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SOBRE EL DISCURSO DEL FELIPE VI

Por ENRIQUE GOMARIZ

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Cuarenta y ocho horas antes del mensaje del Rey en ocasión de la Navidad, la mayoría de los medios de comunicación españoles anticipaban, según fuentes confiables, que Felipe VI centraría su discurso en la necesidad de una política moderada para España y en la defensa de la unidad territorial. No puede decirse con rigor que hayan acertado. Es cierto que la Corona hizo menciones puntuales a esos dos temas cruciales, pero su intervención ha sido mucho más general, descriptiva y mansa de lo que muchos medios periodísticos y políticos habían esperado.

La consecuencia lógica de este tipo de mensajes no muy determinados es que cada sector puede destacar lo que le parece más conveniente, en general para favorecer sus propias posiciones. Según PSOE y Podemos, el discurso real capta bien los desafíos que su preacuerdo de coalición plantea enfrentar. Según PP y Ciudadanos, Felipe VI ha defendido el marco constitucional que ponen en cuestión los aliados de Pedro Sánchez. Para Vox lo importante es que el Rey ha reiterado la grandeza de España y la necesaria unidad de los españoles para defenderla. Únicamente las fuerzas independentistas han mantenido a piñón fijo su crítica irredenta de la Corona.

Ante esta situación cabe la pregunta de si es posible o no hacer una valoración comunicativa del mensaje real en sí mismo. Creo que es posible hacerla desde la perspectiva de su análisis de contenido, así como desde un enfoque comparado, en relación con otros mensajes recientes y relevantes. Claro, siempre es posible hacer una lectura meliflua del mensaje del Rey para no afectar su majestad. Yo creo, sin embargo, que es mejor seguir la enseñanza del cuento de Andersen sobre el Rey desnudo.

La composición del discurso real comienza haciendo un apretado diagnóstico de situación, señalando retos nacionales y globales (salto tecnológico, crisis climática, problemas de empleo, desigualdad, deterioro de la confianza en las instituciones). En suma, “tiempos de mucha incertidumbre”. Destaca una disrupción sorpresiva en esta relación de retos: “y desde luego Cataluña”. Como un guiño. En realidad, se trata de la única mención directa al conflicto catalán. No hay duda de que Felipe VI ha querido pasar a la velocidad de la luz por sobre uno de los problemas “más graves para nuestra convivencia democrática” (según él mismo dijera en octubre de 2017).

A continuación, el discurso hace un extenso recuento de fortalezas de la nación española (salud, educación, comunicaciones, tecnología, etc.) y recoge los valores de la transición, entre los cuales destaca tres: 1) el deseo de concordia, 2) la voluntad de entendimiento para “integrar nuestras diferencias dentro del respeto a nuestra Constitución”, 3) “la defensa y el impulso de la solidaridad, la igualdad y la libertad”. Si se mantienen con tesón estos valores no hay razón para poner en duda la confianza en la fortaleza de España. Como ha dicho el editorial del diario ABC al día siguiente se trata de la versión positiva del país que hace la Corona. Pareciera que se busca aumentar una confianza identitaria y, además, ser cordial y no molestar demasiado a nadie.

Claro, esa orientación conciliatoria queda más clara al hacer un análisis comparado del mensaje real. Algo que han subrayado de inmediato los representantes de Podemos, que contrastan este discurso con el pronunciado por el Rey a los dos días del referéndum ilegal del 1-O en Cataluña. Tanto Pablo Iglesias como Pablo Echenique han hablado de “rectificación” de Felipe VI respecto de aquella “visión estrecha y autoritaria sobre Cataluña”. Además, aseguran que la Corona ha “moderado su discurso y demuestra un mejor olfato político ante la nueva época que se abre”. También insisten en que el Rey quiere atraer a las mujeres y a los jóvenes para evitar problemas a la Corona en un futuro.

Desde luego, los dos discursos que se mencionan no son enteramente comparables. Uno se refiere específicamente al conflicto en Cataluña y el otro hace una descripción general de la situación en España. Pero es cierto que presentan pronunciadas diferencias, tanto de fondo como de forma. El fondo del discurso de 2017 refiere a la defensa irrestricta del Estado frente a quienes lo estaban poniendo en cuestión. Hoy, después de los incendios de las calles de Barcelona, cuando el Estado está siendo visiblemente ninguneado, no hubiera estado mal algo de consistencia al respecto. Claro, no era necesario usar la forma imperativa de aquel discurso, pero tampoco era obligado un discurso suave y demasiado general, que, evidentemente, busca una imagen atractiva de la Corona, evitando molestar a nadie. Algo que pareciera un esfuerzo inútil, imposible de conseguir, en el caso de los independentistas, para quienes este mensaje navideño, lejos de ser contemporizador, se mantiene completamente en el marco autoritario del discurso de 2017.

Como ha señalado algún observador, si el discurso de 2017 tenía por objeto defender con firmeza el Estado, pareciera que el objetivo de esta intervención navideña fuera preservar la monarquía mucho más que defender el Estado. Y cabe la pregunta de si no era posible una combinación más clara de ambas cosas. Ahora bien, si eso fuera así, si se hubiera puesto el énfasis en la preservación de la monarquía, sería una gran lástima. Porque el respeto por la monarquía de muchos ciudadanos de tradición republicana -como quien suscribe- se ha basado en que la Corona compensaba el gran vacío que existe en España de sólido sentido de Estado. Si el Rey se ha contagiado de esta ramplona cultura política en que cada uno va a lo suyo (la preservación de la monarquía en su caso), eso invitaría a imaginar otro ámbito, otro régimen, en donde pudiera darse una jefatura de Estado que se dedique a defenderlo como primera prioridad.

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