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VOYEURS EXISTENCIALES

Por Julia Llorente

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"No hay encuentro, no existe el dialogo.  La palabra queda convertida en un borrón ininteligible".

A menudo entramos en comentarios cotidianos como: "La gente ha cambiado mucho, cada uno va a lo suyo". "Ya no es como antes, nadie se preocupa por nadie". "Es dificilísimo conocer personas nuevas". Y es cierto, y no se trata del típico esquema generacional donde las dinámicas se van modificando en el tiempo hacia costumbres más aperturistas. A priori podriamos pensar que sólo los más jóvenes son los autores de ciertas actitudes, pero no es así. Si observamos no existe una franja de edad, los mayores también están sumergidos en el individualismo colectivo que, paradógicamente, se da en un conjunto de masas cada vez más abundante.

La primera razón más esgrimida para dar sentido a esta especie de  aislamiento global, es la aparición de las nuevas tecnologías. Tal vez exista algo más allá de lo que la telefonía móvil, interné y la vasta gama de posibilidades que todo ello ofrece, a la hora de plantearse qué le ha ocurrido al ser humano en cuanto al modo de gestionar sus relaciones interpersonales.  Mirando hacia atrás en el tiempo podemos observar que la tecnología, incluida aquella que facilitaba la comunicación, siempre ha estado presente sin que ello influyera, al menos tan masivamente, como se le responsabiliza en la actualidad. 

Tirando de memoria y tras un repaso sociológico sobre el modo en que el sujeto se ha ido manejando respecto a sus habilidades comunitarias en las últimas décadas es inevitable encontrar, además de los intereses sociales, culturales, políticos, artísticos, afectivos... el reciente hallazgo de un interés especial en saber del otro. Un otro diferente de ese Otro que, psicológicamente hablando, sumerge al individuo en una lidia intrapsíquica a tratar dentro de otro esquema existencial, aunque, posiblemente, contenga una huella catalizadora entre el sujeto como tal y éste del presente siglo.

Existe una sospechosa coincidencia entre el paulatino desapego humano, desde esa realidad como marco del encuentro hacia diversas direcciones, y la aparición de ciertos programas denominados "de entretenimiento"  donde solo una parte queda expuesta, actuando la otra parte como mero expectador. El Reality Show, desde sus infinitos formatos, "facilita" la posibilidad de encontrar-se, enfrentar-se y confrontar-se con el semejante sin arriesgar aquello que, de otro modo, le obligaría a relegar parte de su narcisismo. Con más dosis de narcisismo de lo habitual, el sujeto, posee un ahorro, a pesar del flaco favor que ello le hace, que lo va derivando hacia una permanente insatisfacción.  Aumenta la búsqueda del "todo que acaba en la nada", ya que nada es suficiente para saciar un vacío que, a modo de metadona emocional, encuentra como observador de la vida que otros venden. Convertido en voyeur de la existencia de otros halla el consuelo para su identidad confusa, donde su especulación va saltando desde el empoderamiento ficticio de un sí mismo ideal al enjuiciamiento de aquello que rechaza en los otros virtuales. El paso a la cosificación del objeto y el chisme como única narrativa de criterio con, y hacia, los semejantes. No hay encuentro, no existe el dialogo.  La palabra queda convertida en un borrón ininteligible. Así, en la actualidad, al nudo entre malentendido e inconsciente, corresponderían los nuevos síntomas que determinan los malestares, y la conducta humana del presente. 

Al encender el televisor son muchas las horas ocupadas por esta tendencia cada vez más pronunciada a revelar lo más íntimo del ser humano.  Atrás quedaron las telenovelas, los programas que manejan alguna situación de la vida real, ni siquiera los talk shows, ya nada de eso es suficiente.  

La intimidad está ahora invadida por los medios técnicos de comunicación, y por quienes se ofrecen a ello. Los mass-media juegan una batalla cuyo juego no es otro que el ser humano, y el blanco su intimidad. De un lado el perfeccionamiento de estos medios para penetrar en lo que parecía impenetrable; y de otro porque hay gentes dispuestas a  especular con su intimidad, cotizándola materialmente.

Los Reality Show evidencian que la intimidad, así como la subjetividad, es un derecho en crisis, algo que puede ser objeto de comercio y discusión pública. Todo atisba a la continuidad de su expansión en un mundo aletargado que busca cada vez nuevas (y no siempre favorables) formas de entretenimiento.  Queda el tercer implicado en este asunto: el espectador, el consumidor de vidas ajenas.  


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