Por MANUEL BARTOLOME GARCIA
Titulamos así esta columna referida a las castañas que, en este tiempo otoñal, culminan su sazón y se muestran – no sin cierta dificultad – a nuestras apetencias. Las primeras, las escalentías, son las castañas tempranas, a las que les coge la otoñada ya maduras y, abriendo el erizo que las protege, caen al suelo. Las otras, las escachizadas son las derribadas por el viento o por los recolectores armados de varas o palos. Luego, ya en el suelo, abren los erizos (todo un arte o habilidad especial para no pincharse con las púas) y obtienen este fruto. Y tiene la costumbre su continuación en lo que conocemos como magosta o moragada Es la tradición de reunirse las mocedades alrededor de una fogata para asar castañas; en algunos lugares lleva el nombre en masculino, magosto, de modo que en dicha práctica hay paridad para satisfacción de la ministra del ramo. Y como nuestra tierra ha sido siempre muy dada al refraneo, añadamos el relativo a esta actividad: De magosta trempana quita la gana, que la tardía no tiene alcancía. Se ha revitalizado últimamente la tradición; en los pueblos, los llamados animadores culturales, se esfuerzan en recuperar estos ritos, tratando de que, con este motivo, las gentes de cada lugar se reúnan en torno al fuego y a las castañas asadas en él; regadas con vino o te con orujo, para facilitar la digestión o el “rumie”, que dicen más allá de Cabezón de Venimos asistiendo a estas pitanzas, porque, además de deleitarnos con este fruto tan apetitoso, ya sean cocidas como asadas, podemos observar quiénes participan y cómo se celebran estos actos que luego aclararemos. Y debemos señalar que nada ha cambiado en el jolgorio en sí, especialmente en el último tramo de la costumbre, que no es otro que asarlas y degustarlas. Sin embargo, sí difiere en la parafernalia previa, en lo que podríamos definir como la liturgia, la ceremonia inicial: falta, se carece, se obvia, el ir a buscar a los montes este fruto. Castaños tenemos en nuestra Región, suficientes aún para abastecer nuestro propio mercado. Cosa distinta es el que se organice la expedición hacia los bosques, las castañeras, castañares o castañales , y tener la oportunidad de rastrear el suelo bajo el árbol, para localizar los erizos (burizos, en algunas zonas) con el fruto oculto ya maduro en sus entrañas. Esto suele ocurrir después de varios días de haber soplado o rustado el regañón. Escachizar estos erizos, es decir, abrirlos, precisa, como hemos señalado, de una especial destreza: sujetar entre ambos pies el erizo, facilitando o completando así su apertura, por medio de un palo al que se la ha practicado previamente un corte en chaflán, y convertirlo así en herramienta apropiada. Almacenadas las castañas después de esta labor de recolección, se solía hacer en los mismos prados un fuego y, cuando sus leños estaban incandescentes, en calda, se echaban allá las castañas, a las que previamente se les había practicado un corte, para que, según la creencia general, no explotaran o no dieran “tiros”. Luego, una vez asadas, se las tapaba con trapos para que sudaran antes de engullirlas. Después, alrededor de la lumbre, entre risas, chanzas y cánticos, se daba buena cuenta del manjar. También, en los hogares, a falta de la fogata comunitaria, o además de ella, se procedía a esparcirlas sobre el fogón del hogar, bien de leña o de carbón. Desconocemos, porque no lo hemos experimentado, si las modernas cocinas o fogones de vitrocerámica, podrían ser sustitutas apropiadas a estos usos, aunque, si se quiere, siempre habrá una vieja sartén a mano… El tradicional rito de la recolección, es el que echamos de menos. Hoy parece que se compran en cantidad suficiente en los mercados para luego, con el patrocinio de los ayuntamientos, hacer la magosta por los diferentes barrios del pueblo o de la ciudad. Igualmente, hemos observado que este tipo de reuniones está compuesto, en su inmensa mayoría, de gentes nostálgicas de estas bellas costumbres, gentes que las practicaron en su niñez o juventud, especialmente el ceremonial completo, el proceso íntegro. Recientemente hemos hecho de maestros (monitores, se dirá) para enseñar esta técnica a alguien íntegramente urbanita, no muy versado en la vida rural, pero, lamentablemente, muy pocos jóvenes o niños aprovechan la oportunidad de aprender lo que, en un futuro, garantizaría el relevo necesario, al objeto de dar continuidad a esta tradición. Concluyamos que es bueno que se reavive la costumbre de las moragadas, pero mejor sería atraer a los pequeños para que tomen buena nota y permanezca siempre en su acervo particular y colectivo. Manuel BARTOLOMÉ GARCÍA.- Miembro del Centro de Estudios Montañeses y de