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SOBRE LOS PACTOS DE INVESTIDURA

Por GABRIEL ELORRIAGA

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No cabe mayor menosprecio a las instituciones constitucionales que autoexcluirse del deber de informar al jefe del Estado de sus propósitos ante una sesión de investidura para proponer un candidato a la Presidencia del Gobierno. Esto han hecho Esquerra Republicana de Cataluña acompañada de Junts per Catalunya y Bildu. No cabe servidumbre más rastrera que ir a Barcelona a cabildear con ERC el mismo día que dicho partido debería acudir a la llamada a consulta de Su Majestad el Rey.

Ese marrón se lo hace tragar Pedro Sánchez a sus delegados mientras él se reserva el último truco que puede ser el más imprevisto de un prestidigitador del circo político. Si el resultado del paseo de Adriana Lastra y compañía consigue evitar el voto negativo a la investidura de Sánchez no será por abstención sino por ausencia a cambio de concesiones indignas y de comportamientos obscenos. No sabemos si existió un ignominioso preacuerdo desde antes de las elecciones ni si existirá un acuerdo pactado en la sombra por unas delegaciones de diputados del PSOE y de ERC; si se trabajó el preacuerdo Pablo Iglesias presentándose a Junqueras en la cárcel como futuro vicepresidente de un Gobierno capaz de dialogar sobre el derecho a decidir y a amnistiar, o si no está suscrito aún ningún preacuerdo y la investidura de Pedro Sánchez está en el alero.

Lo cierto es que Su Majestad el Rey está escuchando cómo piensan actuar las formaciones con escaño en el Congreso de los Diputados excepto ERC, CUP y Bildu, lo que quiere decir que el grupo imprescindible que necesita con tanto afán Sánchez no se digna, por el momento, definirse en ningún sentido o, quizás, su grosería es una forma de preanunciar su abstención o su ausencia definitiva que sería como reservarse el derecho a una futura insurrección.

Después que el pueblo español impidiese anteriores intentos de confirmar al presidente en funciones, procedente de la contingencia de una moción de censura, Pedro Sánchez insiste en su ambición a pesar de la mengua de sus votos populares y de los de quien fue su socio preferente hasta que dejó de serlo para pasar a quitarle el sueño. Es de suponer que habrá tomado las previsiones para lograr un acuerdo estable de Gobierno y legislatura y que existan complicidades más profundas de lo que parece o Pedro Sánchez va a jugar como un ludópata de la política. La versatilidad de Pedro Sánchez hace difícil suponer que quienes hayan de ser sus cómplices reticentes en este trance acepten sus promesas a través de intermediarios o sus palabras ambiguas sin otras garantías que compromisos verbales.

Las facciones que deberían apoyar al candidato se supone que dispondrán de alguna garantía de cumplimiento de determinadas promesas o, cuando menos, que exigirán hacer públicos los preacuerdos concertados y firmados con quienes lo van a elevar al poder. De lo contrario es que solo existe una afinidad nebulosa o coincidencia en un ocasional mal menor que no puede ofrecer una base parlamentaria sólida a ningún tipo de Gobierno sea de coalición o de confabulación.

De momento —y ya estamos en el momento crucial de las consultas del jefe del Estado— no se conoce ninguna concertación seria que haya llegado a buen fin excepto esos diálogos de tócame Roque que se enlazan y desenlazan fácilmente entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias como queriendo dar a entender alambicadamente a los separatistas que Sánchez sería capaz de sentar como vicepresidente del Gobierno a quien es capaz de aceptar el principio de autodeterminación de las etnias y la plurinacionalidad del Estado.

Guste o no guste, la clave está en algún lugar de Cataluña. No en Barcelona sino en Lledoners. Porque prenegociación, hasta ahora, solo se ha visto con un partido que ni tan siquiera gobierna en Cataluña. Con las otras fuerzas parlamentarias que suman mayoría constitucionalista absoluta contando con el PSOE no se ha descolgado el teléfono.

Da la impresión de que Sánchez aspira a gobernar en solitario por el procedimiento de las abstenciones a babor y estribor, rogadas por la necesidad apremiante de que se forme un Gobierno a toda costa. Pintoresca exigencia de quien lo único que quiere es quedarse él a toda costa. O yo o terceras elecciones es la temerosa amenaza que expresa con su extravagante conducta. Pero puede encontrarse con la respuesta de aquel dirigente que predicaba a sus potenciales electores aquello de “Yo o el caos” y se encontró con la sorpresa de que le contestaban ¡El caos! ¡El caos! Porque completar un menguante grupo parlamentario con un menguante neocomunismo y minorías separatistas cargadas de metralla anticonstitucional es un proyecto caótico para el que no hacían falta tantos dimes y diretes y tantos intercambios vergonzantes por debajo de la mesa.

El combinado de una socialdemocracia europea con quienes quieren romper la unidad de España, de su estructura de Estado, su economía libre y su libertad de enseñanza es como vender nitroglicerina embotellada en el supermercado. Una anormalidad explosiva que alguien tendrá que desactivar en un futuro.

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