De "Chicucos" a Jándalos

Por MANUEL BARTOLOME GARCIA

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Jándalo es todo aquel que emigra a Andalucía desde otras regiones y vuelve a su tierra con la pronunciación y hábitos de los andaluces; así reza el diccionario de la Academia de la Lengua. Y cita como regiones habituales de desplazamiento las de Castilla y Asturias. Pero hemos de incluirnos los cántabros-cómo no - en este concepto de la emigración norte-sur en busca de fortuna. Ha de ser más asequible este movimiento que la (en cualquier caso arriesgada), de cruzar el charco hacia las Indias y por este motivo se estableció esa corriente migratoria cuyos impedimentos, por la cercanía a la tierra de origen, eran relativamente fáciles de superar. Si seguimos a María Moliner, Jándalo deriva de la aspiración de la A de Andalucía; y si ésta viene de Al-Andalus, tenemos que concluir que Jándalo tiene su origen, como muchas otras voces, en la lengua árabe.

 

Ya José María de Pereda hace mención a este montañés de la diáspora en busca de fortuna, acogiéndose casi siempre al libre oficio de tendero, camarero o cocinero en su gran mayoría, aunque nunca se descartaba cualquier otra ocupación “que se terciara”. Lo reflejaba el escritor de Polanco en Blasones y Talegas ( de la que Eusebio Sierra realizó una Zarzuela con música de Ruperto Chapí).  Pero siempre, cualquier oficio o trabajo, pasaba por múltiples sacrificios y más de una vez humillaciones personales, hasta poder conseguir afianzarse en el campo de su actividad, llegar a obtener primero un trabajo más digno y como meta última, poseer su propio negocio. Para ello han pasado años de penuria; superados estos, van a volver a la tierruca con una cierta prestancia y ese deje andaluz, jerigonza adquirida con un barnizado superficial, que en ocasiones  exageraba y alardeaba en “ca” sus paisanos cuando estaba de visita en su pueblo natal.

 

 Recuerda uno la anécdota de un jándalo que, llegado a su aldea al cabo de los años, ya convertido en señorito andaluz de adopción y maneras y viendo cómo sus antiguos paisanos se afanaban en las labores de la siega “pa seco”, se encuentra un rastrillo tirado sobre la hierba recién “atropada”, con las púas hacia arriba y pregunta que cómo se llama aquella herramienta. Sin dar tiempo a que le contesten, al girar sobre sus pies, tropieza con el rastrillo, se levanta el mango y le golpea en la cara.  Entonces exclama :  ¡carajo con el jodío rastrillo ¡

 

Ramón del Valle Inclán sitúa al jándalo de vuelta de América en el esperpento que tituló La cabeza del Bautista, esperpento que no deja en buen lugar al personaje, híbrido de las malas artes de una y otra orilla del Atlántico, que se inspira en las relaciones entre Herodes Antipas  y su cuñada Herodías, condenadas por el Bautista. Pese a la acepción que Valle Inclán generaliza como jándalo, para nosotros sería “indiano”, aquel que vuelve enriquecido de hacer las américas. Pero este jándalo es gallego y nos coge a nosotros un tanto de costado.

 

Acercando nuevamente el foco de nuestro discurso al tema de hoy,  hemos de constatar el homenaje que  se ofreció, no hace mucho tiempo,  a Rogelio Gómez, el de “La Flor de Toranzo”, tanto en su tierra bética de acogida como en las campas del Sardinero, amores de Rogelio teñidas de verdiblanco y verdinegro, ya ejerciera de seguidor del Betis o del Racing.

 

A pesar de ser legión los  montañeses que se avecindaron al otro lado de España por necesidad de medro, no podemos por menos de citar aquí a los que partieron de Muñorrodero hacia Cádiz, los hermanos Pedro y Miguel García Purón, y la esposa del primero, Cionín Cipitria, de Reocín, acogidos y protegidos, en principio, como casi todos, por familiares que hicieron unos años antes el recorrido de ida. Vidas todas merecedoras de ser plasmadas, negro sobre blanco, para solaz, deleite y, cómo no, ejemplo de generaciones posteriores. Así lo debió de entender Eladio Gutierrez Quevedo, el “chicuco de Bostronizo”, que publicó sus memorias en forma de pequeño libro en cuyas páginas nos narra sus zozobras, inquietudes y sinsabores hasta alcanzar el éxito; donde nos confiesa su amor por los bolos y las canciones montañesas y cómo trató de imbuir en su hijo, nacido ya andaluz, el cariño a nuestro vernáculo deporte, afán que le trajo algún que otro disgusto con sus congéneres.  La vida del “chicuco de Bostronizo” se circunscribe al triángulo formado por Cádiz, Jerez de la Frontera y el Puerto de Santa María. Así lo atestigua el autor y protagonista, y nos lo confirmó su entusiasta pariente José Mari Pernía Gutierrez quien nos ilustró en su día sobre la vida y milagros de su allegado.

 

Y acabamos de citar, en relación con Eladio, la variante de jándalo que no es otra que “chicuco”, pues cuando un jándalo lo es en edad temprana, en su tierra de adopción lo conocen como Chicuco, el chico de los recados, el que sirve para todo haciendo de la necesidad, que es mucha, virtud; pero cuya positiva actitud ante estos ínfimos trabajos, le llevarán un día no muy lejano, a tener la oportunidad de ser uno más de los triunfadores lejos de la tierra que los alumbró.

 

Vaya para todos, jándalos y chicucos, nuestra admiración y respeto por seguir manteniendo enhiesta la bandera de la catabricidad, siguiendo el ejemplo de aquellos hidalgos montañeses que en la Alta Edad Media contribuyeron a la repoblación de las tierras de España y mantuvieron la estela de su caminar para iluminación de los que siguieron su ejemplo las centurias siguientes.

 

Manuel BARTOLOMÉ GARCÍA.- Miembro del Centro de Estudios Montañeses y de la Sociedad Cántabra de Escritores

 

 

 


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