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TORRELAVEGA EN 2020

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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EL 29 de enero de 1895 la Reina Regente, María Cristina, concedió el título de Ciudad a Torrelavega por el aumento de su industria y población, hecho del que se cumplen en este año de 2020 ciento veinticinco años  –aunque como Villa, aceptando a Leonor de la Vega como fundadora, sus orígenes se remontan al siglo XIV- un tiempo en el que ha ido creciendo y  adecuándose a las nuevas necesidades y modos de vida. Torrelavega estrenó el siglo XX con 7.777 habitantes, en 1991 alcanzó los sesenta mil, mientras que en el año que acaba no supera los 52.000 habitantes.

La Torrelavega que llegó en 1995 al Centenario y ahora cumple 125 años de la concesión del título de Ciudad, es muy diferente de aquella Torrelavega plácida que se endomingaba para la misa de once de don Ceferino y el paseo por El Portalón; la ciudad de los teatros en los que podía asistirse a un drama de Echegaray o a una comedia de Benavente; la diligencia que paraba enfrente de Casa Tiburcio, que anunciaba sus menús de peseta en El Impulsor o, el tañido de las campanas llamando a rezar el Ángelus.

En este antiguo solar de La Vega y de los Lassos, que en el mapamundi perediano se llama Villavieja, descubrimos a esos antepasados nuestros que se afanaban en días de mercados, los jueves, cuando Torrelavega se vestía con sus mejores galas para recibir a centenares de forasteros, acogiendo a los hidalgos e indianos en el Casino, al pueblo llano en las tabernas y a las tertulias de intelectuales en las reboticas.

Torrelavega amaneció en aquellos días con ese escepticismo de los pueblos inteligentes y la sospecha de aquellos comerciantes de finales del siglo XIX, pensando que el título podría traer consigo una elevación de los impuestos, una cierta pasividad que alcanzó, igualmente, a la Corporación –entonces presidida por un prestigioso médico, Gregorio Martin Blanco- ya que el Consistorio debió necesitar varias convocatorias para reunirse al faltar el quórum necesario a efectos de legalidad.  

Nada extraño, por otra parte, ya que en aquellos tiempos, quizás porque la política se entendía de otra manera, no siempre podían celebrarse los plenos corporativos,  no sólo de Torrelavega sino también de otras ciudades.  Los plenos se convocaban los sábados, a las tres de la tarde, en el segundo piso de la sede municipal en la Plaza Baldomero Iglesias  o de los Granos.

Cuando accedió a este título de Ciudad, las necesidades de la población eran muchas si tenemos en cuenta que en 1895 el alcalde Martín Blanco dispuso de una partida del presupuesto para adquirir raciones de pan para su distribución entre las familias necesitadas “dada la falta de trabajo, la crudeza del tiempo y la miseria”.  Existía, además, la necesidad acuciante de mejorar la salubridad pública y evitar así enfermedades.Faltaban diez años para que la nueva ciudad contara con una traída de aguas potable.

En el discurrir de estos 125 años no han faltado  etapas de sufrimiento, adversidad, éxitos, desarrollismo, crisis, paro e incertidumbres. Echando la mirada atrás no podemos olvidar como se han perdido señas de identidad con el derribo de edificios históricos como el Casino o el Teatro Principal, ai tiempo que se perdieron para siempre las piedras de la Torre de la Vega, origen de la fundación de la Villa y Ciudad.

Desde 1895, todo o casi todo ha cambiado en estos últimos 125 años, pues los teatros dieron paso a las salas de cine, las diligencias quedan en el recuerdo, la actividad ciudadana o las sirenas ya más débiles de las grandes fábricas ahogan el sonar de las campanas de las iglesias y El Cántabro o el romántico Café Sport desaparecieron porque empujaban las barras americanas y los pub. Pero no es posible detener el reloj de la historia como tampoco podemos olvidar que “la Historia es la obra viva de los hombres muertos” y que de aquellos antepasados ha sido posible recibir el legado de una ciudad que sigue sobreviviendo a pesar de las dificultades.  

Villa dinámica y bulliciosa, -activa, hermosa y culta, según describió  en un soneto José María Cañas-, Torrelavega consolidó su liderazgo en el siglo XX con una fulgurante progresión que alcanzó su cénit en los años treinta cuando nos visitaban con frecuencia Rafael Alberti, Miguel de Unamuno, Jesús Cancio, Gerardo Diego, José del Río Sainz,  Víctor de la Serna y José María de Cossío para protagonizar  actos   culturales y sociales.

POR UNA ANTOLOGÍA LITERARIA

A lo largo de muchas lecturas nos hemos encontrado con el nombre de Torrelavega en libros, artículos periodísticos o poemas de escritores reconocidos, sintiendo una especie de vanidad colectiva; un tanto pueblerina si quieren. Ya sabemos que en la mayor parte de los casos, no pasa de ser un comentario que solo se queda en eso, en una frase, en una página o en una estrofa, pero nuestro amor por las cosas del pueblo, por mínimas que estas sean, en aquel momento se siente sacudido y vibra, transformándose en un eco que nos gustaría que se extendiera por todo el territorio.

Es, por ello, por lo que volteamos algunas de estas citas literarias con las campanas que anuncian el 125 aniversario del título de ciudad en cuyo elogio unos ponderan la belleza de sus paisajes, otros sus tradiciones y su prosapia ilustre, que son signos de supervivencia más duradero que las chimeneas de nuestras fábricas en declive desde hace años.

En esta antología literaria sobre la ciudad, comenzamos por José María de Pereda que en su obra Al primer Vuelo (1891) que el propio escritor definió como “idilio vulgar”, nos encontramos con una descripción de Torrelavega a la que dio el nombre de Villavieja. Por ese mapamundi perediano en el que se evoca a Villavieja que acoge a hidalgos y a indianos en su Casino y reboticas,  mientras que los días de mercado nos encontramos con las señoras y las zagalas que revuelven los retales de las tiendas de los pasiegos.  

De Marianela de Pérez Galdós nos quedaría el nombre de Villamojada. No le defraudó cuando en septiembre de 1917, el autor de Marianela realizó su última visita a Torrelavega y a los parajes de Cartes (Socartes) en los que se inspiró.  Como deseando la climatología hacer una gracia al escritor canario, afincado desde finales del XIX en los veranos santanderinos, durante su estancia en la ciudad la lluvia cayó "con una horrible torquedad, ensanchando las charcas, que devoraban sin piedad la pulcritud de nuestro calzado", escribió el periodista José Barrio y Bravo  en El Cantábrico sobre la histórica visita. Este ambiente mojado de Torrelavega quedó para el recuerdo de cuantos acompañaron al insigne escritor, entre otros los los hermanos Álvarez Quintero que con la actriz Margarita Xirgú participaron en una sesión teatral de Marianela en el Principal.

Amós de Escalante consciente de su localismo llamó a las dos cosas por su nombre y en  Costas y Montañas hace una descripción del sonoro mercado de Torrelavega de la que entresacamos estas líneas: “Así es el cuadro que la plaza ofrece: colmada, henchida, intransitable de curiosos, chalanes, baratillos, tiendas y puestos de géneros”. 

Otro brillante poeta y periodista, José del Río Sainz, Pick, un día de 1928 inició su columna diaria de La Voz de Cantabria con estos renglones: “En este domingo de Torrelavega, los dos motivos montañeses, el pintoresco y el emocional, se dan plenamente: hay feria y hay lluvia”. Y a continuación nos ofrece el poeta y escritor una bella página de la feria y de sus tratantes, que forma parte ya de un laboratorio de nostalgias que se concentra en su afortunada frase “hombres de mostrador que avivan la hoguera literaria o artística en las tertulias ciudadanas”

También dos poetas, Gerardo Diego y Jesús Cancio, cantaron a Torrelavega. El primero  en su entrañable libro “Mi Santander, mi cuna, mi palabra”, con un poema del que no nos resistimos a transcribir los cuatro últimos versos: Si en Santander no naciera/orillas de mi bahía/Torrelavega del campo/por cuna te elegiría.

Por su parte, Jesús Cancio en su obra Bronces de mi costa, dedica a Torrelavega este canto: “La belleza ideal de vuestra Vega/la esbeltez de la Torre solariega/que Garcilaso en ella levantara/cuanta gracia juntó Torrelavega/si con vuestra hermosura se compara/ni a recordar vuestra hermosura llega/” para terminar, entre emociones, a dejarnos esta descripción: “Torrelavega amada/Ciudad encantadora y encantada…/”. 

A estas referencias, podemos añadir algunas más, en concreto de Víctor de la Serna y Vicente de Pereda, que reflejan esa pasión compartida por la ciudad. Así, Victor de la Serna y Espina con su seudónimo de Juan Pérez, dejó en el periódico La Región que dirigía en 1925 un bellísimo artículo sobre el nombre de Torre La Vega:

“No afirmo que Torrelavega sea el pueblo más bonito del mundo, lo que sí afirmo con la gallardía de un reto es que no hay otro pueblo en España que tenga el nombre más bello y más sugestivo. Se nos dirá que existe un Menas‑ Albas y un Madrigal de las Altas Torres y un Medina del Campo y un Belvis de Monroy. El primero suena a nombre de erudito; el segundo, a pesar de haber nacido en él la Reina Católica, tiene nombre de pueblo de comedia de los Quintero; Medina del Campo es mixto de nombre árabe, y el último, es un nombre totalmente francés”.

Un legítimo orgullo que está en línea con lo que escribiera Vicente de Pereda: “¿Montañeses? Ya es cosa seria. ¿De Torrelavega? ¡Señores, descubrirse!.

Pero no siempre se cantaron las bellezas del lugar. En una ocasión, en 1927, el Conde de Güell dedicó a la ciudad unos párrafos que provocaron una reacción de rechazo y protesta cuyos ecos llegaron, incluso, a la Presidencia del Consejo de Ministros. Más o menos esto escribió el aristócrata: “La villa de Torrelavega tiene una vega y tiene una torre; pero no tiene nada de bella… Siendo tan poco poética la razón de su existencia ‑un mercado‑ es justo que Torrelavega sea vulgar... Así es Torrelavega de feo”. No es de extrañar que el sentimiento y amor propio de los torrelaveguenses se sintiera herido.

Si bien no pasó a la historia como buen literato el aristócrata Conde de Güell, aunque si por vividor por sus signos externos que el doctor Eduardo Cuevas llegó a calificar a amariconados, otro escritor, este de verdad, Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura, hizo pasear a su personaje por nuestra ciudad y en uno de los libros de viaje  Del Miño al Biadosa, el universal autor escribió estos sabrosos comentarios sobre su breve estancia en ella:

Con aires de ciudad de buena planta, limpia y dada a la industria y al señorío, Torrelavega sobre el río Besaya es villa solemne”, añadiendo: “Barajando los nombres gentiles de los Garcilasos y del rey don Enrique, de doña Leonor de la Vega, del almirante Hurtado de Mendoza, del Marqués de Santillana, del Duque del Infantado, de los Calderón de la Barca y de los cien próceres que la historia escribe con letras de oro, sale y ya no por arte de magia, Torrelavega”.

El punto y seguido, nunca final, de esta Antología literaria sobre Torrelavega se cierra con unas líneas del Romance Viejo que Gerardo Diego dedicó a su amigo Pedro Lorenzo: “La Vega tiene una torre/y esa torre cual sería,/ Torrelavega de torres/y solares de hidalguía,/Quietas te estás en tu centro/Y más ancha cada día/Desde las hoces al mar/La Vega todo es poesía”.

Todo lo que antecede representa un apretado resumen de lo que un día podía constituir parte sustancial de una Antología Literaria de Torrelavega.  

JOSÉ RAMÓN SAIZ FERNÁNDEZ

Escritor. Doctor en Periodismo.

Académico C. de la Real Academia de Historia

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