¿Nos traerán un "Shinkansen"

Por MANUEL BARTOLOME GARCIA

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Fue en el transcurso de mi primer viaje a Japón , en la primavera del año 1984, cuando tuve la oportunidad de hacer un largo trayecto en el famoso “Tren Bala”, traducción literal del inglés bullet train, aunque los japoneses lo conocen bajo el nombre de Shinkansen (nuevo tren principal); tren de alta velocidad , el más rápido del mundo en aquella época: 210 kilómetros por hora, que inició sus recorridos en los años 60 (¡ 15 años después de perder una devastadora guerra¡¡) sobre una orografía muy complicada, que fue salvada gracias a la alta tecnología en materia de estructuras, de la que disponía para entonces el pueblo nipón.

 

Reflexionaba yo rebobinando en el tiempo y el espacio mi memoria, para reproducir unas imágenes que estaba acostumbrado a contemplar en las pantallas cinematográficas, cuando los grandes directores de cine norteamericanos reflejaban, en sus cintas sobre el género western, la penetración del ferrocarril en las grandes praderas del oeste, surcando sus llanuras nutricias de los bisontes, bóvidos que servían a su vez de alimento y su piel de “tapadura” de los indios. Aquellos indios, ya fueran comanches, apaches o arapahoes (“los comerciantes”)  trataban de evitar las incursiones del hombre blanco a bordo del “caballo de hierro”, como llamaban ellos al invasor ferrocarril.

 

Y de las praderas del oeste norteamericano, mi mente se trasladaba a mi tierra, situándome en la época en que Cantabria ya deseaba unirse con el Mediterráneo mediante un ferrocarril; vía que contó con múltiples trazados hasta que se dio con el definitivo, que se quedó en agua de borrajas a finales de los años 50. Quedan como testigos simbólicos de aquel fracaso, de aquella frustración,  los siete kilómetros del túnel de la pasiega Engaña, tomado del río del mismo nombre,  muy cercano fonéticamente a “engaño”, pues, nunca el “caballo de hierro” atravesó este túnel. Los cántabros, que en ocasiones somos un tanto desconfiados, pensábamos que modernas tribus de comanches que habitaban al este, al contrario de sus homónimos del oeste norteamericano, habían conseguido que ese ferrocarril no se completara, para evitar afecciones interesadas. Y así nos quedamos, entre estupefactos e impotentes, sin un enlace entre el Cantábrico y el Mediterráneo.

 

En estos últimos tiempos, cuando están en marcha muchos trazados de Shinkansen por toda la geografía española (AVE lo llamamos por acá) alcanzando a capitales principales de nuestro país, estamos un poco con la mosca detrás de la oreja, porque nos entran ciertas dudas sobre si se van o no a llevar a cabo nuestras pretensiones, que, como es lógico pensar, no quieren ser menores a las conquistas de otros. Ni un día más tarde que otras autonomías vecinas dice nuestro presidente.

 

 Hace un tiempo lanzaba un grito para reivindicar nuestro Shinkansen. Así como se hizo rápidamente popular su frase de Cantabria me pone, tal vez sea preciso no perdamos de vista esta lícita  pretensión: queremos tren. Como “caballo de hierro” ya tenemos, bien que lento, parsimonioso, moroso, lánguido e indolente, es lógico pretender algo más cercano al Shinkansen, ante las zozobras que nos envuelven en estos días. Queremos Shinkansen. Si los japoneses consiguieron salvar todas las dificultades orográficas en los años 60, ¿no van a ser capaces nuestros técnicos, de superar los escollos que pueda representar nuestra cordillera cantábrica, con la técnica de que se dispone en este siglo XXI? Si este no es el problema, ¿debemos pensar en los arapahoes o cheyennes de las vastas tierras del far west, trasladados a nuestro caso particular, que puedan poner una galga en las ruedas del tren, allá donde tiene sus orígenes? Léase Madrid….

 

Se vaticinan inconvenientes, no siendo la menor la diferencia de nivel entre nuestras tierras bajas y Campóo, por ejemplo; y si se confirman otras dificultades, (a las de la vecindad me refiero) nos tendremos que acordar de aquello que dijeron los astronautas a la estación de seguimiento espacial: Houston, tenemos un problema. Me uno a la pretensión: Queremos Shinkansen y que no nos frustren la idea los susodichos, ya sean Arapahoes o Cheyennes (“los que hablan raro”).

 

 

Manuel BARTOLOMÉ GARCÍA Miembro del Centro de Estudios Montañeses y de la Sociedad Cántabra de Escritores


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