Costumbrismo campurriano: Las adras y el hacha

Por José María Frías del Hoyo

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          Foro y la Marines llegaron a Campóo desde tierras palentinas en septiembre del año 1951. Vinieron un día en busca de la tierra prometida.

El Moisés que les prometió la tierra, fue Emiliano; tío carnal de Telesforo por parte de padre.

Al entregar la herramienta, -nunca mejor dicho- había fallecido con el azadón entre las manos desbrozando la ería de La Marquesuca. Allí le encontró la Pulqueria de cuerpo presente; si dijo ella, tiesu como un palu a sus 78 años.   Foro, el hijo de su hermano Andrés era toda su familia y a él dejó cuanto poseía  -que no era mucho-. Así lo había prometido hacía tiempo y así testó. La heredad se componía de: una casa enorme con los paredones de piedra granítica construida antaño por allegaos del oficio de la cantería; dos hermosos balcones de hierro forjado con piezas de diferentes maneras, adornaban la fachada que daba cara a la calle más céntrica del pueblo de 28 vecinos. Regia casona aquella. Majestuosa por fuera, destartalada por dentro. Asomando la testa por la claraboya se contemplaban las exageradas ondulaciones producidas por el mal estado de la cubierta, amén de una auténtica chatarrería de tejas rotas y descolocadas. Un día, tiempo atrás, subió allá el señor Baldomero -hombre de oficio-, a retejar sin tejas de repuesto y sin cobrar ni un solo céntimo por razones de la amistad. Por la noche comentaba en la cantina...

-   Esti Emiliano es un caso. Cualquier día se le desborrega el tejao y le aplasta como a una rana. He subido allá y no se puede hacer en sin gastar.

-   ¿Tanto es? preguntó alguien para sonsacar.

-    ¡Tanto!... Está tan desbarajustau, que parece que han estao allá tos los mozos del valle jugando a la rañuela. No he visto abandono mayor que el de este demoniu de Miliano

-   No... Si el que llega a esa edad soltero, ya se sabe… -contestó el mismo de antes-.

 Cuando sobrino y esposa se metieron a vivir allí, no había rincón que no fuese un goterial.En cuanto a fincas, se testaban a su favor, 16 cuartos de sembradura, tierras todas ellas sitas en las inmediaciones del castillo de Argüeso, terreno de buen fondo y muy productivo cuando no se helaban las cosechas  o se granizaban. Los animales habían sido atendidos por unos vecinos hasta la llegada de los herederos; nueve ovejas y una burra. La hembra de pollino aunque vieja se encontraba en el mes undécimo de gestación. De ella esperaban todos los vecinos un buche macho para futuro padre joven; ni una sola familia prescindía de un burro, o burra en su casa; animales polivalentes para todo laboreo. Un chonuco de cuerda completaba el lote animal, al que había que alimentar todo el año para que creciera hasta su sacrificio por San Martín.

Para que Foro previese un futuro esperanzador, su finado tío le había dejado también una fuerte recomendación a Elias el capador, el cual se relacionaba bien con los jerifraldes de la foresta. Al enterarse del recao, ya se veía él con el traje verde de guardamontes, rifle al hombro.

-    No nos va a ir peor que allá en aquello -consolaba a su esposa-.

Habían vivido en Villalobón, pueblo palentino pegado a la capital, compartiendo el techo con los padres de ella.

Allá, cuando de casualidad trabajaban por cuenta ajena, lo hacían de jornaleros labradores, en la cosecha de cereales. Con míseros salarios, comían o cenaban en días alternativos; es decir, que si cenaban no comían y viceversa. Respigaban las fincas cosechadas recogiendo las espigas que los rastros habían pasado de largo. Con el escaso trigo que conseguían a fuerza de horas y horas culo arriba", obtenían algunos kilos de harina de vez en cuando habiendo dejado la piel por los rastrojos. Con ella  fabricaban en hornos caseros un exquisito pan bregado y hasta algunos rosquitos casi siempre sosos de azúcar.

 Ocho duros - 40 pesetas- llevaban consigo por todo capital en la inmigración, ahorro de toda la familia de mucho tiempo. Les puso en cuidado observar que no existían aperos de labranza ni yunta para el trabajo de las fincas. El vecino contigüo les apuntó que al pobre Emiliano le habían desplumado los médicos hasta dejarle en cueros. Había vendido las vacas, el carromatu, y to lo que valía pa algo. Aquella hernia anginal, les contaba, le dejó arruinau; sobre too cuando se operó de pago allá en los Santanderes que le dejaron mucho pior que si nó. No sabemos naide si se murió de la hernia o del sufrimiento de verse en la ruina por aquellos sinvergüenzas, que no se allegó a saber si ni siquiera eran médicos como ellos decían. En todas maneras, el día que la Pulqueria le encontró, que se había quedao estirau en La Marquesuca, Dios le hizo un favor.

Avisó el alcalde para reunión en la CASA DE CONCEJO. El aviso por rodeada, era para el siguiente día, domingo, después de la Santa Misa, a la salida de la iglesia. El matrimonio palentino llevaba censado en el pueblo un mes justo.  Asistió Telesforo a la cita volviendo a casa radiante de alegría.

-  ¡Buenas noticias Marines!

- ¿Que es ello? Preguntó la esposa con curiosidad.

-  Las ADRAS... Han dado las adras.

-   No sé que son las adras; dijo ella.

-  Pues verás... deja que te explique: parece que es costumbre de antigüo conceder por parte de las autoridades competentes una corta de leña en los montes para arreglar a los vecinos de calor durante todo el año. Ahora en el mes de octubre, suben allá uno o dos días todos los hombres a tronzar, entresacando, los árboles más feos de los hayales. Entre todos juntos cortan lo que hay que cortar... no ahí a lo tonto: y  cuando han cortao lo justo o un poco más, va el alcalde y lo reparte en montones, uno para cada casa y otro para el cura por parte de la iglesia. Es decir, como si diese un paquete a cada uno; los montones suelen ser de a dos carros de los de aquí; vamos, de los grandes... Bueno, pues cada uno de esos montones, es un adra. Luego, cada cual baja el su montón para casa. Este es el asunto.

-    Oye Foro; y nosotros ¿como lo cortamos y como lo bajamos?

-    Pues, alguna forma habrá.

-  Tú me dirás… si no tenemos vacas, ni carro, ni siquiera una triste hacha.

-   A mí ya  se me ha ofrecido Benjamín, para que bajemos lo de él y lo mío, aunque yo tengo que cortar lo de los dos, porque está que rabia de reumatismo en las paletillas; a mí no me importa cortar lo de siete si hace falta.

-   Ya me parecía a mí mucha esplendidez a cambio de nada.

-   Ahora, que es peor lo del hacha dijo él: porque es una herramienta que no se presta a cualquiera; no se la vamos a pedir tambien a Benjamín. Aquí, el que más y el que menos, hacha grande sólo tiene una.

-  ¡Oye!  -dijo ella- ¿Sabes quien tiene dos?   pues, el tío Juan el bigotazos,  que se las he visto yo en el colgadizo, siempre tiradas en el suelo.

-   Ya...  pero a ver quien es el guapo que se la pide con lo rancio que debe ser; no hay más que verle.

-    Parece muy serio, pero dicen que le falta tiempo para darlo todo cuando de pedirle favores se trata.

-    ¡Uyyy!   No lo creo. A mí me dice adiós de muy mala gana; se ve que si no le agradas  te mira con un de aquel... como diciendo, ¡ahi te caigas!  Cuantos menos tratos con él, mucho mejor.

-     Hazte cuenta Telesforo, que nosotros somos aquí los nuevos y los que tenemos que darnos a la gente; hasta el momento todos se han portado estupendamente; no me dirás que no...

-     Mira  Marines"; yo no voy a pedirle nada a ese hombre, y menos el hacha.

-    Pues, yo iría, pero esas son cosas de entre hombres; ¡o no!...

-   Sí, sí… pero que yo no me atrevo. Qué quieres que le diga, si no le conozco de nada.

-   Pues, será mejor quedarse sin la leña con la falta que nos hace.

 El fuerte desacostumbrado cabreo de la Marines y otra larga serie de razonamientos femeninos, terminaron por convencer al sufrido esposo que arrancó confuso con escasa fe a solicitar el favor de la puñetera hacha a aquel  tión del desagradable bigotazo desparramado de oreja a oreja. 

Las zancadas, cada vez más cortas; las paradas, cada vez más largas en aquel camino de espinas hacia la casa del tío Juan, y cada segundo un pensamiento distinto.

-   ¡Nada hombre! Éste no me deja a mí el hacha ni en bromas -pensó al arrancar-.

      Bueno... quizá la mi Marines tenga razón de que no sea el hombre tan ogro como aparenta: -se consolaba de inmediato-.

     No sé, no sé... muy rarón debe ser este paisano -vacilaba a continuación-.

     Hombre por Dios! Este no me da ni lumbre pa el cigarro -se aseguraba él solo.

Entre paso y paso que daba, cambiaba de concepto sin apartar de la mente la imagen del corpulento personaje.

-    A lo mejor me deja el hacha por que no digan...  pero ¡quiá!

Al final del recorrido llegó más convencido de la negativa que de otra cosa. Cuando por fin terminó el largo calvario del corto sendero, golpeó reiteradamente la puerta con los nudillos. Sudaba tinta, se le nublaban los ojos y le picaba terriblemente la seborrea del cuero cabelludo.

-  ¡A qué van tantas prisas!  -retumbó una potente voz desde dentro-.

-    ¡Uf!  Ya está enfadado sin haberle pedido nada aún; con que, bueno... bueno...

Al fin se abrió la puerta recortando bajo el marco la enjuta figura del corpulento tío Juan, que dejó oir de nuevo su voz de trueno.

-  ¿Qué te se ofrece, muchachu?

Telesforo se quedó momentáneamente paralizado sin saber como enfocar el asunto que hasta allí le había llevado incitado por la su Marines

De nuevo la voz del bigotazos.

-   He dicho que, qué te se ofrece... o ¿es que no me esplico?  !Vamos! que te estoy preguntando qué es lo que quieres!...

-   ¡Nada! respondió Foro  recio, enfadado…  ¡Nada de nada! ¡Métase el hacha por donde le quepa... y hasta por donde no le quepa, que ya no me hace ninguna falta.  Y salió de allí casi corriendo.

El tío Juan, aquel ´bigotazos, comprendió en las pocas palabras de Foro, la necesidad del favor que había llegado a pedir en su puerta y que no pidió. Fue él quien se personó en casa del joven matrimonio a ofrecerles el hacha, el carro y las vacas; más su ayuda personal incondicional para las adras y para lo que necesitasen.

         Campurrianos de pura cepa: duros de continente,

                              cálidos de contenido  


* De la Sociedad Cántabra de Escritores. 

 

                

 

 

 

 

 

 

 

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