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EL NUEVO VIRAJE DE PEDRO SANCHEZ

Por ENRIQUE GOMARIZ

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La mayoría de los comentarios sobre el nuevo viraje táctico de Pedro Sánchez, al firmar con Pablo Iglesias un acuerdo de gobierno que hace pocas semanas le quitaba el sueño, insisten en utilizar términos como incredulidad, desconfianza o recelo. Un comentarista tan poco inclinado a la derecha como Iñaki Gabilondo ha señalado: “Las reconciliaciones demasiado fulminantes siempre hacen recelar”. Y algunos medios están tirando de hemerotecas y videos que demuestran cruelmente hasta que punto tal reconciliación ha sido vertiginosa.

A mi juicio, este rocambolesco giro (que hace florecer a muchos medios de comunicación en búsqueda de los detalles ocultos), tiene sin embargo un grave coste en términos de cultura política. La manera de hacer política es algo que forma parte del sano desempeño de un sistema democrático. No se pueden hacer juegos malabares o quites taurinos que contribuyan progresivamente a restar confianza de la ciudadanía en sus representantes políticos en las instituciones. Pedro Sánchez anunció varias veces que el 11 de noviembre realizaría consultas con todas las fuerzas políticas -y subrayó “todas”- antes de tomar cualquier decisión en la tarea de formar gobierno. Y es evidente que, incluso si ya pensaba en su socio preferente de abril, hubiera sido más noble realizar la anunciada ronda de consultas antes de mostrar un acuerdo con Podemos. ¿A que se debe, entonces, olvidar las buenas maneras, para proponer de forma fulminante un acuerdo que negó por meses (y que pasó por unas nuevas elecciones)?

Cuando se bucea en la información sobre el vertiginoso acuerdo resulta imposible evitar el aroma rasputinesco de la jugada. Incluso respecto de sus principales amanuenses. Hay que destacar que el principal acusado en Ferraz del retroceso electoral del PSOE era el asesor áulico de Sánchez, Iván Redondo, por haber errado claramente en el cálculo de promover unas nuevas elecciones para fortalecer la posición del Gobierno. Sin embargo, este mismo personaje aparece como el autor del preacuerdo con Podemos. ¿Significa eso que Ferraz se equivoca cuando señala al gurú de La Moncloa como responsable de la convocatoria de las elecciones del 10-N, como alternativa al pacto con Iglesias?

No lo creo. Me parece simplemente que Redondo es capaz de hacer cualquier giro que permita a su patrón mantenerse en el cargo, incluyendo una arriesgada fuga hacia delante. Algo que el jefe siempre sabe agradecer, pese a que el consejero pueda equivocarse. Hace tiempo que la fidelidad esta por encima de la habilidad. Ello es coherente con el hecho de que Sánchez evitara tocar el tema en la Ejecutiva socialista de ese mismo lunes y, desde luego, que se haya saltado las normas del PSOE que depositan en su Comité Federal la decisión sobre la política de alianzas. Así que el movimiento no tuvo lugar con discreción sino directamente en medio del mayor secretismo. Un clima en que se mueven los rasputines como peces en el agua. Claro, en tal escenario, no caben bien las formas nobles de hacer política.

Algunos observadores elevan el nivel de gravedad de esta pirueta táctica. Afirman que si en campaña se defiende una orientación, luego no se puede dar un giro de 180 grados, porque eso se parece demasiado a un fraude electoral. Y la revisión del debate televisado y las principales declaraciones de Sánchez hasta el último día de la campaña muestran como insistía en el centro y la moderación como su eje gravitacional. Incluso apoyó en ese eje medidas coherentes, como la reincorporación en el código penal de la figura del referéndum ilegal, el mantenimiento irrestricto de la disciplina fiscal, con el anuncio de una vicepresidencia económica encabezada por la ortodoxa Nadia Calviño, entre otras. El objetivo estaba claro: atraer a los votantes de centro que previsiblemente iba a perder Ciudadanos. El que no lo haya conseguido es otra historia.

Cabe pues la pregunta: ¿si se hace una campaña subrayando el centro y la moderación, es legítimo hacer inmediatamente después un acuerdo hacia una izquierda mas radical que el PSOE? ¿Realizar un giro político tan violento no implica un grado de falsificación discursiva y propositiva que raya en la estafa electoral? Todo parece indicar que para algunos líderes políticos cualquier maniobra vale. ¿Sera cierto que la manera de hacer política ya ha abandonado la decencia en la forma y en el fondo?

Dice un viejo refrán que lo que mal empieza mal acaba. Y, aunque hay que admitir que eso no sucede siempre en política, no puede uno dejar de preguntarse por el destino de una operación como la que han fraguado Sánchez e Iglesias. En primer lugar, se trata de conformar un gobierno minoritario que necesita del concurso de toda una sopa de letras, incluyendo la abstención de Ciudadanos o de la secesionista ERC. En esas condiciones, si un gobierno así se forma, no parece tarea fácil aprobar unos Presupuestos o encarar la emergencia catalana, por citar sólo un par de ejemplos. En el preacuerdo, su punto noveno alude a Cataluña y sostiene que se privilegiará el dialogo, siempre dentro de la Constitución. ¿Quiere eso decir que se excluye la convocatoria del referendum que defiende Podemos? ¿O mas bien que ya se desechó la aplicación del artículo 155 para detener la ruptura constitucional, ese que Sánchez afirmó en campaña que impulsaría sin que le temblara la mano?

Si se toma en consideración que atravesar todas estas turbulencias se hará en un clima general de falta de credibilidad entre sus oponentes y de desconfianza y recelo entre sus adherentes, la conclusión que se proyecta no puede ser otra que la de un elevado nivel de incertidumbre y un destino poco claro. Las alegrías de los partidarios del pacto no van a durar mucho más allá de su puesta en ejercicio. Basta con levantar la mirada temporal un poco para que pueda hacerse sin exagerar una predicción simple: si llega a formarse, este Gobierno tiene pocas probabilidades de concluir esta legislatura. Tal vez mucho menos.

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