El amor de los campurrianos a su fauna

Por José María Frías del Hoyo

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      Apasionada historia, la que en esta ocasión me relata Ángel, uno de los montañeros que  exploran flora y fauna en los bellos rincones de Cantabria Sur, poniendo sus experiencias a nuestro alcance, mediante relatos y fotografías, en contactos unas veces personales, otras a través de periódicos y revistas. Suelen formar grupos de varias personas, aunque él y Andrés dedican un alto porcentaje de  horas de ocio a recorrer valles y montes de su entorno.

 - Tantos años y con tanta constancia en el recreo de estas actividades -le digo- encontraréis un poco rutinario el caminar por lugares tan conocidos. Es decir, que vuestras investigaciones tanto de la flora como en los animales, no experimentarán ya atracciones nuevas, ni tampoco descubrimientos que no hayáis palpado antes.

 - No creas: a menudo te encuentras con verdaderas sorpresas, según las variantes climatológicas en las distintas estaciones.

-  Por lo que se ve, no topáis con problemas para salir, haga como haga: con sol, con lluvia, o con unas nevadas de aupa. Es de suponer que algo mágico, en vuestro interior,  compensa a tanto esfuerzo.

-  No nos acosan los prejuicios. Unas veces, en suelos descubiertos con bici, otras con las raquetas para la nieve, o a golpe de esquí, lo importante es estar en movimiento por vallejos y cumbres. Siempre ha valido la pena. En cuanto a lo de encontrar de vez en cuando sorpresas nuevas, por ejemplo, te acordarás de las fotos del marabú, nunca visto por estos espacios. El año pasado fotografiamos unas espátulas, que por aquí no pasan nunca: nos pareció rarísimo verlas en estas altitudes y menos en la época en que vinieron: suelen pasar por las marismas de Santoña, pero no por aquí.

-  Y, bueno: viendo la estampa de EL BESO   de la corza, a mí me deja estupefacto.

- Si: la verdad es que muchas personas, cuando vieron la fotografía se pensaron que estaba trucada, pero ningún interés por nuestra parte en mostrar escenas inciertas. La foto está tomada con una cámara digital de las normales. Es una secuencia de cuatro fotos, desde que la venada está a dos metros de Andrés y cuando éste se agacha, ella va acercándose hasta ese momento. Esto ocurría en el invierno de 2.005, con grandes nevadas -te digo fechas de memoria-. Fuimos avisados por Jorge, un amigo del pueblo Mata de Hoz, industrial propietario de una planta de cría de cabras. Nos dijo que se estaban muriendo muchos venados en la zona cercana a este pueblo. Decidimos subir un día de aquellos y la verdad es que había mucha nieve. Habíamos pensado que calzando las raquetas podíamos subir bastante bien, pero nos hundíamos mucho. Jorge lo calculó mejor y llegó más cómodo  esquiando. A esta venada la sacamos de entre la nieve, hundida hasta el cuello, casi arriba de todo del monte entre unos pinos. La intención era subir hasta la cima y echar a los venados para abajo. Había lobos por allí y  muchos animales muertos; hicimos varias fotos a los esqueletos. La idea era bajarles hasta el pinar de Balberzoso que es un pinar muy cerrado y protegido para los animales.

    Subimos hacia la cumbre del monte “Espino” con bastante dificultad; la nieve, en numerosos tramos, llegándonos hasta la cintura. Fue una casualidad, cuando íbamos andando, ver a la corza porque estaba hundida, casi entera,  en la  nieve. Sólo se le veían el lomo y la cabeza; la nieve estaba muy blanda. En el momento de acercarnos, se la veía muy nerviosa, haciendo forzosos intentos para salir de la trampa que suponía el nevero que la cubría. Al final, pues bueno, yo me eché encima de ella, cogí su cabeza acariciándola un buen rato, hasta calmarla. Llegó también Jorge , y la sacamos de entre la nieve y veíamos que estaba muy exhausta, además de estar muy abultada a causa de su preñez. A pesar de los  inconvenientes,  la fuimos conduciendo para abajo, empujándola constantemente. Los venados igual que los caballos, cuando hay  nieve, se hunden  y no se mueven; se quedan tiesos, hasta que mueren. A ésta, cada dos o tres pasos la teníamos que sacar hacia arriba, por lo que tardamos más de dos horas en bajar. Llegamos a un llano de abajo del monte cerca de la casa de Jorge, con poca nieve, y hasta llegar a las cercanías de la casa de Jorge, se me venía detrás como si de un perro amaestrado se tratara.

   Ya cerca de la casa de Jorge, Andrés quiso despedirse de ella comentando que con la gran cantidad de fotos de todo tipo que había hecho en su vida, nunca había tenido a un venado tan cerca. Estuvimos mucho tiempo con ella. Nos sorprendió, haciéndonos mucha gracia, porque Andrés estaba a unos dos metros del animal y al agacharse un poco como para mirarla más de frente,  la venada avanzó hacia él y justo, le arrimo su morro en la sorprendente forma que podemos contemplar y admirar. Luego, Andrés estuvo abrazado a ella durante mucho tiempo, transmitiéndola calor corporal  afectivo.

* José Maria Frías es escritor costumbrista. Miembro de la Sociedad Cántabra de Escritores.

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