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ESPAÑA SIN FUTUR0

Por Alfonso del Amo Benaite

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Sin duda atravesamos los peores momentos desde 1977, España además de padecer una brutal epidemia cuya deficiente gestión ha causado miles de muertos, afronta un desolador panorama económico que dejará herida la Nación y supondrá para millones de personas un enorme drama.

Frente a la dura situación que se avecina, ¿podemos hablar de recuperación? ¿será posible recuperar la situación pérdida? Pues no, decir eso sería alimentar una expectativa inviable.

Entre los años 2008 y 2011 se provocó una crisis que mandó a millones de españoles al desempleo, la recuperación no se pudo alcanzar hasta 2018, recuperación que se realizó sin solucionar problemas estructurales de endeudamiento, déficit, gasto público, presión fiscal, ineficiencia y tamaño del Estado, que estando presentes en la actualidad son un lastre tan pesado que impedirá una España solvente en el panorama de las Naciones avanzadas, con el consiguiente futuro de paro y empobrecimiento para la población.

¿Por qué creo que en España no hay solución? Pues lo creo por la propia estructura del Estado, por la cantidad de recursos que consume, por su deuda, por su ineficiencia, por la gente.

Es imposible avanzar en el bienestar ciudadano porque es imposible mantener un Estado que tiene superpuestos y amontonados al Gobierno de la Nación, las Comunidades Autónomas, Diputaciones Provinciales, Cabildos Insulares, Mancomunidades, Ayuntamientos, Pedanías, Juntas Vecinales, Empresas Públicas, Entes. Además y por supuesto tirando de la misma ubre, los satélites presupuestarios que anidan en la patronal, los partidos, sindicatos, kulturetas, ecologetas, defensores del podenco ibicenco y meapilas del buenísmo que entienden que Papá Estado debe dirigir la vida de la gente … demasiados tinglados, demasiadas personas con el sustento dependiente. Como para tratar que cambie nada.

Como consecuencia de esta monstruosa estructura del Estado en España el endeudamiento alcanza niveles del 100 % del PIB, con unas previsiones de sobrepasar claramente tal porcentaje antes de que acabe este 2020. El coste de financiación de esta tumoral deuda alcanza actualmente los noventa millones de euros diarios, más de 32.000 millones al año únicamente para pagar intereses, sin amortizar deuda. ¿Tenemos algún futuro con este panorama?

Sin embargo hay quien defiende el endeudamiento gubernamental de unos Presupuestos Generales del Estado que superando los 472.000 millones de euros están lastrados por los gastos  fijos de estructura, los de personal, mantenimiento, gastos financieros, pensiones, subvenciones …  que convierten la acción económica en un monumento a la ineficiencia, pues las AA.PP gastan cuatro euros para únicamente aportar uno al Producto Interior Bruto Nacional.

La incapacidad para superar la ecuación deuda, gasto e ineficiencia gubernamental tiene en muy buena medida correspondencia entre las personas que trabajan en la economía productiva y quienes están en la otra orilla. Así en España tenemos tres millones de empleados públicos, nueve millones de pensionistas, tres millones y medio de parados (pendientes de la sorpresita que nos deparen los ERTES ), es decir quince millones y medio de personas que consumen recursos sustentado todo ello por quince millones de ocupados en la economía productiva.

Esta situación de desesperanza se culmina con las expectativas de los españoles que en porcentaje superior al setenta y dos por ciento manifiesta su deseo de ser funcionario, datos que analizados con detalle resultan aún más preocupantes, pues de este setenta y dos por ciento, únicamente el diecisiete desea serlo por vocación profesional, mientras que el cincuenta y cinco por ciento restante lo quiere ser por «tener un sueldo seguro» y disponer de «horario cómodo» lo que nos deja bien clara la predisposición que estas personas pueden tener a la innovación y a la productividad. Vamos, perfectamente descriptible.

En serio, racionalmente, ¿se puede pensar que tenemos futuro como nación? cada vez tenemos más deuda y menos esperanza mientras que, sin detenerse, el Estado ocupa incompetentemente más espacio para convertirse en la nueva divinidad de una ciudadanía poco habituada al análisis crítico.

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