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EL MUSIUI QUE YO CONOCÍ

Por IÑAKI ANASAGASTI

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Pedro de Loyola fue un marino profesional que fue jefe de máquinas del destructor José Luis Diez. Era primero de mi abuela, natural de Bermeo y hombre que tuvo que rehacer su vida en Venezuela, tras la pérdida de la guerra civil. Le gustaba contar sus batallas y me narró su exilio embarcado en un gran paquebote, el La Salle, donde también fue mi padre. La historia, a ochenta años de aquellos hechos, tiene su aquel. Fue esta:

A comienzos de la última Guerra Mundial se encontraban en Francia millares de exiliados vascos, deseosos en su inmensa mayoría de trasladarse a los países libres de América. Acababan de padecer el desastre de una guerra y buscaban la paz y la tranquilidad necesaria para rehacer sus vidas en estas tierras hospitalarias.

Las naciones más solicitadas eran Venezuela, México, Argentina y Chile. La primera tenía un representante con poderes omnímodos, con residencia en Burdeos, apellidado Guzmán; pero tal señor no se ocupaba debidamente de los emigrantes que deseaban trasladarse a su patria; es más, ponía toda clase de inconvenientes a la mayoría, por lo que Venezuela perdió la gran oportunidad de llevarse la mejor parte de los exiliados en calidad y cantidad; lo motejaron de "Guzmán el Malo" por sus arbitrariedades y desatención en su importante misión. Enterado al Gobierno de Venezuela de su conducta, lo destituyó.

México, Argentina y Chile, aprovecharon las dificultades que ponía Venezuela, para ellas, por el contrario, dar mayores facilidades, causa por la cual un gran contingente se fue para dichos países; no obstante, un crecido numero de exiliados "encontraron un agujero" para poder trasladarse a Venezuela sin necesidad del permiso de "Guzmán el Malo" y lo aprovecharon.

El Benefactor, Rafael Leónidas Trujillo, a nadie ponía impedimentos para trasladarse a Santo Domingo, siempre que "aflojase" en la embajada de París o en el consulado de Burdeos, sus 65$, extendiéndoseles incluso los certificados de salud, vacunaciones, esto sin ser reconocidos previamente. A Trujillo le importaba poco ni mucho el que entre los emigrantes fuese algún que otro comunista, porque lo que ambicionaba era la "plata". Sabía que nadie se atrevería a criticarlo, salvo aquel que desease desaparecer misteriosamente.

Embarcaron en Burdeos en el ¿trasatlántico? "La Salle", alrededor de unos 2.000, entre emigrantes y pasajeros que iban a las Colonias francesas del Caribe. Los emigrantes sólo podían sacar "pasaje de bodega", para lo que estaba acondicionado el barcarón a objeto de trasladar las tropas senegalesas a la Metrópoli.

Salieron de dicho puerto el 2 de diciembre de 1939, formando convoy con otros dos trasatlánticos que se dirigían a la Argentina y Madagascar, el "Liberté" y el "Jeanne d’Arc". Fueron custodiados por la aviación francesa hasta el atardecer del mismo día, en que ordenaron regresar a puerto por observar que los submarinos alemanes se hallaban al acecho y podían torpedear el convoy por la noche; salieron nuevamente al día siguiente, esta vez escoltados por un destructor de alta mar provisto de cargas de profundidad, en previsión de un ataque submarino, y por la aviación, siguiendo así hasta el Cabo Finisterre, donde abandonaron la protección, continuando el convoy rumbo a Casablanca. En este puerto, después de aprovisionarse, salieron los tres buques, el día 8 de diciembre, cada cual para su destino definitivo. El "La Salle", a la buena de Dios, debería atravesar la zona peligrosa del Atlántico, donde pululaban los submarinos alemanes.

Llegaron a Santo Domingo el día de Navidad para alegría de los bodegueros, alojándose en pensiones de mala muerte, advirtiéndoseles en todas ellas que se abstuvieran de criticar al Benemérito si deseaban no ser pasto de los tiburones.

La entrada a Venezuela, como emigrantes espontáneos, les fue concedida por el encargado de Negocios Dr. Horacio Blanco Fombona, quien les atendió a todos deferentemente.

Salieron de Ciudad Trujillo en el transcaribe "Rafael Leónidas Trujillo" el día 5 de enero de 1940. Los camarotes de primera y segunda clase iban atiborrados de "mariposas" dominicanas, que se trasladaban a Curazao a buscarse el "modus vivendi". A la compañía naviera "Dios y Trujillo" poco le importaba lo inmoral y pecaminoso del negocio, pero sí las pingües ganancias que le reportaba. De esta manera llegaron a Curazao, donde permanecieron un día siendo agasajados por el dueño del restaurante "Casanova", quien les obsequió con un suculento banquete, rociado con las mejores bebidas, para salir al poco para La Guaira, con pasaje de cubierta corrida, en el barco holandés "Cottica", allí pasaron la noche acostados sobre los cuarteles de las bodegas. Al llegar de madrugada frente al puerto, tuvieron una terrible desilusión al ver la inmensa ranchería que la cubría todo. Confiando en poder cambiar de opinión al llegar a Caracas, tomaron los carros por puestos que los conducirían a la capital, después de recorrer la tortuosa carretera con sus 365 vueltas.

La impresión no fue mejor, pero lo que sí les entusiasmó fue el comprobar que respiraban una atmósfera de libertad y tranquilidad, hecho por el cual se sintieron felices. Es bien cierto el hecho que ¡no se sabe lo que vale la libertad hasta que se pierde!.

En Caracas los alojaron en una pensión que pomposamente se llamaba "City Hotel". A los 16, que era el número de personas de que constaba el grupo, los ubicaron en una gran lonja o salón donde colocaron igual número de camastros de extensión, haciendo de sábanas y cobijas las gabardinas y abrigos que cada quien llevaba. Entre la incomodidad de las literas y el acoso de los mosquitos nadie podía conciliar el sueño, hasta que, derrengados por tanta lucha, amanecía; además se alarmaron todos, menos uno que deambuló antaño por el Perú, al ver que grandes cucarachones volaban de extremo a extremo del bodegón, en plan de pájaros: ¡quién lo iba a sospechar!.

A causa de la nefasta propaganda, los exiliados eran considerados como gentuza, capaces de comerse los niños crudos, por lo que los industriales, comerciantes y la burguesía en general los rechazaban; todos los esfuerzos les resultaban vanos ante el concepto deplorable que los dueños de negocios les tenían. De nada les servían sus argumentos de que eran personas capaces y honradas, como después los hechos lo han demostrado, tuvieron, pues, que deambular por plazas y calles vendiendo lo que podían. Resolvieron a poco ¿fundar una República?, en la que cada quien tendría una misión en función de sus actividades, aportando al "Banco de Refugiado" las ganancias provenientes de cada jornada; nombraron Presidente del "Instituto Autónomo" al más capaz ya que un sacerdote le había entregado en Francia 9.000$, con la consigna ya me lo pagarás cuando puedas y que Dios te ampare.

Así organizados, uno de los inmigrantes se dedicó a la venta de perfumes, esencias y potingues de belleza, por lo que fue nombrado Ministro de Colonias; otro comenzó a vender medias para señoras, sostenes, pantaletas, etc., y se le designó como Ministro de Comercio; otro propuso comenzar la construcción "en terrenos de nadie", primeramente Ranchos, después Quintas y, finalmente Rascacielos, por lo que se le nombró Ministro de Obras Públicas; al "peruano", por notar que al amanecer abría sigilosamente una ventana y musitaba algo al Sol le nombraron Ministro de Justicia y Culto; otro que dominaba varios idiomas y era de carrera diplomática, se dedicó a escribir, noche y día, a cuantas empresas existían desde el Canadá hasta la Argentina (sin que jamás nadie le contestara), se le otorgó el título de Ministro de Relaciones Exteriores; el Médico, por unanimidad, fue proclamado Ministro de Sanidad y Asistencia Social, con la obligación de asistir a todos sin cobrar "locha"; un Licenciado Geólogo, ocupó la cartera de Agricultura y Cría; uno de los Marines fue nombrado Ministro del Ramo; un Militar, Ministro de Guerra, etc, y el "Musiú que yo conocí" le nombraron Ministro de Hacienda por haber vislumbrado la fórmula mágica de hacerlos, rápidamente millonarios.

El Presidente asignó a cada Consejero el sueldo mensual de Bs.100. Con dicha cantidad deberían cubrir todos sus gastos, así enumerados: una locha para cambures, como desayuno; un bolívar para el almuerzo y otro para la cena, que suministraba el Comedor Popular de la Plaza España, y un bolívar para el alojamiento del hotel; el resto para vicios (Bs.6,25); ¡ah! Con el compromiso formal de reintegrar los sueldos en cuanto hallaran colocación, para devolver al filántropo Sacerdote sus reales que tanto nos beneficiaban.

La fórmula salvadora que descubrió "el Musiú que yo conocí" para hacerles ricos a sus compañeros de Gabinete, fue de lo más sencilla.

Estando sesteando por las tardes, porque nada tenía que hacer, advirtió que los vendedores de Lotería pregonaban la venta de sus billetes a las 2 y terminaban hacia las 3 de la tarde; un día se le ocurrió tomar nota de los números que vociferaban por la calle y "chequearlos" luego en la Lista que por las noches publicaban; y ... cuál no sería su sorpresa al comprobar que dos de los números anotados se hallaban premiados; como los sorteos eran radiados, se le ocurrió de inmediato "el negocio en cuestión"; no obstante, guardó el secreto hasta el día siguiente para comprobar si el "chance" se repetía. Ya sobre seguro, confidenció el hallazgo al Ministro da Relaciones Exteriores y al de Colonias, por ser el primero amigo de antaño y hacer de Secretario el segundo, que le "jalaba mecate" por si le salía al Jefe algún estupendo negocio; con algunos bolívares conseguidos durante la semana, alquilaron un cuartucho en el edificio Alcázar (después Hotel), y compraron a plazos un pequeño aparato de radio, y al contado 3 bloques de papel y 3 lápices. En estos bloques pusieron una serie da columnas para decenas, centenas, millares, etc., a objeto de facilitar la marcha de los sorteos; el primer día, todo nerviosos, esperaron a que salieran los 3 primeros premios y gran parte del sorteo, saliendo inmediatamente, en volandas, a la calle "a probar fortuna"; cuando al cabo de más de dos horas largas, el "Musiú que yo conocí", todo extenuado de caminar por plazas, calles y paseos, se acercaba a la "Oficina" sin ningún resultado positivo, oyó cómo cantaban el número premiado con el Gordo; todo emocionado, voló al principio y se acercó después lentamente haciéndose el distraído, hasta cerca del vendedor, cotejando sus billetes; al comprobar que 18 quinticos que le quedaban eran los afortunados, se los compró; al momento se apoderó del "Musiú que yo conocí" tal ansiedad, que no pudiendo resistir la emoción se metió en la Catedral, y ante al temor de un desvanecimiento se sentó en un banco; estaba aterrado como si hubiese cometido un crimen; su moral no le permitía la comisión de semejante delito y temblaba sin querer; poco a poco trató de serenarse y hasta de justificarse ante sí, culpando a la necesidad que le obligaba a ello, llegando por razonamientos sucesivos a mitigar sus escrúpulos; una vez repuesto, salió del templo, no sin antes haber rezado un Padre Nuestro en acción de gracias por el hallazgo, y se dirigía a su "Despacho", en donde les daría el notición a sus consocios.

Efectivamente, allí los encontró todo abatidos y fatigados, sin pensar en la "buena nueva" que les esperaba; al enterarles el "Musiú que yo conocí" del éxito, le abrazaron hasta estrujarlo, viendo en él la salvación que les libraba para siempre de tantas privaciones y necesidades. El Ministro de Colonias le arrebató de las manos el billetico y lo besó con furia, hasta mojarlo peligrosamente, entregándoselo, después de comerse los números con la mirada, al Ministro de Relaciones Exteriores; éste, hombre ecuánime, chequeó el billete con la lista y al poco comenzó a palidecer ante la alarma de los socios, que lo auscultaban ansiosamente; al rato y con voz ronca, dijo secamente: ¡los números interiores están invertidos respecto al número premiado!

No obstante, el "Musiú que yo conocí" argumentó que estaba premiado con reintegro y que el "filón" estaba descubierto. Sin embargo, los fracasos se sucedieron de sorteo en sorteo, por lo que tuvieron que pensar en otra cosa. Y así lo hicieron.

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