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Coronados por la incertidumbre

Por Julia Llorente

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Dentro de los malestares del ser humano existe uno que, en sí mismo, puede desatar muchos otros, amén de la inseguridad y desconfianza que este displacer contiene: La incertidumbre. Es en estos momentos de pandemia, provocada por el COVID-19, donde los responsables de diferentes instituciones (políticas, de salud, sociales...) manejan un discurso cambiante, contradictorio en ocasiones. Desde la escasa importancia, al estado de alarma.  Igualmente,  protocolos que varían en cuestión de horas configurados, a la carta, donde el ciudadano tiene que improvisar según el código que le corresponda. No estamos ante aconteceres sociales habituales, sin que ello reste importancia, sino ante la enfermedad y la muerte. Pero, esto conlleva también una crisis económica, llevando al cuestionamiento de muchos sobre si ésta prima antes que la desdicha humana.

La necesidad de un buen decir es el anhelo con el que, a día de hoy, se despierta cada sujeto. Estamos ante un real, el lenguaje para expresar ese real no es en balde, ya que conocemos el poder de la palabra y cómo nuestros pensamientos y acciones estarán condicionados por la nominación, es decir, por la manera de orientarnos desde la comprensión y el abordaje de aquellas cuestiones que nos afectan.

Decía Lacan, "Lo real  es aquello que está fuera del sentido, pero que al mismo tiempo ejerce como causa de nuestros actos". La pobreza, la enfermedad, la violencia, la muerte... son manifestaciones reales de las vidas en crisis. Es por ello que estamos conminados a inventar ficciones que les otorguen algún tipo de significación.

Todo individuo precisa pensarse sobre pilares coherentes, previsibles, estables, como protección de la intrusión de lo ajeno, con su análogo de imprevisibilidad. Tanto individualmente como en sus vínculos el sujeto sostiene de manera ilusoria una exigencia de certeza, de verdad y de saber, que posibilita soportar las alternativas de la vida diaria. En distintas circunstancias, perder la ilusión de previsibilidad no provoca mayor trascendencia, pudiendo sustituir  unas certezas por otras. Pero, en ocasiones, impuesto por la evidencia, el desvanecimiento de ésas provoca sufrimiento, experimentado como desconcierto y angustia.

La forma de paliar dichos sentimientos variará en cada sujeto, como estamos viendo ante la trágica situación que nos afecta de manera global, desde aplaudir en balcones y ventanas, hasta saltarse las normas exponiéndose y exponiendo a otros, pasando por el acopio de comida y otras variedades, de la más insulsa a la más bizarra. Si bien son muchos los que actuan de forma adecuada, para algunos, quedarse en casa, para esquivar la fatalidad, parece despertar los mismos síntomas que su antagonista, el desahucio. Así de peculiares somos los humanos a la hora de manejar las inclemencias del destino, aferrados a un goce que somos incapaces de clasificar.

No es que sea toda la responsabilidad de aquellos que determinan el patrón a seguir en estas circunstancias lo que hace posible la esencia de la conducta humana, pero sí que contribuye a la exacerbación de la misma en muchos casos.

Ahora bien, si toda incertidumbre cursa desde el mismo mecanismo, su etiología es variable. La referida se  presenta ante un panorama desolador.  Además de la enfermedad y la muerte, la injusticia, la desigualdad de oportunidades a la hora de atravesar la tragedia están presentes. Es alarmante que los sanitarios no dispongan de material adecuado, jugándose la vida con ello; que se trafique con parte de ese material. Que nuestros mayores corran peor suerte no sólo por ser  sujetos de riesgo, sino  por ser considerados "de segunda" a la hora de aplicar ciertos dispositivos ante la escasez de los mismos. Que se obligue a incorporarse a sus puestos de trabajo a individuos asintomáticos, o con síntomas leves.  Que miles de trabajadores estén en riesgo de perderlo todo. Que los seres humanos más vulnerables, social y económicamente,  se encuentren con la nada, teniendo que guardar tiempo de espera para poder acudir a los bancos de alimentos. Que las ayudas  proclamadas desde el discurso político estén cargadas de letra pequeña, y vacíos administrativos que para nada favorecen al afectado. Formamos parte de un mundo en el que escasea lo imprescindible dentro del grave episodio que nos toca atravesar, pero no hay problema a la hora de conseguir tabaco y bebidas alcohólicas.

Mientras, nos sumergimos en los aplausos dirigidos a los que nombramos héroes, los mismos que en otras ocasiones tachamos de villanos. Aquellos que nos reclamaban apoyo, desde las "Mareas Blancas", ante la indiferencia de tantos. Claro que, cada uno lo ejecuta desde su himno, en ocasiones más por la propia exhibición que como muestra de agradecimiento. De ser héroes lo han sido siempre, aunque ahora sería más preciso considerarlos víctimas del mal hacer neoliberal de este considerado primer mundo. 

Mucho se habla sobre el cambio hacia  un destino de mayor confraternidad. Tal vez parta mi criterio de una idea pesimista, pero la experiencia se impone a tenor de pasadas vivencias similares, situaciones que conmueven mientras ocurren, pero la sociedad, como conjunto, suele tener poca memoria.  Quizá, porque si bien somos seres sociales buscamos ante todo la identidad, y la identidad se concretiza en grupos que tienden a enfrentarse. La solidaridad es loable, siempre que existan una serie de obligaciones independientemente de favorecer, o no, al grupo al que se pertenezca. En ocasiones, los derechos fundamentales entran en conflicto, léase el derecho a las libertades y el derecho a la seguridad; derecho de propiedad y derecho de igualdad.  Ardua tarea para una civilización proclive a la incoherencia: Jugarse la vida, y la de otros, a la vez que sueña con el elixir de la inmortalidad.

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