LATINI SUMUS

Por JUAN IGNACIO VILLARÍAS

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   La región italiana cuya capital es Roma se llama Lacio, Lazio (se pronuncia “latsio”) en italiano, y Latium (acusativo) en latín. Y es que latino es precisamente el gentilicio de Lacio.

   El latín, idioma poco menos que universal en su tiempo, se fraccionó, como no podía ser de otra forma, tras la caída del Imperio Romano, y en cada uno de sus territorios, más o menos aislado de los demás, ese latín evolucionó por su cuenta, y dio lugar a los que llamamos idiomas romances, latinos o neolatinos, de los cuales no todos se conservan, afortunadamente (un servidor es de los que opinan que, cuantos menos idiomas, mejor).

   Si el imperio no hubiera caído, el latín no se hubiera fraccionado, como es de toda lógica y suposición, y hoy el neolatín seguiría siendo el idioma universal, con una importancia sin parangón en todo el mundo, hablado en toda la Europa meridional, en el África más septentrional, y en la mayor parte de América. El inglés no valdría nada al lado de ese hipotético neolatín de historia ficción.

   Por el contrario, esas fracciones en que quedó dividido el latín evolucionaron de acuerdo, como es natural, con las características lingüísticas de los idiomas prerromanos hablados en esos distintos territorios, a la manera de una lengua franca, o algo del mismo estilo, y así tenemos que el español de hoy es un latín hablado por iberos, el portugués es un latín hablado por celtas, el francés es un latín hablado por galos, el italiano es un latín hablado por etruscos, el rumano es un latín hablado por eslavos. Plus minusve, de una manera generalizada, así se podría decir. De ahí las diferencias entre los distintos latines actuales, más o menos alejados, más o menos cercanos, de la lengua madre.

   El español pasó a América, hasta el punto de ser hoy allí hablado desde el sur de Norteamérica hasta el límite meridional del continente.

   En Estados Unidos hay hoy en día casi tantos hispanohablantes como en la misma España. A los cuales los angloparlantes les llaman latinoamericanos (latin americans), en contraposición a los que hablan inglés, idioma mayoritario mas no oficial, pues la constitución de aquel país nada dice de idiomas.

   Llaman latinoamericanos a los que en buena lógica deberían (deberíamos) llamar hispanoamericanos, o iberoamericanos si queremos incluir a los brasileños dentro de la denominación. Este término de América Latina lo inventaron los franceses, para no sentirse ajenos a esa parte del continente y tratar de justificar así su intervención en Méjico. Y la maquinaria periodística e historiográfica francesa pudo tanto, que ese término acabó siendo aceptado por todos, por los mismos hispanoamericanos así denominados, y hasta incluso, el colmo ya (vergüenza nacional), por nosotros mismos.

   Los norteamericanos angloparlantes, amigos de abreviar, de latinamerican pasaron sin dificultad a latin, con lo cual a todos los inmigrantes procedentes de la América Española les llamaron latins, latinos en nuestro idioma.

   Y así, en la misma España no nos desdeñamos de llamar latinos a todos aquellos hispanoamericanos que nos llegan aquí para aquí establecerse, sin tener en cuenta que los latinos somos propiamente nosotros mismos, mientras que a aquéllos habría que llamarles, en buena denominación, amerindios, negros, mulatos, cuarterones, zambos, o como mejor convenga decirlo en cada caso. O americanos blancos, que también los hay, y en gran abundancia además, descendientes de españoles o de otros pueblos europeos.

   Yo cuando oigo hablar de música latina me acuerdo automáticamente, no sé por qué, de las Cármina Burana, del Pange (se pronuncia “pangue”) Lingua, del Tántum Ergo, del Regina Caeli (se pronuncia “ reguina keli”), y de otras diferentes canciones gregorianas. Pero no, sino que música latina llaman, por lo visto, a la salsa cubana, al merengue, al mambo, a la samba, a la rumba, y a toda esa música hispanoamericana que triunfa por todo el mundo.

   Y cuando oigo o leo algo acerca de las bandas latinas, como por reflejo mental me acuerdo de las bandas de Mario y Sila, las de Julio César y Pompeyo, las de Marco Antonio y Octavio. Pero luego resulta que no, sino que se trata de las bandas criminales de delincuentes juveniles, de Hispanoamérica provenientes, que no se han enterado de que están en un país civilizados y se dedican a hacer de las suyas en nuestras ciudades, ante la pasividad, cuando no la complacencia, de las autoridades.  

   A lo que voy. Cuando oigo aquí en España llamar latinos a los sudamericanos, es que me estalla un trallazo en los oídos. ¿Pero cómo que latinos? Latinos somos nosotros, los europeos que hablamos español. Latinos son los portugueses, los franceses, los belgas valones, los suizos francófonos y los italoparlantes, los italianos, los rumanos, los moldavos. Latinos somos no sólo ya por el idioma que hablamos, sino también por la historia común que hemos compartido, por la manera de ser y por la mentalidad, y hasta por la raza también, si bien tenemos una mescolanza en ese sentido de mucho cuidado, pero todos blancos, más bien morenos, que no rubios, diferentes por la pinta de los europeos septentrionales o germánicos, y de los orientales o eslavos, con unas características raciales más o menos comunes, de cualquier forma.

   En suma, latinos somos los europeos que hablamos algún idioma derivado del latín. Y sin embargo nos empeñamos en llamar latinos, valientes latinos están hechos, lo mismo a un negro de La Habana Vieja, que a un indio del altiplano de Bolivia. 

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