La idea de que es preciso acometer grandes reformas y severos recortes
para que España recupere la confianza perdida de los mercados
financieros internacionales se ha extendido y aceptado tanto, que sólo
se discute si una intensidad excesiva de estas medidas no dificultará la
recuperación económica imprescindible para pagar la deuda exterior, al
enervar gravemente el consumo interno. Pero, además, cada día resulta
más evidente que, no obstante el rigor de las reformas y los recortes,
esa confianza desvanecida no logra reponerse.
La explicación de
este fenómeno, a primera vista inexplicable, se halla en que la
desconfianza de los mercados hacia España no se fundamenta sólo en
valoraciones macroeconómicas, sino que halla parte de su base en la
constatación de una crisis política que hace aparecer a nuestro país, a
ojos de tantos observadores, como el enfermo de Europa. Las
declaraciones del presidente francés Sarkozy y del primer ministro
italiano Monti se entienden en este contexto: a la postre, la situación
italiana no difiere mucho de la española.
La crisis política
española tiene su manifestación más palmaria en la incapacidad de los
dos grandes partidos para concertar un plan de emergencia que -al estilo de los pactos de la Moncloa-
comience por suscitar esperanzas de cambio en los españoles y las
transmita luego al exterior. Ese debería ser hoy el punto central de la
agenda política española. Un amplio pacto sin exclusiones.
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Por el bien del menor (EL PAÍS 30. Editorial) "La custodia compartida como régimen habitual es una buena solución, si no es automática". Leer +
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Siempre he defendido -incluso a efectos de un derecho estatutario- la necesidad de proteger, a efectos de investigación, el viejo habla montañesa. Leer +