Por ROSA VILLACASTÍN
Antes se hablaba del optimismo antropológico de Rodríguez Zapatero. Ahora de esos surcos que rodean sus ojos y que 'El Mundo' plasmó en una fotografía de portada reveladora, implacable de la angustia del presidente de un país que se debate entre el optimismo futbolístico -por los suelos después del gol de los suizos- y un pesimismo que vivió en sus carnes la generación del 98 y que desde siempre ha embargado a los españoles. Algunos hablan de seis o siete siglos de desastres, otros simplemente de este año diez de un siglo que nos hizo creer que éramos los más listos del grupo y que ahora nos hace pensar que estamos en el furgón de cola.
No se me olvida que Jordi Pujol se operó las ojeras. Berlusconi se puso pelo y Sarkozy simplemente calza alzas. Nadie se fija en la espalda encorvada de Angela Merkel ni en sus ojeras, pero tenerlas las tiene. Quizás porque tanto a ellos como a nosotros la crisis ha dado de bruces con una realidad que nos ha obligado a cambiar el paso, tanto que lo vamos a pasar muy mal durante bastante tiempo. Aunque evidentemente unos más que otros, o por decirlo de otra forma, los de siempre lo van a pasar bastante peor que los presidentes y consejeros de esas empresas que predican con el despido libre, mientras ellos se forran, antes y después de que den con sus huesos en la calle.
Pero pese a todo, siempre queda un hueco a la esperanza. Ayer mismo leía que el Consejero Delegado de Indra llamaba la atención porque los jóvenes de nuestro país no quieren estudiar ni Matemáticas ni Física y ambas carreras son el núcleo básico para el desarrollo tecnológico, desarrollo en el que tenemos empresas punteras que compiten en todo el mundo. Decía Morachel que su empresa acaba de ganar un concurso para llevar el tráfico aéreo en China y que la formación de un experto programador para realizar un proyecto les puede llevar entre quince y veinte años.
Por ahí es por donde deberíamos empezar, por preparar a nuestros jóvenes para un futuro que no se presenta nada fácil, pero que les pertenece a ellos, y ellos tendrán que ser los que decidan con qué mimbres quieren tejerlo, si con la ley del mínimo esfuerzo o el de prepararse a fondo para competir en un mundo más global, que poco sabe de banderías, de pequeñas rencillas, de odios fraticidas que a nada bueno conducen tal y como estamos viendo.