CANTABRIA EN LA OBRA DE MATEO ESCAGEDO SALMÓN

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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COMO EVOCACIÓN de las tesis cántabras que en el pasado sostuvieron y alentaron un espíritu regionalista y descentralizador, abordo en este artículo la personalidad y la extensa obra de Mateo Escagedo Salmón (Maliaño, 1854 - Santander, 1934) después de que hace algún tiempo evocara en un artículo con el título "Los límites territoriales de Cantabria" figuras tan incuestionables como las del cántabro de Puente Arce, Francisco Sota; el aragonés Zurita y el burgalés de Villadiego padre Enrique Florez. Mateo Escagedo, ilustre personalidad cántabra a caballo de los siglos XIX y XX, merece que se recuerde su obra y protagonismo ya que representa una referencia muy clara de un espíritu cántabro digno del mayor reconocimiento.

Mateo Escagedo Salmón inició su formación en el seminario de Corbán y su vocación de servicio a Dios la confirmó en 1905 al recibir la ordenación sacerdotal. Fue destinado al pueblo de Caviedes (Valdáliga) en el que permaneció unos diez años, hasta que fue requerido por el seminario para que formara a los futuros sacerdotes, regresando en 1926 a la actividad religiosa al frente de la comunidad de Terán de Cabuérniga; más tarde asumió la parroquia de Santillana del Mar y, unos años antes de morir recibió del papa Pío XI el título, con carácter honorífico, de Abad de la Colegiata de Santa Juliana, que el Pontífice restituyó para honrar la labor del sacerdote camargués.

En un primer avance de esta rica personalidad de la historiografía de Cantabria, recurrimos al escritor don José María de Cossío quién escribió sobre Mateo Escagedo que "sacaba papeles de debajo de las piedras", añadiendo que "puso a disposición de los que quisieran enterarse un caudal importantísimo de documentos, muchos de ellos desconocidos, especialmente los procedentes de archivos privados". Don José María, el señor de la Casona de Tudanca, sentenciaría afirmando que "su labor es la más importante que en el terreno de la investigación regional se ha hecho en este siglo". Las aportaciones del historiador Joaquín González Echegaray, definen con indudable acierto el trabajo investigador de Mateo Escagedo a la historiografía de Cantabria, que se centraron en tres campos: 1. La aportación y estructuración de datos históricos para reconducir el relato de la historia de Cantabria. 2. El hallazgo y consiguiente desarrollo de un campo hasta entonces apenas tocado: el mundo de la genealogía y su derivación heráldica. Y, finalmente, la interpretación o filosofía de la historia regional de cara al futuro, incluso con vistas a reivindicaciones de carácter político.

Numerosos y brillantes fueron los estudios de Mateo Escagedo sobre la historiografía cántabra, destacando su fabulosa obra de ocho volúmenes con el título Solares Montañeses, siguiendo otras obras de gran trascendencia que han servido de guía para otras investigaciones y estudios de alto interés. De muchas de sus reflexiones, destacaría las que significan un rechazo "al centralismo absorbente y absurdo" y que desde un espíritu especialmente moderado y sensato, rechazó cualquier alianza o integración con Castilla entendiendo que Cantabria siempre había sido autónoma, apelando también a la existencia de "intereses encontrados que no tardarían en salir a la palestra", según dejó escrito en su trabajo "Centralismo y Regionalismo". Si fue muy sensible a cualquier manifestación castellanista de apropiación cántabra, lo mismo rechazó las pretensiones vascas sobre Castro Urdiales, que provocó una de sus obras en la que aporta toda una contundente argumentación.

Una de las aportaciones de toda la obra de Mateo Escagedo se refiere a que a pesar del nombre oficial de Santander que ostentaba la desaparecida provincia y el título a efectos oficiosos de La Montaña, que se había heredado de la obra perediana, su constante fue la de apelar al término histórico de Cantabria, hecho éste que como ha escrito González Echegaray, lo hizo "con particular complacencia". Pero esta tendencia no era un simple recurso diferenciador sobre otros escritores de la época, sino que Mateo Escagedo sentía profundamente el término de Cantabria y que todo su empeño se centró en demostrar con sus trabajos rigurosos la existencia de una identidad histórica y política, que heredada de la Cantabria romana se mantiene a lo largo de los siglos. En una España férreamente centralista en la que se rechazaba cualquier atisbo de autonomía - no es necesario decir que Mateo Escagedo detestaba con la misma fuerza cualquier insinuación de separatismo -, el escritor no pudo moverse más allá del regionalismo teórico, aunque la aspiración de una Cantabria con cierto nivel de autonomía y diferenciada de las comunidades vecinas fue su pensamiento permanente, finalmente concretado medio siglo después de su muerte.

La figura de Mateo Escagedo merece aportaciones más interesantes y profundas que la que aquí evocamos. Su obra y trabajos más trascendentales debieran divulgarse entre las nuevas generaciones y que el nombre de Escagedo Salmón estuviera presente en las aulas, lo mismo que los de otros escritores y pensadores que tanto han aportado a la historiografía cántabra. Nombres y biografías como las de este sacerdote de Maliaño no debieran quedarse en el baúl de los olvidos al merecerse todo nuestro respeto y consideración hacia su obra, así como gratitud general por su amor e identificación permanente con Cantabria, la tierra de todos a la que sintió con pasión positiva.

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