Las guerras cántabras

Por JUAN IGNACIO VILLARÍAS

Enviar a un amigo

De las guerras de los cántabros contra los romanos poco sabemos, tan sólo alguna noticia, aquí y allá, proporcionada por algún historiador de la época, romano, por supuesto, pues los cántabros no conocían la escritura.

   De unos años a esta parte se vienen celebrando, en plan folclórico y festivo, diversas fiestas en algunas localidades de la provincia en recuerdo de aquellas tan lejanas como desconocidas guerras, a la manera de las fiestas de moros y cristianos celebradas en localidades meridionales de nuestra España.

   La prensa, informadora de la opinión pública... Aquí me vais a permitir un inciso para aclarar que si hablo de informar estoy usando la acepción tercera de la palabra, esto es, fundamentar, inspirar, dar forma. Pues bien, a lo que iba. La prensa que informa, por no decir manipula, con rara unanimidad la opinión pública, nos ofrece, a través de estas fiestas dichas, una versión de las guerras cántabras del mismo o parecido estilo que el de las películas de nazis, ya saben, los romanos imperialistas, dominadores, destructores de culturas ajenas, opresores, y tal, enfrentados a los valientes e indómitos cántabros, defensores de su libertad, y todo ese rollo peliculero, propio de sesión matinal infantil.

   Si nos atenemos a las pocas noticias de que disponemos acerca de aquellas guerras tan nebulosas desde hoy contempladas, tendremos que deducir que aquellas tribus primitivas y bárbaras quedaron tras la derrota prácticamente exterminadas, como no podía ser de otro modo en aquellos tiempos. Ya lo decían los mismos romanos: ¡Vae victis! ¡Ay de los vencidos! Una guerra de conquista era una guerra de exterminio. A los que defendían su territorio, la situación les ofrecía la coyuntura de rendirse y someterse, o bien hacer frente al invasor, en cuyo caso ya sabían que la resistencia significa vencer o morir. Victoria, o de lo contrario muerte más o menos segura.

   Y así fue, las legiones romanas por fin iniciaron un ataque en toda la línea, para lo cual hubieron de emplear sus naves, de las que no hace falta aclarar que los cántabros carecían, desembarcaron en el Puerto de la Victoria, Portus Victoriae, no se puede saber ya si en la bahía de Santander, o en la de Santoña. A los santoñeses nos gusta suponer que fue en ésta de aquí.

   Y tras la derrota, ya sabían ellos lo que les esperaba. Muchos se arrojaron vivos a las llamas antes que rendirse, otros se despeñaron por ahí, precipicios no les habrían de faltar, en fin, antes morir que perder la vida, como aquél que dice. De los pocos que quedaron vivos, muy pocos de ellos se quedaron, previo sometimiento a Roma, en sus casas. O en sus chozas y en sus poblados, si se quiere decir de más exacta manera. La mayoría de los supervivientes fueron vendidos como esclavos y llevados a las Galias.

   De manera que los cántabros de hoy tendremos un porcentaje de aproximadamente un uno por ciento de sangre cántabra, dicho así a bulto. Y un porcentaje mucho mayor, por supuesto, de sangre romana. Dicho de otra manera, somos mucho más romanos que cántabros.

   Y sin embargo en las celebraciones de estas guerras parece como si los cántabros fuéramos nosotros, y los romanos los invasores rechazados. Tal como se escribe la historia hoy en día, en clave de malos y buenos, diríamos que los buenos eran, o éramos, los cántabros, mientras que los malos éramos, o eran, los romanos.

   Los cántabros de hoy, lo mismo que todos los españoles, los franceses, portugueses, italianos, y otros más, somos fundamentalmente romanos, vamos a ver si nos dejamos de simplezas y de ingenuidades. Somos romanos, ¿por qué tiene que haber quien no lo quiere aceptar así? Hablamos su idioma, pensamos según su mentalidad, aceptamos su filosofía, seguimos su religión, nos regimos por su derecho. Todo ello, naturalmente, evolucionado y puesto al día.

   Los habitantes del norte de África a un europeo del sur de Europa le llaman romi (romano), valga el ejemplo.

   De los cántabros, en cambio, ¿qué nos queda? Nada. Lo que se dice nada. Tan sólo un vago recuerdo. Y el afán de algunos, y esto es lo peor, por diferenciarnos y distanciarnos del resto de nuestros compatriotas.

   El mismo nombre de Cantabria, impuesto a esta provincia, o a esta región si se quiere expresar así, resulta un tanto impropio, pues el territorio de la tribu de los cántabros no era el mismo que el correspondiente al de nuestra provincia/región (táchese lo que no proceda) actual, mucho más reducido éste que aquél, y es que por otra parte, como ya queda dicho, Cantabria quedó prácticamente cancelada con la derrota y la casi total desaparición de aquel pueblo cántabro.

   ¿Tiene razón de ser el nombre de Cantabria, y el de cántabros que a nosotros mismos nos aplicamos? No hay, que yo sepa, ninguna región española llamada Vandalia, o Suevia, pues de los suevos y de los vándalos, por poner estos ejemplos, ya nada nos queda, nada sino un recuerdo histórico. 

   Se argumentará en mi contra, y no sin razón, que sí hay Asturias (tierra de los astures), y Vasconia (de los vascones), nombres procedentes de sendas tribus prerromanas. Pero a estas regiones, al contrario de la nuestra, nunca las han considerado los geógrafos y los historiadores comprendidas dentro de Castilla. Y dentro de Castilla caben muchas antiguas regiones históricas, hoy desaparecidas como tales. ¿Quién se acuerda de los libros de texto allá cuando el régimen anterior? “Castilla la Vieja tiene ocho provincias, a saber, Santander, Burgos, Logroño, Soria...” Sí, hombre, sí, ya sabemos que aquella división de España en regiones era cosa de Franco, y que ahora la España democrática se divide de otra manera, pero es que uno es de la vieja escuela, ¡qué se le va a hacer!

   Los bilbaínos que vienen por Santoña y sus contornos a pasar el fin de semana dicen que vienen a Santander. “Estamos en Santander”, decía uno por teléfono, el otro día, desde un bar de Argoños. ¿Para el resto de España seguimos siendo la provincia de Santander? Al menos para los de la vieja escuela, se ve que sí.  

   ¿Cántabros, santanderinos, montañeses? Como queráis, ¡qué más da! Pero, por encima de todo, eso sí, españoles.

   Ya sé que lo políticamente correcto hoy en día es buscar señas de identidad, incluso donde no las haya, para distinguirse de las demás regiones y buscar diferencias con el objeto de reivindicar una propia personalidad, histórica y de todo tipo, pero lo que pasa es que un servidor es un tipo políticamente incorrecto, ¿qué queréis que haga?

 

Otros artículos: