Eso del "Jalouín"

Por MANUEL BARTOLOME GARCIA

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Deliberadamente escribo la palabreja tal y como se pronuncia, matices idiomáticos aparte; palabra que se ha puesto de moda en los últimos tiempos y que es conocida textualmente como Halloween. Si es moda, pasará, pero mucho me temo que, viniendo de donde viene, permanecerá en nuestra cultura. Mejor dicho, para mirarlo con rigor, no viene de donde los papanatas creen, sino de vuelta, como veremos más adelante en esta columna.

 

Paralelamente, vemos ya abandonada, olvidada, casi proscrita otra costumbre de estas fechas que se aproximan por Todos los Santos o los Difuntos, que juntos van en inmediatos días: la representación del Tenorio.

 

Esa vieja tradición de escenificar  el Don Juan Tenorio la víspera de la festividad de Todos los Santos, ha ido desapareciendo, arrinconada por el ímpetu que pone el Imperio para que el ciudadano europeo adopte sus costumbres, en este caso, el llamado Jalouin.

 

 Hemos definido lo del Tenorio como viejo hábito, aunque podríamos retrotraernos más atrás de 1844, cuando José Zorrilla refunda el personaje de Don Juan, que tiene, como todos ustedes saben, su precursor en El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina, creado dos siglos antes , hacia 1625.

 

Los personajes de Don Juan y Don Luís Mejía embozados, y cubiertos con antifaz otros intérpretes, han sido derrotados por las máscaras horrorosas (de eso se trata en la nueva moda: producir horror) y las pifias de los que tras ella se cobijan en la tarde-noche del Jalouin. Aclaremos que pifia lo aplicamos en la acepción chilena y peruana de “burla, escarnio o rechifla”.

 

Pero para dar fe de que no hay nada nuevo bajo el sol (y es que la originalidad, la creatividad es materia harto escasa) encontramos antecedentes a los antecedentes: si Zorrilla se inspira en El Burlador de Tirso,  éste lo hace en El Difamador de Juan de la Cueva, o en El Rufián dichoso de Cervantes…; al final, haremos justicia al castizo refrán.

 

Dejando de lado el tema de la obra cumbre de Zorrilla, nos queremos centrar en la moda imperante del Jalouin, que está teniendo de unas décadas acá un incremento en las usanzas y conductas, fomentado incluso en las escuelas y colegios, aprovechando la corriente favorable carpetovetónica del jolgorio y la jarana, sin importar un bledo qué es lo que están celebrando.  Tal vez su penetración en la sociedad actual se deba a que se escribe, como hemos anotado más arriba, Halloween; a partir de este dato y de nuestra sansirolé y pazguata admiración por todo lo que proceda del Imperio, lo asimilamos sin más.

 

He de confesar públicamente que más me desagrada el nombrecito, la palabreja que se le da al acto, que el propio festejo, pues cuando uno andaba por los primeros años de adolescencia ya hacía alguna mascarada con calabazas previamente vacías. Es el empleo sin medida de palabras inglesas lo que me parece fuera de lugar, cuando tenemos un idioma riquísimo en recursos. Como es de suma riqueza cultural conocer lenguas extranjeras, faltaría más. Pero no el esnobismo de utilizarlas en detrimento de las nuestras.

 

Pero, como hemos dejado constancia en los antecedentes del Don Juan de Zorrilla – también podríamos enumerar consecuentes, es decir, derivados – justo es que le busquemos antecesores al Jalouin,  que los tiene, por lo que hemos conocido en diversas fuentes. Es pues que esa costumbre de la mascarada en la víspera de Todos los Santos, tiene su previa en lo que los celtas denominaban Samahaim, el culto a los muertos que el Papa Gregorio IV cristianizó allá por el siglo IX.

 

Como somos sumamente reacios a seguir los vientos que soplan de los USA, no nos gusta esa aceptación de una costumbre importada, pero ha resultado ser  un hábito de efecto boomerang que, partiendo de la vieja Europa ha viajado a los USA vía su madrina Irlanda llevada por sus gentes, aquellos que atravesaron el Atlántico incorporando a las tierras del nuevo continente esta costumbre (pero con un sentido más místico y religioso) y ha vuelto con el toque de las barras y estrellas; de este modo ya no les  parece a algunos tan rechazable esta mojiganga.

 

Pero sin embargo, ya puestos a nominar costumbres, sería más justo para sus fundadores celtas, los creadores de este festejo, que se conozca o reconozca bajo el nombre original de Samahaim… porque, al menos, gozaríamos de una tradición europea. Tal vez, al conocer el personal que no se trata de costumbre auténtica de los yanquis y comprobar y aprender que procede de este viejo continente nuestro, es posible que cayera en desuso, por aquello de que lo “foráneo” siempre nos encandila más que lo autóctono. Carencia de personalidad, se llama esto.

 

 

 

Manuel BARTOLOMÉ GARCÍA.- Miembro del Centro de Estudios Montañeses y de la Sociedad Cántabra de Escritores.

 


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