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INFIERNO FISCAL

Por GABRIEL ELORRIAGA

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Después de la pandemia llega la desescalada. Hasta donde pactan que llegue. La pandemia nos pilló a los españoles con un gobierno inadecuado, reclutado para el mercadeo con quienes se prestasen a constituir una mayoría heterogénea de enemigos de la España constitucional, sin el menor criterio selectivo de experiencia ni capacidad. Así nos ha ido. Pero ahora viene la segunda parte. Volver a la normalidad para que la economía no se hunda. Para ello tenemos un gobierno aún menos idóneo. Si el gobierno Sánchez-Iglesias fue deficiente para defender la salud aún es peor para hacer frente a una contracción brutal de la economía producida por el inevitable parón productivo.

La única solución para el gobierno Sánchez-Iglesias es la presión fiscal. No es la necesaria planificación solidaria que parece ser el plan que prepara Europa. Es la reforma fiscal llamada “tasa Covid”. Es un plan que no cuenta con la productividad de bienes sino con el reparto de los restos de la caída. Las grandes empresas son explotadoras, el turismo es estacional y precario, la agricultura esclaviza a los trabajadores, los automóviles contaminan. El único recurso es exprimir a los que se supone que tienen más para pagar el gasto social. Pero, para los gubernamentales, los que más tienen es un concepto elástico como si existiesen unos propietarios de tesoros inagotables producidos por la nada. En principio son un millar de multimillonarios que evaden o dejan de serlo en cuanto se les ahoga y cuyos patrimonios no alcanzan para mantener tres meses las pensiones y el desempleo. Por ello los que más tienen pasan a ser los pequeños empresarios, los profesionales de relumbrón, los comerciantes tradicionales y los artistas de éxito. Como con esos sigue sin ser suficiente, los que más tienen pasan a ser los profesionales liberales, las familias conservadoras y los arrendatarios de alguna vivienda. Como tampoco les salen las cuentas los que más tienen pueden ser cualquier trabajador con empleo estable, piso, coche y pequeño ahorro. Al final la presión habrá conseguido la soñada sociedad igualitaria: una burocracia dirigente confortablemente instalada sobre un pueblo esquilmado. Es lo que llamaríamos el infierno fiscal.

Existen en el mundo paraísos fiscales donde van a refugiarse los capitales huidos de los infiernos fiscales. Son territorios parásitos que viven de esconder en sus bancos fortunas de origen turbio cuando no claramente delictivo, sin demasiados escrúpulos. Allí duermen su sueño cuantiosos capitales estériles a la espera de encontrar alguna salida de la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones. En los paraísos fiscales no hay grandes escenarios para disfrutar de los tesoros acumulados. Allí no están los grandes artistas, las grandes joyerías ni los grandes modistos. Ni aunque estuvieran, allí no se celebran las grandes ceremonias ni los brillantes eventos culturales en que lucir las galas. Son unos territorios aburridos donde nadie piensa terminar su vida o criar a sus hijos. Son el confinamiento de los avaros a donde van a parar quienes no han sabido disfrutar en sociedades abiertas y emprendedoras.

En contraposición a los paraísos fiscales están los infiernos fiscales. Son sociedades cautivas de los Estados intervencionistas que han optado por la falsa creencia en los subsidios inagotables o que se han conformado con la pobreza del salario mínimo. La “canasta básica venezolana”. Lo peligroso es que, tras la contracción económica provocada por la pandemia y las ideas antimercado y contra la iniciativa privada de los ”podemitas”, el Gobierno Sánchez-Iglesias no ofrece otro futuro. Este Gobierno es otro virus que amenaza a la nación que fue durante décadas una de las potencias económicas del mundo libre y un ejemplo vital de convivencia y bienestar. El infierno fiscal no es una amenaza de muerte rápida como el coronavirus sino un liberticidio lento. Salvo que el milagro de una renovación política nos libere antes de que sea tarde.

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