EN LA MUERTE DE JOSÉ RAMÓN SAN JUAN (EULOGIO)

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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A través de las redes sociales he conocido la muerte de José Ramón San Juan Jiménez (Santander, 1946), a punto de cumplir los 72 años en el no muy lejano día de la Navidad. Su muerte me ha afectado ya que siempre tuve una excelente opinión de un periodista callado, pero de gran responsabilidad profesional. No le iban los cenáculos. Era un periodista callado y serio, dos valores de su  periodismo durante las cuatro décadas que ejerció la profesión, además de ser  escritor y cantautor.


No le conocí hasta los años ochenta, aunque nuestras vidas e inquietudes coincidieron en la capital de España – con la diferencia de edad- donde realizamos la carrera de periodismo. Él se preparó en la Escuela de la Iglesia, mientras yo lo hacía años después en la recién creada Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. Una vez formado para la profesión, se vinculó muy joven al periodismo y en concreto a El Diario Montañés donde su padre, Ramón San Juan Corrales, ostentó la dirección en la década de los años setenta. En su etapa de estudiante en Madrid comenzó a colaborar con el periódico, incorporándose finalmente a su redacción.


Fue un excelente escritor en cuanto a la forma y el estilo, firmando colaboraciones de altura con el seudónimo de Eulogio, artículos que al dejar de escribirlos se notó su ausencia por sus calidades literarias y las reflexiones que aportaba al lector. He dicho bien que fue un periodista de altura, porque no comenzada aún la transición, en sus artículos abogaba por la libertad y el reencuentro en un sistema democrático. Estas esencias quedan en la hemeroteca para quien desee profundizar en la trayectoria de este periodista del que debemos destacar valores de trascendencia.


 Redactor-jefe de El Diario Montañés, fue el último director de Hoja del Lunes, responsabilidad que desempeñó entre 1980 y 1984, firmando una columna con el título de La Atalaya, ejemplo de buen arte en cuanto a pensamiento y buen hacer periodístico.  

 

En sus primeros años de periodista de plantilla de El Diario Montañés destacó como coordinador de un suplemento literario que se publicó los sábados durante algunos años de la década de los setenta en el que aparecían artículos de actualidad literaria de su autoría con la firma de Sanrruján. En el periódico de orientación católica pero ya adscrito al grupo vasco de El Correo, José Ramón San Juan se prejubiló en la primera oportunidad que tuvo, quizás al considerar que había agotado sus posibilidades de brillar a más altura en el periodismo y, sobre todo, observando cómo otros más advenedizos y sin la licenciatura requerida ascendían desde una estrecha vinculación a determinados partidos con influencia en la empresa o en sus responsables.

 

De 1980 a 1984 fue director de Hoja del Lunes, un puesto al que fue requerido por la junta directiva de la Asociación de la Prensa. Hizo una Hoja templada pero libre en denunciar corrupciones, hasta que llegó su desaparición en julio de 1984, al salir Alerta los lunes, práctica que realizaron otros medios escritos nacionales y regionales. Al no tener ningún tipo de ataduras con poderes políticos, en el último número de La Hoja se despachó a gusto sobre los políticos y periodistas que él consideró estaban detrás de la operación de liquidar La Hoja del Lunes. En el casi medio siglo (menos un año) del periódico de la Asociación de la Prensa tuvo directores de relieve como José Simón Cabarga, escritor, académico y cronista de Santander, a quien le tocó impulsar su andadura allá por el año 1935 y a José Ramón San Juan, que cerró esta etapa en la que se respetaba el descanso semanal de los periodistas de los diarios.

 

Fue secretario de la Asociación de la Prensa de Cantabria en 1980, formando parte de la directiva presidida por don Rodolfo Crespo de Lara, siendo la directiva de Juan Antonio Prieto la que le llevó a la dirección de La Hoja.  


No conozco a fondo su etapa como escritor, poeta y cantautor, facetas en las que se prodigó después de abandonar el periodismo activo. Ha publicado el libro de relatos ‘Un fracaso ineludible’ (2011) y la traducción, prólogo, epílogo y notas de la novela ‘Olivier o el secreto’ (2013), de Claire de Duras, ambos en El Desvelo Ediciones. Sus relatos figuran también en las obras colectivas ‘La esquina azul del tiempo’ (2000), ‘Los que duermen juntos’ (El Desvelo Ediciones, 2010), y ‘Sucedió en Santander’ (2015). Por otra parte, sus poemas se encuentran eu su mayoría recogidos en Quebrantología que fueron publicados inicialmente, en los años 70-80, en la revista Peña Labra, de la Institución Cultural de Cantabria, dirigida por Aurelio García Cantalapiedra, y en la antología ‘Poetas de Cantabria hoy’ (1979), de Luis Alberto Salcines.


Con su muerte a una edad aun joven para la creación literaria, tenemos que destacar su profesionalidad, función en la que dejó muy alto el listón del buen periodista.

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