Por CHARO ZARZALEJOS
De miles de palabras que tiene el Estatuto de Cataluña, 300 han sido las afectadas por el fallo del Tribunal Constitucional, "osea, nada", le faltó decir al ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. Naturalmente, él, que es hombre inteligente, sabía perfectamente que estaba lanzando un slogan, porque nadie mejor que él sabe de la importancia de las palabras en cualquier texto normativo. Lo hizo para hacer ver que el PP no tenia motivos para sentirse triunfador de nada y, sobre todo, para lanzar un mensaje a sus compañeros catalanes. Las palabras, las comas, las preposiciones, los adverbios, todo, absolutamente todo es importante, tiene relevancia cuando de una ley se trata. ¿No es importante que se suprima la palabra "preferente" cuando del uso de la lengua en las Administraciones se trata? El Estatuto no tiene tantos elementos de inconstitucionalidad como el PP pensaba, ni era tan constitucional como los socialistas pretendían. ¿Por qué no ese punto medio que hace las cosas razonables?
Esas 300 palabras han puesto en "pie de guerra" a los nacionalistas catalanes y han llevado al presidente de la Generalitat ha exacerbar un supuesto enfado, a enfatizar su disgusto y a que una vez más las dos almas del PSC afloren sin disimulo alguno. Esas 300 palabras han sumido en el silencio, al menos hasta el momento de escribir estas líneas, al ministro Corbacho, catalán él, y llevaron de inmediato a Carme Chacón a coger el puente aéreo para asistir en Barcelona a la Ejecutiva de su partido. Desde ese momento Chacón se ha convertido en el puente entre el PSC y el PSOE y la tarea no debe ser fácil.
Con esas 300 palabras declaradas inconstitucionales y con otras muchas --24 artículos-- sujetas a interpretación para no caer en inconstitucionalidad, culmina (¿) un proceso erróneo desde su comienzo. Un error fue marginar al PP de manera deliberada; un error fue tratar de dar satisfacción a los nacionalistas, cuando por definición su seña de identidad es la insatisfacción, error -tremendo error- fue afirmar aquello de que una nación es un concepto discutido y discutible, como dijo el presidente, y error cargado de audacia innecesaria fue aquella secreta reunión entre Zapatero y Mas para lograr el apoyo de CiU. Nunca una ley orgánica se había aprobado antes con tantos elementos carnavalescos. Y ahora estamos donde estamos. Con un Estatuto que otorga a Cataluña unas dosis de autogobierno nunca antes conocidas y con un fallo -falta conocer la sentencia- que se ha convertido en un auténtico agravio para la clase política catalana, aunque está por ver que los ciudadanos lo vean así. Hay que recordar que el entusiasmo por el Estatuto fue perfectamente descriptible.
Montilla va a encabezar una manifestación reclamando a Cataluña como nación, al mismo tiempo que ve que el poder se le escapa por entre los dedos. Habla como habla y hace lo que hace para no perder espacio, para no dejar que sea CiU y los nacionalistas más radicales quienes tomen la batuta de la situación. Así explicaba algunos una reacción, la suya, que sorprendió a sus compañeros de Madrid, que, en el fondo, estaban contentos porque no pocos esperaban un fallo más contundente.