Costumbrismo campurriano:"Marineruco arría las bolas"

Por José María Frías del Hoyo

Enviar a un amigo

       

Al dragaminas TAMBRE, buque de la Armada Española, fueron destinados.

    Miro y Rufinín eran primos carnales por partida doble; así,  no fue extraño que en los sorteos para el destino de “la mili" les tocara juntos, con gran alegría de los suyos, en particular de sus madres.

   Llegaron al  puerto de  El Ferrol del Caudillo aquella lluviosa mañana cuando el invierno daba los últimos coletazos. Aunque tímidos, asombrados a la vez  que regocijados, contemplaban con la boca semi abierta tanta grandiosidad para ellos nunca conocida ni en sueños.

   Varios buques de guerra se alineaban en la dársena con las bocas de sus armas de gran calibre enfundadas. Un poco más adelante estaba EL TAMBRE calentando motores.

-   Mira Rufi, esi es el nuestro.

­   ¡Vaya chimeneona!   Creo que estos andan con aceite pesau.

-  Menos mal porque si les atizan con carbón, pal nuestro sólo, no tienen bastante con  las minas de las Rozas y de Barruelo juntas.

-   Sí... pues mira pa allá  por ande no hay barcos.

-  ¡Virgen de Montesclaros; cuanta agua!

-  Nos parecía que como la "mina Fontoria” de allá de  Fresno no había más, y ya ves que cacho pozona.

- Oyes; mira que si acertaran a verlo por un juriacu el tíu Angel y el señor Baldomero...

-   Pues ; que se quedaban en sin habla.

-   ¿Será verdá que aquí no nieva?

-  Casi seguro; pa qué les hace a estos falta más agua, si por mucho que gasten no lo acaban.

-   No me espanto de que el agüelo de Nino “el atento” contara aquello de que tardaban meses y meses en llegar a la guerra de Cuba.

-  Así lo perdimos tó... Vamos, según decía  él  mismo.  Se  ve  que  con tanta agua tardaban mucho en ir, y pa cuando llegaban, los negros de allá habían matao a tos los otros de aquí.

-  Ahora con el aceite pesao a toda marcha, se llega antes.

-  Hombre claro.

   En la oficina de embarque, les dieron el equipo completo correspondiente. Un jefe con muchas figuras bordadas en el hombral les hizo un sinfín de advertencias y recomendaciones.  Se veía a la legua que no hablaba en broma. Les hizo saber, entre otras cosas,  que aquella misma  noche  a  las  veintidos horas en punto, saldrían del puerto del Ferrol con destino al de Cádiz y remató el discurso con la última importantísima recomendación.

- Todo marinero de nuestro barco EL TAMBRE, ha de saber nadar a la perfección. Aprovechen los cursillos porque lo van a necesitar a partir de ya.

   Miro se quedo de piedra. Él nunca se había metido al agua más que en  el arroyo de Ormas a pescar “peces moritos” y jamás se llegó a mojar el culu. Acusó de repente una flojera en el intestino y un decaimiento de piernas que le hicieron sudar tinta, con el agravante de que  iba a necesitar con urgencia el cambio de la prenda interior baja. Se volvió asustado hacia otro recluta compañero a quien ya había asociado antes con hombre de ciudad y le preguntó en un susurro.

-  Oyes; ¿tú sabes nadar?

-  Yo sí.

-  Pues yo no. Pero ¿es que no vamos en barco..?

-  ¿A donde? preguntó el otro marinero.

-  Pues, ¡a donde va a ser!  a Cádiz

   La sonora carcajada que soltó el otro recluta le costó el primer arresto de la mili.  Sólo vería Cádiz desde el barco.

  Se trasladaron hacia la escalera del buque cargados de bártulos hasta los topes.  Esperaban agrupados la orden de ascender a bordo, cuando se les acercó un  marinero  alto  y  esqueletico,  pero impecablemente  vestido  con  el  traje  militar. En la mano izquierda apuñaba un montón de papeletucas formando con sus dobles un pequeño envoltorio. Con la otra mano gesticulaba a la vez que parlaba como un sacamuelas.

-  Para el mareeeo... Para no marearseee... (gritaba).

-  Nuestros dos campurrianos se aprestaron los primeros a comprar y recibir instrucciones, aunque no fueron los únicos.

   Costaba a peseta la papelina, con las siguientes instrucciones por parte del vivaracho vendedor.

-  La papelelita, les decía, es a peseta. Conviene adquirir al menos tres para las tres primeras horas de ambarque, abriendo una cada hora. Es importantísimo no abrirlas hasta el momento justo de ser utilizadas, porque si se abren primero, se van a estropear y entonces no van a surtir ningún efecto. Cuidado  así  mismo de no romper el papel del envoltorio.

   Todos los compradores siguieron los consejos de aquel compadre.  En definitiva les había instado a no abrir los pequeños sobres hasta el momento en que el barco se pusiera en marcha. Ansiosos por consumir el producto, nada más alcanzar la cubierta comenzaron a desliar los envoltorios. No tenían nada: en  letra bien visible de la cara interior se podía leer con claridad:

   Para no marearse, no embarcarse.

   De nada les iba a servir el remedio aunque tampoco se podía decir que aquel larguirucho les hubiese engañado con mentiras.

   Hicieron su primera cena en el barco, ya en alta mar, con gran suerte de que hubiera calma chicha.  Luego les autorizaron a dar unos paseos por la cubierta de a babor.

-  ¿Que tienes ahí debajo de la seriana Rufi?...

-  Pues, las tres riastras de chorizu que me ha mandao mi madre; no sea que abajo me encuentre luego con el sitio. ¿Qieres un pocu?

-  ¡Ay monín!  No te digo que no, porque con la rutadera que me entró por lo de nadar, no he probao bocao; ahora parece que he sentao las tripas.

-  Venga muerde y no tires del cordel con la boca que a mí me da dentera. Bueno, quédate con una choriza que aquí me van a abultar mucho las tres en estos primeros días.

-  ¿Has visto cuanta estrella hay allá en lo alto?

-   Sí, yo creo que abundan más por acá...

-  Ná: lo que pasa es que cuando subimos a Pico tres Mares, que es de donde se ven todas bien vistas, pues siempre está nublao; A más, que pocas veces nos estamos allí de noche.

  Después de un prolongado silencio, absortos en escuchar el ruido que en el agua producia la proa del buque al romper, susurró Rufino...

-  Sabes Miro que esto empieza gustarme...

-  A mí, ni tampoco nada: esta tarde han contao que cuando el agua se engaravita suben una oleás que tapan el barco entero y verdadero y que hay que agarrarse a las barandas lo mismo que al arao cuando se cabrean las vacas que te lo arrastran. Por lo que a mí resperta,  como  no me manden pronto a tierra firme, aquí en esto poco voy a aguantar. A más, que qué quieres que te diga: a mí el mandón esi de los galeones en las mangas, me parece un pocu tirao pa'lante, Di que ha tropezao con nosotros, que si por un casual llega a estar aquí Herminio el de la Máxima, ya le había agarrao del asa el culu.

-  Cuidao  "Miro": cuidaooo que no estamos en nuestra casa en el pueblo, no sea que nos  duelga la cabeza en sin necesidad. Aquí en esto, a pasar lo más despercibíos posible, y aguantar buenamente hasta que nos suelten cumplídos. Empués, como dice el tío Claudio, en sacando las patatas, que nos toquen...

                                                    ******

   Quiso la casualdad y la suerte para ellos, que en aquel su día de asueto, zarpara una lancha -de la marina militar-, desde San Fernando (Cádiz) rumbo a Huelva y regreso. Algunos de los que estaban libres fuera de servicio y más a mano fueron amablemente invitados, por un oficial, a realizar el viaje. Disponían en Huelva de cuatro horas libres antes del regreso.

Paseaban los dos campurrianos, solos, por el muelle del puerto de Palos. Al pronto y como puestos mentalmente de acuerdo, se quedaron estáticos con la vista perdida en  lontananza.

-  ¿Sabes Miro?  Me ha contao el de la  risa  del  otro  día, el  que está castigao,  que aquí de en este mismo  lao que  estamos  ahora, arrancó aquel tal Cristobal Colón a descubrir las Américas hace más de cuatrocientos años. Quién nos iba a decir de estar hoy tú y yo en el mesmo sitio.  A mí,  fíjate, que hasta 'me se infla el pechu de gusto que me dá.

- Sí: ya ves tú lo que son las cosas del destino de tos nosotros... Si aquel paisano, por un casual, en vez de arrancar de aquí para allá le da por venir de allá para acá, ahora mismo todos los españoles éramos americanos Bueno todos... menos los pasiegos y los campurrianos.

   Cuando al cabo de un año llegaron de nuevo al pueblo con un mes de permiso, fueron recibidos por todos los vecinos como si de generales se tratara. La chiquillería se acercaba a manosearles el llamativo traje de la Marina Española. Ellos correspondían colocando sus gorras sobre las cabezas de los críos con gran regocijo de los mismos. Rufinín lucía orgulloso el galeón de cabo.  Evidentemente, no eran los mismos.

   Se toparon de manos a boca con Tito el estraperlista  soltando éste las amarras que ataban su famélico burro a un pequeño carro repleto de sacos de harina. Dejó la faena y les saludó con alegría. La voz de la señá  Juana, anciana madre de Tito, le preguntaba a grito pelao desde la puerta de la casa:

-  ¿De adonde llegas hiju?...

-  Dende el molino de allá de Los Carabeos; madre: pa llevar la carga esta noche hasta Cabezón de la Sal.

-  Dichoso tú que recorres el mundo entero -volvió a gritar la abuela.

   Los dos marinos escucharon atentos la última frase riendo divertidos y

   dieron un fuerte abrazo a la viejuca madre del estraperlista.

   No había manera de llegar a casa.

 

 * Escritor. Miembro de la Sociedad Cántabra de Escritores.

 

FIN

 

 

Otros artículos: