Por MANUEL BARTOLOME GARCIA
A lo largo del presente ejercicio se va a celebrar el Año Jacobeo, Xacobeo 2010 en la lengua galaica; el Año Santo Compostelano, que ha tenido sus inicios con la reciente apertura de la llamada Puerta del Perdón. También es sabido que tal acontecimiento se sucede con una cadencia numérica de 6-5-6-11 años, ritmo que viene dado por los periódicos años bisiestos y la coincidencia de que la festividad de Santiago Apóstol “caiga” en domingo, al igual que sucede con nuestro cercano Año Jubilar Lebaniego en la onomástica de Santo Toribio; aunque en este aspecto hayamos leído en más de un documento falto de rigor, que se sucede cada siete años. Craso error.
A lo largo de los jacobeos del siglo XX, a los que hemos de añadir ya el celebrado en 2004, se han ido incrementando las visitas a Compostela en los años marcados con esta concurrencia. Se ha puesto de moda, es innegable o, más bien, ha renacido de sus cenizas en cuanto a afluencia de visitantes se refiere.
Unos hacen el camino por razones sencillamente turísticas: algunos por contemplar y admirar los monumentos que jalonan las diferentes rutas hacia campus stellae; otros por el contacto humano que se realiza a lo largo del Camino; anécdotas nos sobran en este apartado que no caben en este espacio; y los demás, por un sentimiento religioso y peregrino, sea cual fuere el resultado final de la experiencia; éstos utilizan el archiconocido “camino francés”; aquéllos la ruta de la costa; los más animosos lo realizan a pie, algunos en bicicleta o a caballo y los cómodos en coche, avión, barco, moto o autobús; lejos de aquellos medievales tiempos en los que las jornadas se eternizaban para los pobres que realizaban la ruta a pie; pero, como en cualquier época, los poderosos lo hacían en carruajes : prelados, caballeros, hijosdalgo...; albergues sencillos y modestos para los parcos o escasos en recursos; hoteles para los más acomodados.
Tengo la certeza de que algunas plumas más avezadas que la mía se han ocupado, se ocupan o se ocuparán de pormenorizar las características, cualidades y circunstancias de todo lo relativo a ese punto de encuentro cultural, turístico o religioso, pero siempre atrayente, seductor y mágico.
Mas yo me voy a referir, con nostalgia y saudade (para acercarnos a la lengua de Rosalía de Castro) a un trayecto que realizamos en nuestra juventud un grupo de Torrelavega con algún añadido de la capital. Esto ocurría en 1954; se van a cumplir 56 años el día de la festividad de
No podemos decir que fuera un viaje (nuestra ópera prima del peregrinaje) cómodo y muelle, aunque nuestra juventud soportaba y suplía las carencias y limitaciones, reducidas éstas casi en exclusiva al ámbito económico, pues ¿quién podría exigir aire acondicionado en aquel autopullman si ni siquiera conocíamos ni sabíamos de la existencia de esta comodidad? ¿Qué recursos “financieros” podríamos tener en aquellos momentos y nuestra juventud para acudir a restaurantes y hoteles?. Nuestro alojamiento consistía, más de una noche de esa semana que duró nuestro periplo, en cobijarnos al amparo de los templos, y nuestra “confortable” cama se componía de dos bancos enfrentados de la iglesia que coincidiera con cada final de etapa, formando así una protectora cuna.
Llevábamos “incorporada” la intendencia y logística – hoy lo llamaríamos catering - en una enorme caja de madera arriostrada en la baca del autobús y compartimentada de tal guisa, que allí se ordenaba el laterío de conservas de sardinas y similares. ¿Fecha de caducidad? ¿Embutidos “sin colorantes ni conservantes”? ¿Aditivos fuera de norma? ¿Registro sanitario? ¿Qué era eso?. Nuestra única preocupación en el aspecto alimentario, se reducía a encontrar a tiempo alguna panadería por el camino.
¿Y qué decir del estado de las carreteras por las que discurría nuestro peregrinaje iniciático hace más de medio siglo?. Aquellos caminos intransitables, que seguían casi fielmente el relieve y perímetro de la costa cantábrica, de inverosímiles curvas, en algunas de las cuales, el amigo Siso se veía obligado a hacer maniobra...
Visitamos a
Nos acercamos prudente y tímidamente al lujo que representaba el Balneario de
Sirvan estas líneas para saludar en la distancia – algunos en lo infinito, que allá fueron a albergarse – a todos los expedicionarios de aquella aventura, en tanto que, por nuestra parte, hemos seguido explorando nuevos caminos, trazando nuevas rutas, Jacobeo tras Jacobeo, para reiterar esa tradicional visita al Apóstol de las Españas, y repetir la jaculatoria de cuño propio dirigida al Señor Santiago: hasta el próximo Año Santo, si Dios quiere, y antes cuantas veces sea menester.
Manuel Bartolomé García, es miembro del Centro de Estudios Montañeses y de la Sociedad Cántabra de Escritores.