrelavega, sobre todo en tiempos en los que para los llaniscos se tardaba menos tiempo en llegar a la ciudad cántabra que a su capital provincial, Oviedo.

El Oriente de Asturias de unas veinte páginas tabloides, se editaba en tipografía en la imprenta  Maya. Llanes fue siempre una zona de gran tradición periodística y alguna de sus publicaciones se llegó a imprimir en Torrelavega, creo recordar que en la primitiva imprenta de El Impulsor del farmacéutico Juan Francisco López Sánchez.  La cabecera histórica de El Oriente de Asturias, fundada en 1868, ha estado casi cien años vinculada a la familia Maya, que han mantenido la tradición hasta que en fechas recientes se vieron obligados a cerrar la publicación. Se podía afirmar que hacían periodismo local con una proyección universal, ya que asturianos -como montañeses y cántabros- hay por todo el mundo. La cabecera, en este sentido, era ilustrativa: un paisanín con la típica montera picona que llegaba a México, Florida, Tejas, la Patagonia, Francia, Bélgica, Alemania, Suiza, Holanda y el Reino Unido para informar de la última romería, de las bodas, bautizos, viajes y defunciones a los miles de llaniscos esparcidos por casi todos los rincones del mundo, lo mismo que logró Luz de Liébana cuando fue creada.

Luz de Liébana salió a la calle en 1960 de la mano del recordado Ambrosio Cuesta Lerín, un párroco rural de fina inteligencia natural que puso al servicio de su tierra. Le conocí y traté con frecuencia, y puedo señalar en su honor y recuerdo las dos grandes referencias de su vida: Dios y Liébana. Estas eran sus vocaciones recogidas en sus escritos en la prensa y en cartas personales que guardo con celo. La última que me escribió, ya con noventa años, data de septiembre de 2001, a propósito de un artículo que dediqué a esa eminencia médica que fue Santiago González Encinas, natural de Lomeña. Me confesaba que él ya había escrito un artículo sobre este gran médico –que políticamente fue diputado y senador, además de líder revolucionario en el barrio madrileño de Lavapiés-, carta en la que también me explicó como había surgido Luz de Liébana, que llegó a vender casi tres mil ejemplares y que se enviaba mensualmente a suscriptores repartidos por treinta y cinco provincias españolas, ocho naciones de América, nueve de Europa y hasta en la lejana Australia.

Aunque la publicación tuvo como director principal a Florencio de la Lama Bulnes (director  de Hoja del Lunes entre 1965-75), fue Ambrosio Cuesta el protagonista más relevante desde los inicios fundacionales, por cuanto la presencia de Lama Bulnes, que arrimaba el hombro desde su compromiso personal con todas las causas a favor de Liébana –lo que le hizo merecedor en 1993 del título de Hijo Adoptivo de Cantabria-, se debió a la necesidad de cubrir un legalismo al imponer la Ley de Prensa que los directores contaran con el correspondiente carnet.

La labor de Ambrosio Cuesta fue inmensa en la consolidación de esta cabecera, además de sus múltiples artículos en la prensa que firmaba con el seudónimo Peña Castillo, siempre referidos a la historia, las tradiciones y a las riquezas naturales y espirituales de ese paraíso terrenal, definición de Liébana que debemos a Eduardo García Llorente, natural de Turieno, que triunfó en el comercio en Santander y que lideró durante muchos años la Agrupación Lebaniega de la capital cántabra, otro entusiasta colaborador con los nombres, entre otros, de José María Queimadelos, Angelines Junquera, Piedad Gómez, Josefina Briz, María Rosa González, Tivitas de Celis, Francisco Vilares, Rafael Gutiérrez Barreda (autor de una pequeña obra sobre el habla lebaniega); los sacerdotes Teodomiro Campo y Marcial Martínez; el periodista torrelaveguense José Manuel Siles, la poetisa Matilde Camus y el fotógrafo y con el tiempo director deLiébana Mensual, Nacho Viaje. En aquellos años sesenta, primeros de la publicación, se encargaba de la administración y de la distribución Lola Toca de Gómez, y desde Argentina escribía Hipólito Cuesta. Aparecían otras firmas que eran seudónimos, casi con seguridad del sacerdote-fundador, comenzando con cuatro páginas que pasaron más adelante a ocho y algunos números a dieciséis.

Mantener Luz de Liébana fue un gran reto para Ambrosio Cuesta y sus colaboradores. Si primero salió con una proyección religiosa, pronto acogió toda clase de noticias que hermanasen a todos los lebaniegos de dentro y de fuera. Fue, por tanto, una publicación que unió y reafirmó el contacto entre lebaniegos, un ejemplo de prensa comarcal que no debe perderse. En este sentido, fueron reiterados los llamamientos de su inspirador para que Luz de Liébana entrara en todos los hogares lebaniegos ante las dificultades económicas de mantener la misma. Como escribió en una ocasión don Ambrosio, debía ser “el lazo de unión de los lebaniegos de aquende y allende que supere las barreras que enmarcan a Liébana”. De esta idea surgió una de las secciones más populares titulada Viajeros que van y vienen, que era toda una agenda de las personas que al margen de su relevancia social se convertían en noticia.

Ambrosio Cuesta asumió de nuevo la dirección en una etapa en la que se había derogado la ley de prensa inspirada por Fraga en el primer impulso aperturista. Su preocupación, entonces, era la continuidad de la cabecera y que siguiera como vínculo de unión de los lebaniegos. Nada de política –afirmaba don Ambrosio- y así cuando se celebraron las primeras elecciones, publicó una nota dirigida a los lectores, anunciando huir “de toda intervención en relación con los partidos políticos no admitiendo publicidad política, aunque ello implique para la revista una merma en el terreno económico”. También afirmaba: “Para Luz de Liébana todos los partidos son buenos, si ponen como meta de sus ideales a España y en esta palabra encerramos los valores del espíritu, la justicia, la paz, el trabajo y el respeto a la persona”; para añadir este apunte de fina sabiduría popular: “No esperemos que nos vengan de fuera para decirnos cómo nos hemos de gobernar; y menos esperemos que nos den -por muchos que nos halaguen- seis pesetas por un duro”.

Tras la etapa de don Ambrosio y su retiro a la residencia de sacerdotes que en Torrelavega impulsó Teodosio Herrera, asumió la dirección Juan José Caldevilla, natural de Pido, pueblo del Camaleño alto. Una etapa reciente en la que tomaron protagonismo el escritor y corresponsal, Pedro Álvarez Fernández y José Redondo, desempeñando María del Carmen Sánchez las labores de administración, siempre desde su vocación personal a que la publicación no desaparezca. Sin duda, Liébana tiene que mantener este tipo de publicaciones para afianzar su identidad y asegurar un vínculo de unión entre lebaniegos, aunque en esta dimensión haya perdido fuerza. Pero el empeño sigue mereciendo la pena.

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