Costumbrismo campurriano: La dudosa herencia del machismo

Por José María Frías del Hoyo

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- Mucho madrugar es ello tío José. ¿A donde va tan pronto?  Ni siquiera la Benita, la pastora, ha salido a regar las lechugas al huerto.

-   Pues sí, Giniuco: la verdá es que no hace mucho calor que digamos; a más que los domingos ya somos pocos los que madrugamos. Parece que amenaza lluvia. Anteayer, se acercó hasta acá el afilador gallego, éste que viene todos los años un par de veces, y aunque yo no creo en esas cosas, parece ser  que cuando llega barrunta agua. Ya es viejo el dicho. Afilador de primera, trae la lluvia con su rueda

-    Y, dígame.  ¿Para donde le lleva el aire?

-   Pues ahora mismo, hacia donde tú vayas porque tengo un de aquel a los nervios que no me deja parar quieto ni un momento, y ya estaba yo deseando encontrarme con alguien que me de la palabra.  

-    Pero,  si usted siempre ha sido muy calmao.

-   Pues mira: de hace poco acá, me acalambra to lo que me arma: dende las coderas, hasta los dedos de las dos manos; de los güesos de los carcaños, hasta la rabadilla, y bueno, con decirte que parece que tengo azogue hasta en las orejas

-    ¿Pero es que no se encuentra bien de salud?

-  ¡Qué hacer! Dando gracias al Soberano, de salud me encuentro lo que mejor; bueno… hasta ahora.

-    ¿Cuántos años tiene?  -    ¿Cuantos te parece que tengo?

-    Pues, creo que sobre poco más o menos, la edad de mi tío Isidro: unos 86.

-   Y dos más que anduve a gatas. U sease; 88 y muy pronto los 89.

-    Nadie lo diría, porque a más de no tener ni una arruga, camina usted como un montañero de veinte y tiene  vozarrón de sargento instructor. El que no le conozca, no más de setenta le echará.

    Sonrió el hombre agradeciendo en el fondo el cumplido, aunque se diera cuenta perfecta de la buena  intención del joven distante de la realidad. Él siempre se había conformando con ser como era.

-    ¿Y que es lo que tanto le pena?

-  Hay cosas que no me gustan: de lo que veo y de lo que oigo;  sobre manera de la televisión y por el arradio. No sé yo a donde vamos a ir a parar. Tampoco sé que ha sido de aquellas ilusiones; mías, de tu abuelo y de los otros, trabajando a pescuezo;  a más de vuestras madres, que en siendo unas santas pa sacaros adelante, ni ellas ni nosotros  no lo hemos visto ni muy agradecido ni muy pagao. Hoy, los jóvenes, en los pueblos grandes, no hacéis caso de nada. Yo creo que no hay de aquello bueno que tenía que haber, sin tanto vicio y tanta jarana. Después, de ahí viene lo que viene.   ¡Qué va a ser de esti mundo en el que lo mesmo viejos que jóvenes estamos todavía presentes de milagro! Yo y los que semos allá, más o menos, ya no lo hemos de ver pero en lo que resperta a la juventud no sé yo que no conozcáis otra vez la miseria.

-  Hombre…Yo creo que a medida que se va creciendo en edad, siempre se ven las cosas más encrespadas que lo que son. Hoy en día hay un poco de todo; siempre ha habido un poco de todo. Cuando yo era  niño, se juntaban en casa de mi tía Rosa casi todas las vecinas, casi todos los días; hilaban  y tejían chaquetas con  lana de las ovejas y siempre oía yo lo mismo.  -La juventud está perdida; no se a donde vamos a ir a parar...   Pues ya ve usted, señor José, que han pasado unos cuantos años y aquí estamos viviendo mejor que nunca. Esas cosas se dirán siempre por la fuerza de la costumbre creyendo, los mayores, que se educa a los hijos con menos respeto cada vez. Sin embargo, los jóvenes pensamos que no es necesaria ni conveniente aquella rigidez del alpargatazo y tente tieso, que lo que hacía era distanciar los afectos entre los seres más queridos. En fin: los jóvenes sabemos que ahora vivimos mejor.

-  Nooo: si no pare la burra cuando queda embarazada. Esto tarda en revolverse, pero mucho antes se van notando los síntomas, sin haber llegao los alpargatazos.   Di tú que tenemos la gran suerte de vivir donde vivimos,  porque en siendo este un pueblo tan apartao  no le han llegao más que las primeras perdigonadas, que a alguno ya le han puesto cojeando. Los mal llamaos castigos a los chavales chicos, no pasaban más allá de mantenerlos alejaos de las malas mañas, algo que de ninguna manera enfriaba el cariño entre ellos y los mayores. Es más, a medida que crecíamos íbamos  agradeciendo el que nos hubieran enderechao a tiempo. Lo que si te digo es que había  respeto a la vez que amor entre chicos y grandes. No sé si ahora podéis decir igual.  

-   Hombre: aquí nos llevamos todos bien. Yo me llevo de maravilla con todo el mundo y me parece que los demás son buena gente y que también se aprecian entre sí.  Las discrepancias que a veces  surgen  entre  vecinos, son parecidas en pueblos pequeños que en  ciudades.

-   Sabes lo mejor de lo bueno que tú tienes…

-   Pues, no sé, no sé. De todas las maneras, es que usted me ve con muy buenos ojos.  Yo también tengo defectos. Todos tenemos defectos. El problema es que nadie les queremos reconocer en propia persona.

-   A ti todo  el mundo te parece bueno. Lo mejor que   puedes des haber hecho, hasta ahora, es no estar metido en la cosa ésta de los mandamases.

-   La verdad sea dicha, que como no paro mucho en un sitio fijo y aquí en el pueblo tampoco estoy casi nunca, no he pensado en pertenecer a ninguna asociación.

-  Es que ya hubieras sido alcalde pedáneo, como poco. ¿Sabes lo que te digo porque te quiero bien?... Que pa ser buen ciudadano no hace falta más carné que el de identidad,  y ese porque es obligatorio.

-   ¡Hombre tío José!   Alguien tiene que desempeñar los puestos de gobierno, porque   si todo el mundo hiciese lo que nosotros dos…

-   Pero si es que en los sitios grandes, tos quieren mandar a cual más; no se conforman con nada. Unos de uno y otros de otro, nunca van juntos a beber a la misma poza. No se habla más que de lo mismo donde quiera que estés. Ya no se va a la cantina a beber el porrón de vino y a hablar de lo que siempre se habló. Ahora no hay más que discutinios;  la mar de las veces, sobre cosas tontas en las que todos quieren lo mismo pero llevándose la contraria. En este pueblo nuestro, que somos cuatro pelagatos, hay muchos más burros que pesebres. ¡Cuando se ha visto! El pedáneo  que no es ni del pueblo, pero le han puesto los aditos a él, que son los más. El segundón, que  llaman teniente de alcalde, no sé que será lo que tiene que andar teniendo. Una secretaria, que también es de fuera, y una aguacila, hermana de la secretaria, que viene acá por el verano y dice que va a ayudar en los ratos libres en sin cobrar nada. Ahí han convertido la casa retoral, de toda la vida, en consistorial. Creo han montao unos cuartos amueblaos, que le zumba madre, con lo mejor. Es más; los muebles que tenía don Sixto, el señor cura párroco, se los han regalao a carítas, que dudo yo mucho de si no habrán ido al basurero ese grande que hay allá en los enderredores de la villa. Yo, no es que lo haya visto, pero cuentan que si el alcalde ha montao la su mesa pa él sólo, en la alcoba donde dormía el señor cura.

-   Pues le digo la verdad, que cualquier casa, incluyendo la rectoral, está mejor habitada que vacía. Ya estamos viendo que las casas deshabitadas terminan por caerse en el mayor de los abandonos. Si es que la han arreglado bien, siempre dará gusto verla.

 -  Sí; pero los dinerales que se gastan en ello ¿de donde salen?  Mira Giniuco: a mí, a última hora, no es que me importe gran cosa, porque en nada de tiempo me va a sobrar todo, pero me duele. Puede, como dices sabiamente, que lo de arreglar la casa  perteneciente a la iglesia, haya sido un acierto. Aquel  cura ya se murió y no hay que correr detrás del asunto. Al menos nunca nos ha faltao la misa, en los días de fiesta, con el sacrificio de este otro pobre hombre que tenía que estar jubilao y tiene más trabajo que nunca con once pueblos a su cargo para ejercer los mandaos del Señor. Por cierto, que cuando se murió el otro, su hermana la Aurora, se hacía  de cruces comentando a todas horas…   - ¡Cómo se puede morir así, sin más, un ministro de Dios!   Es verdad, que los curas solían llegar a muy viejos sin extrañar que para ello  contaran con la ayuda del Todopoderoso para ser por mucho tiempo padres espirituales de los cristianos. Algunos  feligreses, algo más necios según la Aurora, pensaban y comentaban que a tal ayuda divina se sumaba el descanso continuo, el buen comer, el no trabajar, y la falta de vicios.  

 

    Ahora, otra cosa es que la alcaldía se llene de empleaos con ganas de trabajar, pero que no tengan nada prático que hacer.

-     ¡Hombre; tanto como no hacer nada!…

-   Aquí en esto, no hubo nunca al frente de la cuestión, más que Fermín. Nos duró ni sé ya cuantos años, pero muchos. Y, sabes lo que te digo: nos traía a todos derechos como velas. Aquel, en cuanto alguno se le adesmandaba pronto le decía…  - Y si en tu casa no te ponen vergüenza, te la voy a poner yo.  Sabido era lo bien considerao que estaba por la guardia civil del cuartel de la villa.   No  tenía  más  que  abrir  la  boca  para que el cabo repartiese algo de lo que generosamente solía repartir, a partes iguales, cuando  algunos se salían de madre.

-   Fermín no tenía más oficina que el cuartuco aquel de la Casa Concejo: un chamizo tan chico, que cuando había cuestiones a tratar del asunto del pueblo, si asistían todos, la metá de ellos tenían que estar a la parte fuera de la puerta; pero él bien se arreglaba a tener el pueblo en orden. El otro mandatario era el de la junta ganadera, y aquí no había más tío páseme el río que entrar todos por el  aro de lo que acordase la mayoría, también en concejo. Si el alcalde tenía amistad con la guardia civil, por un por si acaso,  el presidente de los ganaderos no tenía menos con el alcalde; así que para qué te voy a contar más. A mí nunca me gustaron los discutinios con acaloramientos, aunque en saliendo de la casa de concejo, se habían olvidao, pero ahora ya empieza a notarse que con la libertad de decir lo que se quiere, sea lo que sea, rara vez se convencen unos a otros de lo que quieren imponer. Y digo yo, que si tan difícil es llevarse todos bien tenga cada uno la idea que quiera…

-  En eso si que tiene usted toda la razón. En cuanto a  la recuperación de las construcciones, se han mejorao las casas del pueblo - también la de usted - para poder vivir todo el mundo como Dios manda. Es de bien entender que el modelo de entonces, como Casa de Concejo, sea hoy  otro muy distinto donde se pueda habitar dignamente. Hay veces que de tanto querer tirar de la cuerda, se termina en la miseria más deplorable,  que nadie desea.

-   No, si todas las cosas están bien sin demasiada bimbolla. Ahora, a mi corto entender, pa un pueblo tan chico,  yo creo que son demasiaos los que se sientan en los sillones. Parece mentira que estando todos ellos tan acaldaos, tan descansaos, y teniendo todo tiempo del mundo, no se pongan de acuerdo con más facilidad.

-     Es que, ustedes los mayores…    

-    Di mejor  los viejos hijo. No lo adornes… ¡Los viejos! -  dijo recalcando lo último. Ya sabes que a mí me gusta llamar a las cosas por su nombre.

 -    Bien, pues… ¡Los viejos, hombre, los viejos!  Le decía yo, lo de no entender ustedes bien que Democracia quiere decir Libertad lo cual es, entre otras cosas, libre expresión de la palabra,  libre forma de actuar y  decir lo que uno quiera. Resumiendo: hacer cada cual lo que mejor quiera, que ya iba siendo hora. Eso es algo que a ustedes, entonces, les traía muchas complicaciones. ¡Ah! y sin olvidarnos  que va siendo hora de repartir un poco la riqueza del que más tiene con el que tiene poco o nada.   

-  ¡Bueno, bueno, bueno!... Mira majo: hacer lo que da la gana, nunca lo he visto yo así de fácil ni entonces ni ahora. Lo que siempre se ha dicho sacar los pies de las alforjas, antes y ahora ha traído muchos disgustos. Pero mira por donde yo no estaba enterao de tanta ventaja. Sabiendo eso, en los pocos años que me quedan de vida, calculo que todavía tengo tiempo a hacerme, de balde, con unas cuantas fincas de las del molinero y de las de el indiano. ¡Menudo chollo!

-    ¡Hombre, señor José! Se entiende hacer cada uno lo que le apetezca, sin que a los demás perjudique.

-    Ya, ya… Ya te entiendo mejor ahora, pero te voy a decir, o mejor dicho te voy a aconsejar,  porque te quiero bien y porque los años me han dao la asperiencia, que ni  te se  ocurra hablar de lo primero que te se venga a la cabeza. Cuando estés acompañao de gente desconocida, no olvides que la lengua tiene muy buena casa. Ya sabes también, que por la boca muere el pez. Hablando lo justo, aún te saldrá quien te contradiga, con mal ver, y tampoco olvides que el que mejor queda en una conversación es el que más escucha a los otros; es decir, el que está más callao; porque el que mucho habla en mucho erra. No tienes más que ver a algunos vocinglones de la televisión: las más de las veces cogen siento en una mesa a discutir de algo, y hablan tos a la vez que no hay quien les entienda. Así tapan los unos a los otros la voz pa que no se les oiga lo que no conviene. El caso es, que les ves y todos parecen buenísimos y listísimos pero luego te das cuenta de aquello que siempre le oímos decir al señor cura, ya difunto, que donde parece que hay mocillas, no hay ni colgaderos.

- Señor José.  ¿Sabe que el machismo actual del hombre se ha heredado de ustedes nuestros progenitores? Parece ser que la mujer era algo así como la criada del hombre, que cargaba siempre con los peores trabajos y nunca disponía nada por su cuenta. Bueno, hasta se les prohibía el derecho al voto.

-   No entiendo muy bien la razón de lo que se viene diciendo ahora, que la mujer llevara peor vida que el hombre. No se, no se: lo cierto es que siempre ha habido más viudas que viudos. Pero mira, voy a empezar por decirte que lo primero que se suele heredar en costumbres, es lo malo; aunque por suerte lo muy malo y lo muy bueno siempre ha andao escaso, por lo menos entonces, aunque hoy parece que empieza a ser al revés. Pero yo te voy a contar un poco para que lo comentes, si bien te parece, cuando te ajuntes con los jóvenes amigos tuyos.   En primer lugar, y ya que has sacao a relucir lo de las mujeres de entonces, sabrás que ni la mujer tenía voto ni el hombre tampoco. Es más, en las juntas de concejo las viudas que asistían en representación de la familia tenían voto tan valedero como el del hombre además de estar exentas de asistir a las obras públicas del pueblo, como eran los arreglos de caminos y espalear la nieve en los inviernos.  De estudiar, también has de saber que aquí había una escuela donde, con mucha suerte, estaban los chavales y las  chavalas hasta los catorce años teniendo los mismos derechos a estar allí. Si verdad era que las muchachas perdían muchos días, no menos los guajes. Ellas a atender labores de casa para que los padres fueran al labrantío de las tierras y ellos a cuidar las ovejas. Por cierto hay que decir, que en este pueblo nuestro hubo  una maestra, en la escuela, durante muchos años, que sabía lo suyo de coser, bordar y tejer.  Dos días a la semana dedicaba algunos tiempos a enseñar a las chiquitas todas esas labores, en horas extra que no cobraba, y los padres sacrificábamos todo para que ellas no faltasen; así es que estaban en ventaja frente a los muchachos. Unos y otros tuvieron más suerte que nosotros, aunque tampoco mucha que se diga.

-    ¿No había escuela en el pueblo cuando usted era pequeño?

-   Sí, sí: había edificio, pero más de la metá de los días del año, no había maestro. Así que cuando llegaba algún enseñador, pocos hacían caso de mandar allí  a los hijos. Yo no sabía ni por donde se entraba, porque no fui jamás. A los once años ya estaba de pastor, en el puerto, con el señor Tomás. No veníamos a casa más que cuando cogíamos algún catarro, con tiritonas, y cuando empezaba a nevar para meter el ganao en las cuadras o vender parte de las reses pa carne.   Lo  bueno de allá  arriba era que no nos faltaba la comida; en sobre manera, leche y tocino. También hacíamos tortas de harina de maíz.

-  ¿Cómo cocían las tortas? 

-   Las preparábamos,  entre cocidas y fritas, en la sartén a fuego lento. Después de hacer un envuelto blando con la harina, agua y sal, lo esparcíamos en la sartén con un poco de grasa derritida del tocino y salían delgadas y doradas, riquísimas. Gracias al acompañamiento de las tortas para comer el tocino frito, porque cuando nos quedábamos sin la harina, sólo con el tocino frito, cogíamos unas estomagadas, con aguaderas, que nos poníamos a morir. Eso nos pasaba también cuando comíamos muchas patatas asadas y bebíamos agua después. Las patatas eran lo que más nos gustaba, amañadas con el aceite del tocino, pimentón y ajo, por lo que las acabábamos lo primero entre todas las provisiones. Después, tocino frito y leche a todas horas. 

-  Aún existe la idea de que cuando se mandaba a alguien a estudiar, siempre   era  varón, no  dejando  que las  féminas marchasen de casa.

-  Hombre: yo te voy a hablar de los pueblos, porque en las villas y en las capitales no sé lo que pasaría entonces pero aquí en esto, hasta el año 1985 en que el hijo - único- de Urpiano salió a Madrid a estudiar pa veterinario, nadie tuvo nunca ocasión de hacer más estudios que los principales escasos. Ni hombres ni mujeres. ¡Ah! y este muchacho, a gracias que pudo marchar a estudiar, ya que  heredaron bastante de un indiano, tío lejano de Piano, pero no creas que era más listo que el mi Samuel el mayor de los mis chiquillos; lo que pasa que la suerte es la suerte. Pensáis hoy que a las muchachas solteras no se las dejaba marchar a trabajar. Yo me acuerdo la envidia que mi hermana Rosaura nos dio a todos cuando se marchó de sirvienta con una familia de Valladolid; envidia buena, no de la otra. La recomendó el señor cura, y ella, probe, nos mandaba a casa parte de lo que ganaba, que no era mucho. Cobraba  siete pesetas al mes más la comida y la cama-. De vez en cuando, la señora ama de la casa escribía una carta, por mandao de mi hermana, que recibíamos y nos la leía  Antonio el tabernero; por cierto que tenía que leerla unas cuantas veces palabra a palabra porque de bien que estaban  hechas las letras Antonio no las entendía a la primera.  Decía que era letra inglesa y que él no se arreglaba bien.  Después, nosotros, se puede decir que también la leíamos con alegría a diario, sin el papel delante porque habíamos aprendido de memoria toda la historia de nuestra Aurora allá en tierras lejanas. Palpábamos que no trabajaba a lo bestia como aquí en esto. Sabíamos  que comía bien, que aprendía cosas nuevas y que a pesar de echarnos mucho en falta, estaba que no cabía en el pellejo de alegría y de lo que había engordao.  Al año de estar allá nos mandó una  afoto d´estas que llamaban del minuto y que sacaban los retrateros al aire libre, con unas telas, atrás, en el respaldo, pintás de colorines, que parecían mismamente floreros. No se la enseñamos a nadie de fuera de la familia, porque no vimos a la nuestra hermana muy favorecida. Con un sombrero de pingorota y un vestido largo de volantes encima de la su ropa, sin haberse quitao la chaqueta, y  con lo que había  engordao,  por aquel  abultamiento, mi madre  nada  más verla,  cogió  una llorina  que no se la quitábamos con nada. - Miraila bien- nos decía - ¿O es que no la veis ?...       Menos mal que a los pocos días nos dio la sorpresa de venir a casa la  primera vez,  porque tanto recalcar el asunto de que aquellas gorduras no eran normales, también yo llegué a creer que nos iba a aumentar la familia, sin tener cuñao alguno. U sease, como se decía entonces, traernos un diploma en sin estudios y un buen disgusto.

-  Oiga: aquello  de que  una  muchacha  estuviera en estado de buena  esperanza sin haberse casado, se consideraba por los familiares una verdadera tragedia.

-    Pues sí: la verdad sea dicha, así era. Lo llamaban una mancha en la familia, y otros, el diploma.

-   Según tengo entendido, si no se casaba, no dejaban salir de casa, por el pueblo, a la embarazada o pronto la mandaban  a servir fuera de donde no volvía en toda su vida.  No Pensará usted, tío José, que no había machismo…

- Pero si la másintolerable  era la madre de la desgraciada que no  echaba el   disgusto de   encima.  Yo  creo que eso, no es que fuera machismo; eso era una salvajada.

-   Si el responsable del asunto no se quería casar, ¿nadie le pedía cuentas?

-   Te diré, que en siendo los padres como Dios manda, o se casaba o le echaban de casa. En el pueblo de al lao, bien les conocemos todos, ocurrió el caso y entre los padres de él y de ella les llevaron en volandas hasta la iglesia. Claro, que así resultó el matrimonio.  El responsable del asunto alegaba que la muchacha estaba muy sorda, por lo que muy mal se entendía con ella; así, que  lo de no ir a la vicaría lo ponía a mayores. El padre, con buen aplomo, le advirtió bien advertido. - ¡Eso haberlo visto antes!  Además, si oye mal menos se distrae.  Ahora que como tu padre se llama Tarsicio, con ésta no te sales. ¡Ah! y aprovecha a andar listo, que los hermanos de ella ya han hablao de darte un repaso, al pronto, en condiciones; y si eso pasa, allá te las entiendas solo. Estás acostumbrao a ser siempre un viva la virgen, pero ahora tendrás que aplomar  para dar de comer a tu mujer y a lo que va a venir.

    Lo que yo sí te puedo decir, amigo Higinio, a buen seguro, es que caso como éste nunca conocí otro.  Bueno, lo de separarse los matrimonios nada más que allá te voy, eso no se veía. Y, vamos… lo de poner la mano encima a una mujer, el bárbaro que lo hacía ya se podía ir del pueblo porque nadie allí le volvía a mirar a la cara.  De todas maneras, en el caso del hijo de Tarsicio tuvo un poco culpa la madre del muchacho, pues él siempre dijo que tenía una novia lejos del pueblo con la que partía mejor el bacalao que con la otra de aquí. La madre, dale que dale, siempre con lo mismo, no hacía más que decirle: - piénsalo bien. Ya es sabido, que  el que va lejos a casar, o va engañao o va a engañar. Luego, todo su aquel, de la madre, era que el día que se casara  su chiquillo, fuera, el matrimonio, a vivir juntos con ella y con Tarsicio.  Yo creo que cuando el reflán dice el casao casa quiere, es porque ya se ha visto que así debe ser. Casi todos los reflanes salen de la pura realidad, con asperiencias que desde muy atrás ya ha tenido la gente y de las que debiéramos copiar para evitar males mayores antes de decidir el hacer las cosas.

  

-   ¡Pero oiga!   No se comprende que dos personas unidas por el matrimonio, se hayan equivocado, se lleven mal y tengan que soportarse toda una vida. Hay hombres que somos insoportables.

- Siempre ha habido de todo, igual en hombres que en mujeres; pero también ha habido bueno y malo en cada uno de entrambos  del matrimonio. El primer cura que yo conocí en esta parroquia, solía decir  -Nadie meamos agua bendita.”  aquel era de los antiguos; de los que llamaban a las cosas por su nombre sin arrodeos.  

    Tú ya no conocistes a Lupicinio y la Lorenza, que en gloria estén. No tenían hijos y se llevaban fatal; aunque como se suele decir, allí no se quemaba más que una casa. Lupi  fue un borrachín de toda la vida pero el mal lo tenía pa él sólo porque no se metía con naide. La Lorenza, que en la vida aguantó pisotón en juanete viniera de quien viniera y menos del su marido, había impuesto como ley pasarle por alto una cogorza semanal, sólo el domingo. Bueno, pues como a él se le ocurriera venir en malas condiciones, dígase mamao, algún otro día más que el domingo, le arreaba  unos viajes que le consolaba.

-    Pero… ¿Le pegaba ella a él?

-    ¡Cómo que si le pegaba!... Le arreaba unas morradas que le dejaba medio atolondrao, casi todos los días. Esto, sin embargo, no se veía tan mal como cuando era la mujer quien recibía la leña. Más bien sonaba a algo tan raro como chistoso.

-    Si venía muy cargao, no le haría falta mucha leña para dejarle medio dormido.

- Sin embrago y en contra de todo parecer, se murió mucho  antes la Lorenza, que de no verlo nadie lo hubiera creído.

-    ¿Qué fue lo que  la pasó?

-   Según dijo el médico, una perritonitis, pero según dijo Lupi, una indigestión de patatas fritas. Es a lo que te iba: Cuando nos juntamos en su casa la noche del velatorio, no había consuelo pa el pobre viudo. Mientras más entraba la noche más se le subía el llanto; hasta que intervino Cándido el de la  Máxima soltando, sin pastor,  una de esas tontunas que siempre tenía y que acababa en el acto con las conversaciones. Va y le dice…  - No la llores tanto, que al fin y al cabo era mala como un dolor.  

-    Lupicinio, el hombre, acalló un momento el berre berre para decirnos tartamudeando  - Sí… sí… no digo que no, pero yo con ella me arreglaba.   

-    ¿Usted cree que se vivía mejor entonces?

 

-   Nunca he dicho que los tiempos pasaos en lo tocante a los posibles fueran mejores ni lo creo, porque se sufrieron muchas penas. Primero, cuando yo era un niño, no había más que miseria y analfabetos. No habíamos vivido nunca bien, cuando para arreglar la situación, se nos presentó la guerra civil.

-    ¿Usted, estuvo en la guerra?

-    A mí me movilizaron con los soldaos de la República y aunque no tiré ni un tiro, me silbaron a menudo las balas bien cerca de las orejas. Como era muy joven, me pusieron a montar barracones de ayudante con un carpintero madrileño que no curaba las colitis del pánico que pasaba. Cuando yo le decía que no tuviera tanto miedo, contestaba que si a mí no me afectaba todo aquel cisco era porque andaba escaso de conocimiento. Pero ya ves: él con esconderse tanto, fue herido cinco veces. No sé qué arte se daba, que en cuanto que asomaba el cuerpo por fuera de los tablones que estábamos montando, ¡Zas! camilleros pa arriba y pa abajo con el recao. Yo creo, que alguien de la otra trinchera le había localizao y le estaba esperando todos los días a que asomara; menos mal que no debía ser muy asperto apuntando, porque las intenciones de mandarle a cenar con Dios estaban bien vistas. Por aquel entonces cantábamos, en el frente, aquel cantar que decía: 

                                   

                                 …A la guerra, madre, no van mujeres

                                 Que sólo van hombres y en ella mueren

 

    Cuando los mis guajes nos leían libros de la escuela, se nos quedó grabao lo de aquella tal Agustina de Aragón, que murió al pie del cañón defendiendo la Patria.

 

     Después de todo lo que viví en los frentes de Sargentes de la Lora y más allá, hoy pienso en los miles de hombres que murieron, por la misma causa, al pie de tantos y tantos  cañones. También murieron dos hermanos de este pueblo: Urpiano y Ladislao, de los  que nunca más se supo. Su madre recibió una carta que decía: desaparecidos en el frente de Teruel. Digo yo, que también podían haber dicho y hecho algo más en sin ser tanto como lo de la tal Agustina.

     Después de que pararon la guerra, en los tiempos que siguieron, muchos años, retorcimos más miseria que nunca. No sé que arte se darían en las villas grandes para poder comer pero nosotros en las aldeas,  gracias que teníamos donde eslomarnos a brazo partido para no pasar hambre, aunque sí necesidad de muchas cosas. Sembrábamos todo lo que valiera para comer, aprovechando los sitios libres. Hasta encima de las paredes poníamos tierra plantando matas de  fresas y perejil. En nuestra casa, cuando vivían los viejos y aún estábamos juntos los hermanos, llegamos a tener seis vacas, treinta ovejas, cuando menos 15 gallinas, un chon al año de 15 arrobas y siempre seis o siete conejas para criar. Los conejos nos daban la vida, porque a penas nos gastaban piensos ya que todos los días salíamos a recoger lecherinas al campo y con ellas se mantenían; en invierno, con hierba seca y algo de trigo, poco. El poblema era el pan, porque si sembrábamos grano para los animales, como yeros o habucos,  cogíamos poco trigo para cocer pan. Por otro lao, dedicábamos  la huerta de casa a repollos de berza, arbejas, alubias y patatas. Las crías que daban las  vacas y ovejas, vendíamos a los carniceros de la villa y con ello nos compraban las ropas y el calzao que mi padre no podía fabricar en casa. Él nos hacía las albarcas con tarugas y también los alcorcos. Los alcorcos nos degollaban los pies.

- Ya he oído yo alguna vez nombrar ese calzado: los alcorcos.  ¿Como eran?

-  Era calzado de montaje casero, que en el pueblo casi todos los hombres usaban. Se fabricaban las suelas a partir de madera de espino - madera dura - y se aprovechaban las partes superiores, cuero o lona, de las botas usadas. Hemos de saber, que lo primero que se rompían eran las suelas del calzado, fabricadas generalmente de goma, en muy mala calidad. Las mejores eran las del producto llamado entonces vulgarmente tocino - suelas de tocino -. Para fabricar los alcorcos, se quitaban las suelas viejas con cuidado de no estropear la parte superior, y ésta se claveteaba a la madera todo alrededor. Otras veces, a la suela del mismo estilo, se le aplicaba una tira de goma ancha y fuerte, de neumático de rueda coche, de lao a lao del empeine del pie, para poder gastar, este tipo de alcorco- chancla, con cabida para alpargata y usar cuando estaba el suelo mojado. Las suelas de goma y trapos viejos, se almacenaban para las visitas del trapero cacharrero, una al año, que cambiaba por alguna taza, plato u orinal, de fabricación en casco de la manera más asperiza imaginable. También intercambiaban chatarra por algún botijo o un porrón, este generalmente defectuoso de fábrica, con la salida del pitorro casi tapada. En algunos casos, al ampliar la salida raspando con la piedra de dar pizarra al  dalle de segar, se astillaba el vidrio y no valía para más.  

    De vez en cuando, mi madre, también compraba aceite y arroz.  Siempre guardaba ella algo de dinero, nadie sabíamos donde, para en caso de ponernos malos darnos de comer cosas compradas, - también vino rancio con plátanos- y para cuando se celebraba alguna fiesta. Casi todas las mujeres acudían a la cantina, al fiao, para comprar los alimentos que se iban acabando en casa. Después se pagaban, en su día, con el produto de las ventas de patatas, terneros y lechazos. En cualquier caso, siempre con escaseces.

-  A mí, le digo la verdad, lo que más hoy me admira, es ver a mis padres y a mis abuelos tan estrechamente unidos a través de  tantos años. Doy gracias por ello, pues mis hermanos y yo mal hubiésemos soportado verles maltratarse a menudo y mucho menos saberles  separados. A usted,  ¿qué le parece lo de que la mujer trabaje?  Lo de la igualdad, lo de los niños en las guarderías y lo del machismo heredado… y…

-  Mira, amigo mío: las normas que nos imponían los mandamases de entonces, eran una cosa, y las que seguíamos nosotros eran las nuestras propias, que es muy distinto.  Así debiera seguir siendo, en mutuos acuerdos, que es lo que siempre debe tenerse en cuenta para no reñir. En casa de cada uno, cada cual hace lo que mejor le parece dentro de un de aquel bueno. Para superar, entonces, las grandes crisis económicas, no nos hubiera faltao más que llevarnos a la cresta. Las igualdades entre marido y mujer se demostraban bien demostradas en sin tanto decir que si esto que si lo otro. Nos repartíamos los trabajos procurando quitar el uno al otro la mayor carga posible dentro de sus fuerzas y conocimientos. El trabajo fuerte lo llevaba el hombre sin darle la menor importancia, y la mujer la parte acaso más complicada porque ella sabía mejor tener un orden de aministración, con el don de educar bien a los hijos y reprender al marido las malas costumbres. Era de necesidad buscar trabajos, además de los del campo, de lo cual se encargaba el marido. Mientras tanto, las mujeres en casa, con los chiquitos agarraos a todas horas a las faldas de su madre, lavando ella ropa,  fregando cacharros a todas horas, preparando el puchero y además cosiendo y tejiendo por las noches robándose tiempo de sueño, sin perder de vista las ayudas al marido en lo de atender a los animales y laboreos del campo, que todo ello no era moco de pavo.  Para que los jóvenes podáis juzgar mejor cuando y donde nació y prosperó el machismo, te voy a contar sólo una miaja de lo que hacíamos los hombres y esposas.

     Fuimos aquellos que os trajimos al mundo en catervas de familias numerosas y que os criamos lo mejor que pudimos sin escatimar sacrificios. Sí, sí: a los  que hoy se critica de haber explotao a sus compañeras de toda la vida, que no hay cosa que más me duela. Pues bien: habéis de saber, que los que teníamos ocasión y fuerza humana a prueba, además de las labores del pueblo, que no eran mancas, trabajábamos en canteras, trabajábamos como braceros de molinos y almacenes, también en minas, y con mucha suerte, de fijos en fábricas dedicadas a los yerros calientes, en destinos que no son ni para mencionaos, por ser una verdadera animalada. Los labradores de trabajo al aire libre, con sol o con lluvia, que no conocían aquellos otros trabajos, envidiaban la suerte de los que trabajaban bajo teja. Con las grandes nevadas, salíamos de casa en recorrido al lugar de trabajo, unos cuantos kilómetros, pasando las de Caín. Para enganchar a las seis de la mañana, sin faltar nunca el reló despertador, había que levantarse a las tres, tomar algo caliente, poco, hacer un repaso de limpieza de las cuadras  y dejar la comida para los animales a punto y a mano, mesando la hierba de la pella prensada del pajar, que costaba lo suyo, para que la mujer se lo acercara a la hora acostumbrada. Después, el calvario del recorrido a pie, casi siempre con un frío horrible y unas ropas que se mojaban al pronto de arrancar de casa y con las que, en algunos casos, había que estar trabajando todo el día calaos  hasta los güesos. Entonces no había chubasqueros ni tampoco lavadoras automáticas, ni cocinas de butano, ni ollas a vapor, ni siquiera agua corriente en las casas.

     Ellas solían hacer las coladas en festivos, porque nosotros acarreábamos el agua desde la fuente o desde el río, infinidad de veces abriendo huella sobre medio metro, o más, de nieve. Yo solía ir al río porque aunque estaba mucho más lejos, llenaba los calderos de un golpe no teniendo que esperar quieto parao en la fuente, a que se llenaran a chorro, tiritando de frío. Cuando no había tantas dificultades para andar, nuestras mujeres lavaban en el río o en las pozonas que se llenaban con los desnieves en las eras, a veces rompiendo las capas de hielo para poder lavar y aclarar. Por mi parte, siempre he pensao aunque no dicho,  que lo que más envidié de la mi Manuela, fue estar la mayor parte de la  vida junto a nuestros hijos. Yo, entre el marchar trempano y volver tarde de los trabajos, a penas les veía despiertos. Me daba la impresión, a veces, de que no me querían. Nunca tuve tiempo para tenerles, de pequeños, sobre las rodillas o jugar con ellos. Recuerdo muy bien que cuando se acercaba la fiesta de los Reyes Magos me quedaba en la cocina, yo solo, trasnochando lo indecible, durmiendo a penas dos horas antes de salir a trabajar, para prepararles algunos juguetes de madera, a punta de navaja, haciendo que se parecieran lo más posible a los aperos de labranza que teníamos en casa. Así es que no acolumbro yo a ver cuando se ha tejido lo de feministas y  machistas… ¡Vosotros sabréis! Vamos… digo yo.    ¡Ah! y no me se ha olvidao del todo aquel cantar que cantábamos, así como de coña, a las nuestras parientas. A ellas, yo creo que las gustaba bien d´ello cuando nos oían vocinglear que ellas eran las mandonas en casa.

     Si mal no me acuerdo, decía así:           

                      

                                 En casa manda el maridooo

                                 Pero suele aconteceeer

                                Que siempre se hacen cosaaas

                                A gusto de la mujeeer…

 

-   ¿Qué tal se las arregla usted solo en esa casona tan grande?

-    Desde que  me se fue la mi Nela, ando de acá para allá, como una cosa tonta, sin encontrar el norte. Lo peor de todo son las noches que no pego el ojo. Al principio fui a Barcelona: allí se habían ido todos, unos detrás de otros. Hijos, hijas y nietos, tienen de todo, pero les falta lo principal; la tranquilidad.  A mi hija mayor la han robao cinco veces en menos de un año - tiene una tintorería- y se ha puesto de los nervios que no hay quien la aguante. Los que llevan algo en la cartera, van andando y miran más pa atrás que para adelante. Lo del tirón del bolso, a las mujeres mayores, se lo hacen con más frecuencia que lavarse la dentadura. Algunas, las probes, que se resisten a soltar las asas, terminan espatarrás por el suelo y sin el bolso.  Por allí, por aquellos barrios apegaos al de la tintorería, anda un ratero al que llaman  el repeinao. Le  han detenido veintiocho veces. Cuentan por allá que los amigos de ese paisano entran detenidos  y salen sueltos de las oficinas de la policía como de la cocina de su casa. Dicen que entran por la puerta de alante y salen por la de atrás, como si nada. Y digo yo que por qué no tapian las puertas de atrás y así no se escapa ni uno…  No paraban las hijas de alvertirme de que no paseara yo por la mayor parte de las calles, pues a un viejo le habían arreao, en aquellos días, una paliza que le dejaron en sin conocimiento. ¡Hombre por Dios! Eso no es vivir. Visto aquello, a mí lo de las libertades democráticas que tanto dice la televisión, me parece una broma. A este paso no va a haber sitio en las calles para la buena gente.

-  Eso, en las grandes ciudades, todas, ocurre de vez en cuando, porque entre tantos habitantes hay de todo pero no vaya usted a creer que por donde quiera que se circule se va a encontrar todo el mundo con esos desmanes. En Barcelona, precisamente abunda la policía vigilando.

 -  Ya, ya,  pero  si te toca como la ha tocao a la mi hija en la tintorería, ya te han arreglao para largo. De esas cosas cuanto más lejos mejor; por lo menos en lo que a mí resperta.  Mira Higiniuco: para los que no hemos salido del pueblo, donde se respira tranquilidad por todas partes, que se quite todo lo demás. Las grandes villas, para los que les gusta el ajetreo de  mucho moverse de allá para acá. Lo qu´es a mí, yo las pocas veces que he salido de casa, he vuelto con malos recuerdos.

-  Pues la verdad es que marchó usted de aquí, según me cuenta, la primera vez para la guerra.

-  Sí, ya ves: allí, no me limpiaron el forro de verdadera casualidad.

-  Claro, después  si  fue   usted a  Barcelona  y  no  vio  lo  bonito de aquella gran ciudad, como sólo sentía peligro por todas partes, entiendo  que no le gustara.

-  Allí no es como en el frente, pero también te pueden mandar al otro barrio.

-   ¡Hombre por Dios!  Tampoco hay que pensar que allí se dedican a acabar con la gente. Lo que ocurre, que cuando esas cosas pasan se corren como la pólvora. Antes también ocurrían pero los medios de comunicación eran tan cortos que la mayor parte del país no se enteraba.

 -  A mí me han contao, que los ladrones de poco pelo, escogen a las viejas y viejos para robarles; que les ponen la navaja al pescuezo y… bueno; mira, que los viejos no pintamos na en ninguna parte. Donde mejor, en casa.

-    Ya: sopitas y buen vino y a la cama tempranito.

-  Pues, sí. Ya te he comentao, que el que hizo los dichos, tuvo su de aquel con fundamento y éste que me dices es de los más acertaos.

-    Así, tío José, que usted en el pueblo y a lo suyo…

-   Pues, dentro de lo que cabe y a pesar de los pocos  que nos vamos quedando aquí en esto, yo es donde más a gusto estoy. Haga bueno o malo, me cojo mi cachava, a diario,  y caminito montes  arriba. Allí nadie se mete con naide.

 -  Hombre… También le puede morder algún reptil y ocasionarle algún disgusto serio.

 -  Si,  pero una culebra, si no la pisas o la atacas, para nada se mete contigo. Hay que cuidarse bien de no pisar a nada ni a naide.  

-   Tío José, como siempre hoy me ha dado usted otra sabia lección que nunca voy a olvidar.   ¡Ah! y quede tranquilo pues me ha convencido de que el machismo no lo crearon ustedes, los aldeanos de entonces.

                                                                 *********** 

                                                       

         Tres años tardó Higinio  -Giniuco - en volver a su pueblo. El trabajo de alto cargo en una importante empresa madrileña le había tenido desplazado en el extranjero durante aquellos tres largos años. Por algunas cartas de los familiares, sabía de las personas y de algunos pormenores de aquel su querido rincón. También sabía que el tío José, su gran amigo y profesor en muchas cosas, no andaba muy bien de salud.

     Llegó muy de mañana en el tren correo de Madrid. No había hecho más que saludar a los suyos y cambiar su atuendo, cuando ya estaba reclamando la presencia del señor José, a quien por muchas razones quería a más no poder.

      “Chapado a la antigua”, aferrado a los usos y costumbres de su entorno de siempre, y de manera irrevocable, aquel anciano no se adaptaba bien a los modernismos, pero sobre todo, no comulgaba en absoluto con las formas de quienes a él le parecía que no respetaban los principios primordiales de la convivencia.  Aquellas cosas, que por muchos siglos que transcurrieran él consideraba debieran seguir siendo   eternamente iguales en lo que al trato se referían. Una personalidad, cimentada especialmente en el respeto y la sinceridad, ambas complementadas con la bondad, más la fidelidad a la amistad. Su sabiduría, nada despreciable, era producto del caminar por la vida, que no de los conocimientos adquiridos en los libros. Aquel diccionario dialectal que practicaba, aunque algo corregido por contagio, conservaba, un tanto ya no muy ámplio, la solera de sus ancestros y para nada se esforzaba en modernizarlo de todo, porque pensaba que ello contribuía más a darle el título de “aldeano” que tanto le satisfacía a él y que tanto simpatizaba a los más jóvenes.   

     A Higinio, le había gustado formarse en una cultura bien alimentada, de la que ocupaban  extenso  lugar los usos y costumbres de su tierra, y para lo que había contado con la sabiduría de aquel hombre, ya viejo. El señor José era para él especial, no habiendo nunca perdido ocasión de pegarse a su sombra en cuanto podía, algo que siempre alegró a aquel su profesor improvisado, quizá por creerle un joven muy despierto  comprensivo y sincero.

     Ahora, con lo aprendido, ya siendo todo un hombre de provecho en la sociedad del momento, le llenaba de satisfacción poder formar debate sintiéndose profesor en algunos temas, que la experiencia de vivir también en otros mundos le estaba dando, observando que algunas de las filosofías de el tío José, se iban quedando obsoletas, sobre manera para aquel terreno de fuera de las aldeas, pero la innumerable cantidad de historias que escuchaba del viejo, siempre le atraían, le asesoraban y  le  cultivaban.

     Con la intención de acompañar a su amigo en el paseo montaraz de cada día, según costumbre en sus estancias allí, se acercó a la casa. Admirando, una vez más la magnífica construcción en piedra  pensaba en el arte de los canteros de aquellas épocas, de atrás en las que no contaban con muy buenos medios para desarrollar el arte profesional. Aunque la casa del  tío José era la mejor y más grande del pueblo, se podía apreciar la misma línea de construcción en todas las demás. Piedra de sillería y madera de roble. En los últimos tiempos se había decantado la gente por dejar al descubierto la piedra de los paredones, picando -eliminando- el recubrimiento inicial de la cal-arena. Ello  daba empaque y belleza desconocidos, a los edificios.

                                            

                                                             **********

 

 -  Tío Joseee… Que ya acabó La Benita, la pastora,  de regar las lechugas. O es que ya no se encuentra usted entre los madrugadores…

-  Allá voy Higiniuco.  Allá voy de seguida, en cuanto que coja la cachava pa bajar las escaleras. Sabía yo que venías. Ya ves: me lo ha dicho un pajarito soplón.  Al saber que llegabas en el correo, tan tremprano, pensé que descansarías un poco del viaje, y por eso no estaba yo esperándote en la calle, que si no de qué me ibas a haber ganao la madrugada por la mano. Cuando José apareció dibujando su silueta en el dintel de la puerta, Higinio quedó sobrecogido. Cómo era posible que una persona en tres años pudiera cambiar tanto. El aspecto físico era tan distinto que al verle sintió una pena  indescriptible; algo que no pudo disimular. La extrema delgadez había transfigurado la imagen del que en tiempos fuera un buen mozo y más tarde un viejo arrogante.

-    Después del abrazo de rigor, Higinio le propuso, viendo su estado, sentarse en el banco hecho con losas y pegado a la fachada de la casa.

-   ¿Nos sentamos aquí en el banco?

-   Pues mejor, si te parece, paseamos despacio sólo hasta “La Cañía”.   No pongas esa cara, que todavía no me estoy muriendo.  He decidido que no viajaré pa el otro barrio sin mi permiso personal.

-   No, no: si yo le encuentro…

- No disimules, que conmigo no te hace falta. Me encuentras hecho un cristo, como lo que estoy; para qué engañarnos. Es sabido que los años no perdonan. Ya sabes… a los cien años, todos calvos. He estao bien, hasta que los reumatismos se han apoderao de mí. Me duele desagerao el hombral izquierdo y la pierna derecha. Bueno, bueno; lo q´ues  la pierna, me acribilla.   La última vez que estuve al médico, es un tío muy majo, me dijo.   -Amigo mío, suerte la suya que ha llegao hasta aquí, que muy pocos de su generación viven tantos años  Lo del brazo no tiene demasiada importancia siendo el izquierdo. En cuanto a la pierna, qué le voy a decir… es cosa de la edad.

-   Pues mire usté.  - le contesté.  En eso si que no estoy de acuerdo, porque la pierna izquierda  tiene la misma edad y no me duele.

-    No se preocupe, que no tardará… - me dijo riendo.

-   Ya es mala suerte, le dije, que no me duelgan brazo y pierna del mismo lao y tener el otro sano entero.  Me dio unos supositorios desinflamatorios y me dijo que tomara cuantos menos mejor, que tenían afectos segundarios. Si quieres que te diga mi verdá, no tomé ni uno. He seguido con las frotaciones de árnica que aunque poco, algo si consuelan. Me he andao dando alcohol de romero, pero no hay quien resista los olores. Lo qu´es yo, para los recetarios de la botica soy bastante raro.  Y es que empiezas por poco y terminas tomando las medecinas a puñaos. Yo lo que digo, que si ellos mismos saben que tanta botica no es buena, pues que no lo receten.

-    Claro, que a pesar de tantos trabajos, en lo demás se ha cuidado  mucho,  y ahí   están los resultados.  Cuantos a su edad, e incluso más jóvenes, quisieran estar como usted.

-   Pues la verdad es que sí. Mirándolo bien, el que no se consuela es porque no quiere. Ya ves el probe Braulio, que te oserva, te oserva, y no sabe quien eres. Eso sí que es la mayor pena que puede haber.

 -   Hay que ver bien visto el tiempo que lleva.   Para vivir así es  preferible morir.

-   Ya, pero resulta que tampoco se muere uno cuando quiere. El pobre Braulio, ya no se da cuenta de nada. Él es como si ya no existiera pero había que preguntar a los que le cuidan, su hermana y el hijo de su hermana,  el chispas, que son esclavos del enfermo. Se ve que llega el momento, de dar igual sooo que arre. Hasta que el sobrino tomó las riendas, la hermana era esclava total; sobre manera con las medicaciones, las mismas de hace cinco años. A todas horas del día y de la noche, despertador de allá p´acá. Ahora es el muchacho el que se las aministra a su aire.

-  Claro: siendo joven, resiste más los inconvenientes de dormir poco y de estar todo el día en danza.

-   ¡Nooo, que va!    El chispas lo ha arreglao a su manera.  Ya ha dicho que no está de acuerdo con los caprichos del médico. Las quince pastillas diarias que viene tomando en veces, se las da todas juntas, un día si y otro no, por la noche al tiempo de acostarle en la cama. El médico ha dicho que eso es una animalada, pero el muchacho ha comprobao que Braulio no menea pie ni pata en toda la noche, y es que, al parecer, la mayor parte de las pastillas son para los nervios que al tomarlas todas juntas le calman que le dejan hecho un bendito. Dice el chaval éste, que no hay  mejor  médico  que el  enfermo  para saber cual le viene mejor o peor, según la mejoría o el empeoramiento..

-   Pero eso le pude envenenar. Con los medicamento hay que tener cuidado.

-   Eso pienso yo, pero ya tenía que haberse ido para allá hace tiempo, y ahí está tomando la medecina al montón. Yo, te digo mi verdad, que no estoy de acuerdo con esto de que cada uno tire por su calle. Me duele, porque con lo que Braulio ha sido para todos… Si algo tienen ellos, a él se lo deben.  Si por ellos fuera, al día de hoy, no tenían ni cera tras de oído.

 

 -   A veces, aún siendo buenas  gentes, les hay que pierden los modales cansados de caminar por senderos abruptos.

 -    Na: que los viejos sobramos en todas partes. En sobre manera  cuando  ya  no valemos  para nada. Ya no te digo, si caemos enfermos, lo que nos espera.

 -  ¿Usted cree que las gentes de este pueblo se quieren menos que antes?

-   Yo creo, que entre los mayores nos queremos mucho todavía; lo que ocurre, que ahora los más jóvenes, van y vuelven a lo suyo, y lo suyo es preocuparse de encontrar trabajo allá donde no sean tan esclavos como en las aldeas. La verdá es que los que ya somos viejos, nos hemos venido conformando con todo, y ellos no, pero no debieran de tener ese desapego total a lo que dejan acá. A lo primero de marchar, algunos cuando volvían al puebluco era como que llegaban a la gloria. Ahora según  les peta, igual no vuelven más. Una carta de vez en cuando, cada vez más de vez en cuando, siempre con aquel - ¡ay que no tengo tiempo!  En resumidas cuentas, que se van olvidando de lo que han dejao atrás. No escatiman palabras para resalzar  los agradecimientos que nos deben cuando hablan con alguien  pero  como  digo,  algunos  de ellos  nos muestran bien a las claras que  lo sembrao, perdido.    Yo no puedo ver ni oír, por la televisión, las cosas que pasan, a falta de respeto, en las capitales. Creo que los muchachos van allá y las malas compañías de allí les llevan por donde quieren, muchas veces por malos caminos.

-   No todos los que no son de pueblo son así.

-   Ya hombre, ya:    si todos fueran  así sería  gorda, pero a pocos que haya, to lo jeringan. 

-   ¿No le gusta mucho la televisión ?… 

-   Pues mira: algo veo, pero no mucho. Tal es así, que tengo una de blanco y negro. Hay dos cosas que nunca me pienso comprar: una televisión  en color, ni un piso en una ciudad. Bueno… es un hablar, porque de qué voy a tener yo pa un piso en una capital; pero te quiero decir, que tan poco me llama lo uno como lo otro. Me gusta ver parte de los partes: lo del tiempo, que por cierto hay que ver cómo aciertan casi en todo.  También me gusta cuando echan cosas de animales de allá de los montes que no conocemos.  El fúrbol también me gusta un poco, cuando no tienen jaleos y los álbitros se portan como es debido. No me gustan los toros, ni el cine, ni los pogramas criticones. Y no es que me pase lo que a Melchor y a Norberto, porque  yo lo entiendo todo a las mil maravillas: aunque hay cosas que no había que entenderlas para nada de nada.  

-   Sí, no hace falta que lo jure: a usted de lo que ve y oye, no se le escapa nada.

-   Hombre, hay cosas que no están al alcance ya de los más entraos en años. Por ejemplo, a Norberto le gusta más oír los partidos por la radio, que  verlos por la televisión, pues dice que por la radio  tiran más balones a puerta.

-   ¿No le gusta oír hablar de política?

-   ¡Qué va!  Mira, te voy a contar.   Cuando todo aquello que se empezó con el cambio de lo otro a esto, a Fulgencio, el que se casó con la Verónica de aquí, le habían hecho algo de jefe de la unión de vecinos del barrio, en la villa. El hombre, un buen hombre,  cogió el cargo porque era el más sabedor de las cosas, pues siempre había vivido allí.  La calle donde vivía es  una calle de las afueras que cuando llovía era un barrancal y cuando hacía sol  unas polvoreras que ni se veían entre ellos, pero cogió un piso viejo, barato, con el que gastó en arreglarle lo que el pobre hombre no tenía. Ya sabes lo que siempre se ha dicho.  Cristos a dos reales, así son los milagros. Por cierto que yo no me canso de decir a los más  allegaos que tienen poblemas… No os metáis nunca a pedir nada, ni al banco ni a los abogaos, que vos comen hasta las entretelas. Bueno, pues es lo que le pasó a él, que se metió en el banco y se vió colgao a la metá de los pagos. Luego, con toda su buena intención,  había él presentao al señor alcalde, suyo, papeles con firmas para que les arreglaran aquella especie de camino de carros.  Le avisaron del ayuntamiento para asistir a una de esas reuniones donde se ajuntan todos y discuten uno y otro. Una cosa  así como en la casa de concejo del pueblo, pero a lo grande. Se veía que estaban en cuenta de tratar lo del arreglo de la su calle. Mira tú por donde, unos días antes vinieron a pasar el fin de semana, acá donde la madre de la Vero. Va a buscarme a casa y me dice que le acompañe en aquel jueves porque la reunión era a puerta abierta, que se llama cuando pueden entrar todos los que quieran al salón de las conversaciones. No me disgustó el asunto, pa ver si allí voceaban tanto como en concejo del pueblo, o se entendían mejor.

-   ¿Y qué le pareció el pleno?

-  ¡Ay amigo Giniuco!  ¡Parecía que habían merendao tigre tos ellos! Lo de las juntas de concejo de aquí, en comparanza con aquello, unos rezos a la Virgen del Carmen.   El primer orden del día trataba  de elegir un recaudador de contribuciones, porque el que tenían se jubilaba en aquel mes. Todos querían meter allá al su recomendao. Empezaron por poco, pero no se zumbaron la badana, entre ellos, de casualidad. Lo que decían unos, fuera lo que fuera, no sentaba bien a los otros. La cosa es que a mí, cuando no chillaban me parecía que todos hablaban muy bien pero poco a poco fue llegando el descontrol padre hasta que el alcalde viendo que el asunto iba a terminar mal cortó por lo sano invitando a todos a salir de allí en el acto. Como algunos seguían voceando con ganas de jaleo, mandó que subieran dos policías municipales, que, menos mal, al final no hicieron falta. A mí me pareció que el alcalde fue el más educao al no mandar actuar en condiciones a la policía. A buenas iban a haber llegao a aquellos extremos las cosas con Fermín de alcalde en aquellos años. Para mí, donde no hay respeto de los unos a los otros, no hay nada que valga la pena. Entre el tiempo, más de tres horas y media, y el mal entendimiento de todos ellos  en el asunto  del recaudador, lo de la calle de Fulgencio y sus vecinos se quedó en el aire sin hablar ni media palabra del asunto.  Al bueno de Fulgencio, no le volvieron a reclamar más veces, aunque me parece que yo en su lugar no habría vuelto. El recaudador, entre acuerdo y desacuerdo, tardó once meses más de lo previsto en jubilarse. Si en aquel pleno se pusieron verdes los unos a los otros, el recaudador de contribuciones les puso de hoja de perejil a todos y cada uno siempre que les encontraba en la calle . Entraba en las cantinas, y no tenía otra conversación, también a grito pelao. Le habían hecho polvo porque había comprao una casa en la capital y mandó a vivir a la mujer en cuenta de reunirse en pocos días. Luego, ella, tanto tiempo sola, cogió el gusto al esfalto y se negó en redondo a volver a la villa. Las cosas se debieron poner de mal en peor, según me contó él tiempo adelante, y se separaron. Se separaron aprovechando, se conoce, las facilidades que habían empezao a correr para el asunto de poderse ir cada uno por su sitio. El divorcio.   El caso es que ves a todos los mandones cuando cogen el cargo, y se despepitan por hacer cosas  que se vean, pero después… Bueno, lo que siempre se ha dicho:    La justicia de enero, es muy rigurosa, pero llega febrero y ya es otra cosa.

    Ni qué decir, que Giniuco lo pasaba en grande viendo al tío José  indignado por lo que creía injusto. No obstante, él trataba de quitar hierro a los asuntos aparentemente escabrosos, e intentaba convencerle de que para las nuevas jóvenes generaciones, como la suya, eran cosas de poca importancia a las que ya se estaban acostumbrando.

    Volvieron del paseo, corto de espacio y largo de tiempo. Higinio, se despidió hasta el día siguiente.

 

                                                            *********

   

     Le encantaba volver a saborear, durante unos días,  la calma de aquel rinconuco, su pueblo. Una semana completa, aunque se le hiciera corto, renovaba su estado anímico un tanto estresado por el constante bullicio de la ciudad, más el trajín cotidiano de su trabajo. Se había acostumbrado a la compañía de aquel buen hombre.  Era el prototipo del aldeano, de los que ya no quedaban muchos y a quienes en las grandes orbes llamaban “rústicos” de manera un tanto despectiva. Casi no quedaban jóvenes, amigos de la niñez, a los que había echado en falta uno a uno, año tras año.   Cada vez más soledad, más silencio. Madrugaba. A pesar de que el clima mañanero en aquellas alturas era un tanto fresco hasta en los meses más veraniegos, él disfrutaba de lo lindo paseando con un libro siempre entre las manos.

     En la  lectura, hacía muchos altos espaciados, para escuchar el canto de los pájaros entre los que destacaba el de la calandria, que como música de fondo sin fin parecía contar con el tenue y claro son del agua al discurrir cristalina y alegre entre las piedras del fondo del pequeño río provocando lentos  coletazos en las alargadas verdes oves adornadas de multitud de pequeñas margaritas en blanco y azul superficialmente, que  proporcionaban vistas acuáticas dignas de estupendas tarjetas postales.  El verdor de los campos bajo el grandioso techo del cielo anaranjado, influencia del enorme disco solar que poco a poco iba apareciendo de entre las montañas dando nacimiento a un esplendoroso nuevo día, parecía dar ánimo vespertino a las gargantas de diversas aves para brindar al humano el arte de sus canciones en tan maravilloso anfiteatro natural. Luego, mientras el astro rey ascendía con lentitud hacia su cenit, él se abstraía en su lectura, distinta totalmente a la acostumbrada allá en el sofá de su pequeña sala de estar, apartamento alquilado sito en una de las calles más bullangueras de Madrid.  

   Aunque para cada día se marcaba un par de capítulos a leer, siempre comenzaba repasando el epílogo, comentario  que el escritor había dejado para el final porque precisamente al final esperaba la casi segura aprobación del lector una vez de haberse leído todo lo demás. El epílogo impreso en todas y cada una de aquellas obras, le hacía pensar en profundidad sobre el incierto destino futuro de las pequeñas aldeas, las cuales  hasta podrían llegar a desaparecer de las páginas de la historia. Si algún que otro escritor costumbrista no lo remediaba, habría que asumir lo de “Pobres de los pueblos que no tienen historia” - frase repetida hasta la saciedad.

 El epílogo referido decía así: Dentro de la literatura, el llamado género costumbrista, encontró siempre un lugar de honor. Andando el tiempo serviría para que eruditos e investigadores, tuvieran noticias del vivir cotidiano de nuestras gentes, de sus tradiciones ancestrales, los modismos peculiares de cada pueblo, comarca o región, y también, ¿Por que no? Los ritos y supersticiones que se acomodan secularmente en lo intrínseco de nosotros.

      Más por  temor a terminar  el libro  prematuramente  que para determinar  tiempos, saboreaba a fondo, despacio, aquella lectura costumbrista aldeana, coincidente con los usos de antaño que a diario le describía el tío José.

     Cuatro libros había adquirido su padre a través de varios años de literatura relacionada con los usos y costumbres de valles y pueblos distanciados de las ciudades, sabiendo que a él mucho le gustaban. Poco se escribía de aquellas gentes y contornos a pesar de lo importante de su historia y de la incomparable belleza a describir que circundaba cada pueblo. La esperanza de que cosas tan carismáticas se fueran descubriendo, alegraba el ánimo al pensar que pudiera corregirse el ocaso producido a lo lago de los últimos años del siglo xx, aunque de momento ello sólo era un sueño. Observaba, en el vecindario, cómo la acostumbrada expresión de “el tío José” la iban cambiando por la de “el abuelo”; algo que, sin mucho pararse a pensar, acusaba también la diferencia cada vez menos equidistante entre la juventud y la vejez. También se daba cuenta, año tras año, que su  amigo iba transformando el arraigado diccionario dialectal, arrimando un castellano más acentuado su pronunciación, posiblemente porque se diera cuenta de que así era mejor entendido por las personas más modernizadas aunque no pusiera suficiente de su parte para conseguir más perfección.

     Al joven Higinio le gustaba de contactar con todos, sin excepción pero agradecía de veras pasear a solas con el viejo José, a la sazón el abuelo del pueblo. Sabía muy bien de la sinceridad y honestidad que le caracterizaba, propia de persona noble. Era por ello que él le preguntara con toda confianza por algunas cosas que ni siquiera a su padre se las hubiese consultado.  Muchas cosas le había escuchado durante aquella semana de vacaciones. Habían paseado al sol por los caminos de siempre. El abuelo parecía haber ido cogiendo fortaleza en aquellos días a juzgar por la prolongación de los paseos a pie, vuelta a hacer sus pinitos de ascensión al monte más próximo. Algo que siempre le hizo feliz, fue oír  el canto del urogallo. Innumerables las horas que había esperado al acecho, bien escondido entre matorrales en posición completamente inmóvil, conteniendo a veces hasta la respiración para poder oír cantar y contemplar aquella hermosura que  la naturaleza ponía su alcance en espacios de tiempo bien dosificados.

     El anteúltimo día, antes de su despedida, Higinio insinuó a su amigo de subir a oír cantar al ave, y si era posible a contemplarlo.

-   Pues mira Higiniuco: a mí, hay pocas cosas que me den tanto placer como oírle cantar, y ya no te digo nada si consigo verle; pero en primer lugar, es que hay que subir hasta la metá o así, del repecho  de Montelobo, pero eso sería lo de menos, porque le pido la burra a Manuel el de la Práxedes a que cargue conmigo. Menuda diferencia desde la última vez que vinistes.   Las fuerzas se agotan a velocidad increíble.

 

-  Podemos llevar el burro de mi hermano Edelio…

-   No, porque el burro es peor.

-   Peor...  ¿Por qué?

-   Pues porque si por un casual encontramos en la ruta alguna burra, los pollinos no respetan nada. Lo primero que hacen es aligerar el peso que llevan encima, levantando las ancas y encogiendo el espinazo  todo lo que les da de sí, para salir a to trote y cortejar a la compañera. Ya te puedes suponer, que con lo suelto que estoy, José al suelo. Por otro lao, cuando canta el urogallo, es al emparejarse con la hembra en celo, a finales del invierno y principio de primavera.  Tiene un plumaje de lo más  bonito que te puedas imaginar, pero aunque parece perfecto en todo, también tiene sus defectos.

- ¿Cuáles son sus defectos?

-  Tiene uno, del que se han contagiao aquellas personas que no escuchan a nadie. El urogallo, cuando canta no oye.

-   ¿Cuales defectos más tiene?

-   Otro más, que es muy gallina.

-   ¿Tímido?...

-  No, tímido no es la palabra. Este pájaro es cobardón, porque no se deja ver ni a la de tres; no por vergonzoso, sí por miedoso, que es distinto, y por eso da rabia porque gustaría verlo más a menudo.

     Mal podía calcular Higinio el tiempo que tardaría en volver a su pueblo natal. Mal también acertaba a calcular el tiempo que José podía resistir envejeciendo, aunque la experiencia de la última etapa, ausente, le hacía sospechar que bien pudiera ser aquella la última vez que iba a gozar de su compañía, lo cual le producía una tristeza indescriptible aunque no mayor que la de pensar en la soledad a que estaba encaminado aquel buen hombre. No sabía cómo comportarse a la hora de ofrecerle ayuda, que no podía ser más que la de llamarle a menudo por teléfono, el cual hacía un par de años que se lo habían instalado a instancias de su hija desde Barcelona.  En cuanto a la ayuda económica, le constaba saber que nada necesitaba,  porque  aunque  su pensión, de autónomo labrador era excesivamente reducida, recibía  dinero hasta de sus nietos. Decía que le sobraba más de la mitad de lo que recibía, y lo guardaba en una viga de la cuadra, por si a su hija y yerno les llegaban a arruinar con tantos y tantos robos en la tintorería.

-  No lo sabe nadie más que tú;  y es que nos parece que vamos a durar siempre. Así que ya sabes: si emprendo el último viaje, les llevas hasta la hucha.

-   Bien: así lo haré, agradeciéndole esa gran confianza.

   Señor José:    ¿Tiene usted miedo a morir?...

-   Pues mira: hay muchísimos que se hacen los valientes, pero a mí me parece que en la mayor parte de los casos, es por no ocasionar pena a los demás. Yo, que tampoco se lo digo a nadie, sólo a ti, tengo verdadero miedo de morir sufriendo una larga enfermedad, con dolores corporales. Como de una manera o de otra los dolores van a estar aquí, los del corazón son tan malos si unos y otros no se consuelan.

-   En la llamada recta final,  ¿tiene miedo a la soledad ?...

-  Es un miedo terriblemente inhumano, creo que hasta desesperao. La palabra soledad es horrible; no sé cómo se lo pueden poner de nombre propio a algunas mujeres. Si tienes que pasar, por lo que sea, una sola noche entera despierto y solo, te darás bien cuenta.  Dudo mucho de que haya persona en el mundo que no tema a la soledad. La tristeza te invade de tal manera, que deseas en lo más profundo acabar.

-  ¿Se piensa en personas, quizá muy allegadas, culpables de tales desdichas?

-  Creo sinceramente que no, y no lo digo sólo por mí. He despedido  en el  lecho mortuorio  a  verdaderos   amigos,  y todos han sido iguales en las últimas voluntades.

-  ¿Cuales son esas voluntades?

-  Recibir amor hasta en los últimos momentos. Desear perdón de por aquellas cosas que puedan haber sido mal hechas, perjudicando a alguien, quizá ni siquiera conocido. Perdonar en lo más hondo del alma a quienes crees que te hayan ofendido, y no estar solo. Para mí pido que se cumpla lo que ya dijo aquel poeta de pueblo…

 

                                                   Cuando abandone este mundo

                                                   Que mucho no he de tardar,

                                                   Entre mis bellas montañas

                                                   Yo quisiera descansar

 

     En  aquel  momento  que balbuciente y visiblemente emocionado terminaba el corto poema, el mozo observó unas lágrimas que el abuelo trataba de disimular sin que cambiara un solo momento el rictus normal de su rostro. La fragilidad en aquel ser cuya existencia,  casi centenaria, había sido fuerte como la de una roca, le hizo conmoverse de emoción y comprender que ya, toda la amargura de la soledad pesaba sobre su persona. Higinio, extremadamente conmovido, se dijo en aquel momento:  

                               Ver llorar a un viejo, es como ver llorar a Dios.

* José María Frías es escritor costumbrista. Miembro de la Sociedad Cántabra de Escritores.

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