Esquiladores "coloraos"

Por MANUEL BARTOLOME GARCIA

 

  

De un tiempo a esta parte, como se suele decir coloquialmente, vengo observando en algunas fachadas, unos esquiladores “coloraos”. Aparecen por estas fechas navideñas y han proliferado tanto que se ven en muchas ventanas, algunos balcones, colgando de una cuerda. Son, como digo, “coloraos” con algún detalle blanco.

 

Comencemos por definir el verbo esquilar para que nadie se confunda. La Real Academia española lo expone como cortar con la tijera el pelo o lana del animal.  Pero nosotros, los cántabros, lo entendemos de otro modo. Lo interpretamos como trepar, especialmente a los árboles o con cuerdas.

 

El famoso Berrugo de La Puchera de José María Pereda, se esquiló  ayudándose de una cuerda, por los acantilados de la costa, en presencia de Pedro Juan, el cura y el Lebrato. Pues bien, de estos esquiladores, de los que trepan, quiero hacer algunas reflexiones.

 

Hace unos años, cuando los ví por vez primera, pensé que eran esas bocas de riego que hay desperdigadas por las ciudades y que, tal vez, algún desaprensivo tuvo la ocurrencia de colgarlo por balcones y ventanas. Me despistó el hecho de que también eran “coloraos” con ribetes blancos.  Mismamente parecían tales. Me acerqué a la fachada de una casa que los exhibía junto a su balcón y pude comprobar que no era así. Se trataba de unos muñecos colgados de una cuerda en escorzo e intención de trepar hacia la ventana de la vivienda. A veces eran tres “coloraos” los pretendientes esquiladores con detalles blancos.

 

Suelen estar acompañados – si la vivienda es unifamiliar y dispone de jardín – de las siluetas iluminadas de un señor gordinflón a bordo de un trineo arrastrado por cornúpetas renos.

 

Mi nieto me sacó de dudas. Se trata – me dijo – de Santa Claus. Se refería al del reno con lucecitas. Y que había nacido en Laponia, Finlandia. Pero distinto del Nicolás de Bari o de Mira, en Turquía…

 

Después de estas explicaciones, llegué a la conclusión que tal vez los dueños de esos hogares fueran lapones, finlandeses, daneses o…yo qué sé. Pero mi nieto me hizo ver mi error. No abuelo, - me dijo – es que se ha puesto de moda. Ahora se lleva mucho. Hay otros personajes que tienen su tradición en algunos valles vascos y navarros. Lo llaman Olentzero. En Galicia está el Opalpador o también Apalpador, que palpa las barriguitas de los niños. Bueno, en definitiva que todo es casi lo mismo: traen juguetes a los pequeños el día de Navidad.

 

¿Pero ese no es Papá Noel?. Sí y no. Ese es una traslación que partiendo de los Paises Bajos, llevaron los holandeses cuando fundaron Nueva Amsterdam. Ahora Nueva York. Los holandeses que allí fueron lo llamaban Sinterklaas, pero el escritor Irving lo transformó en Santa Claus… más fácil de pronunciar en las nuevas tierras.

 

Ante tal proliferación de datos históricos o legendarios y viendo que de lo que se trataba en definitiva era el reparto de juguetes a todo bicho viviente, fuera de donde fuera, opté por lo más fácil y cómodo.

 

No sigas- le dije- esperaré a los Reyes Magos, como siempre lo conocí de pequeño y así lo vivieron mis padres y abuelos. Yo, lo que pida, lo haré en una carta a Melchor, Gaspar y Baltasar, que, con tanto nombre exótico, se me olvidaban los nombres de los míos.

 

Y es que soy un clásico. Un nostálgico, con perdón

 

Manuel BARTOLOMÉ GARCÍA.- Miembro del Centro de Estudios Montañeses y de la Sociedad Cántabra de Escritores


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