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COVID-19, entre el nombre y la intencion

Por Julia Llorente

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El ser humano no sólo tiene que vérselas con la fragmentación en el estadio del espejo, al menos ésta formaría parte de su necesario desarrollo psicológico, entre los seis y los dieciocho meses de edad. El adulto se fragmenta, con cierta facilidad ilusoria, ante aquellas situaciones que hacen tambalear su estatus, el que sea. No de manera objetiva, ni subjetiva, sino desde una tercera opción de pensamiento saltándose las posibilidades acordes a cualquier selección, coherente,  preestablecida. 

Así,  durante los estados de alarma que atravesamos, el sujeto fragmentará su criterio las veces que haga falta, y siempre en virtud de sus intereses. Para algunos no importa que el virus pueda llegar a matar, se aferrarán a la lectura que de ello haga el influencer de moda o  el afamado youtuber de sesgo pseudocientífico y cultura semi oriental.  Estos acicates le servirán de excusa para actuar, obviando riesgos para sí mismo y para los demás. 

Los virus, en este caso el COVID-19, son invisibles, y como todo microorganismo carecen de intencionalidad. Al no poder ser nombrado como enemigo, el sujeto hará serpentear su pensamiento entre metonimias y topónimos en busca de la metáfora que mejor se ajuste a su deseo, tratando de darle a dicho microorganismo algún sentido en función de sus prioridades.

Bien distinto sería que a través de la tos, el estornudo, los aerosoles, o sobre cualquier superficie y espacio de riesgo, aparecieran unos guerreros portando armas amenazantes. En este caso, salvo excepciones que siempre las hay, entraría en juego la subjetividad entendiendo el confinamiento como una medida de prevención en vez de como un castigo. Las malas gestiones políticas, con sus devaneos y contradicciones,  hubieran resultado estériles, al poder(se) confrontar el discurso distorsionado con la realidad visible, tildando de enemigo a aquél a través del cual se pueda  justificar el síntoma desde lo real. 

Algunos ni siquiera retan al propio virus, se saltan la norma desde el animo de enfrentarse a quienes la establecen, aunque con ello ni ganen ni pierdan nada.  Por encima del riesgo prima la soberbia y la imbecilidad. Aunque en este sentido se señale a los adolescentes y a la gente joven no existe en realidad una franja de edad. Aquellos por sus ansias "de vivir", otros que dicen haberlo vivido ya todo.   

Pero el individuo no sólo fragmenta la razón a tenor de ver o no ver. En ocasiones, su inconsciente le induce al balbuceo entre lo imaginario y lo simbólico, para poder soportar lo real. Saturado por la introyección de la palabra inscrita de el Otro, sostenido dentro de su extructura, a partir del goce, termina convirtiéndose en su propio enemigo. Personas a quienes les aterroriza salir de su casa, sujetos incapaces de participar en reuniones sociales, pavor a viajar... En circunstancias normales, estamos hablando de seres humanos que padecen una gran angustia. Usando la ficción, y si este virus se quedara entre nosotros por mucho tiempo, surgiría un nuevo paradigma: Partiendo de la adaptación al medio estos humanos estarían más lejos del contagio y sobrevivirían  más que el resto. El mundo quedaría en manos de unos neuróticos, que, bien visto, serían mucho más inofensivos que algunos otros que, estando ya al mando,  son poseedores de delirios con alto grado de peligrosidad. 

Entre Santo Tomás y Paul Schreber existe un amplio abanico de síntomas a medida, que aumentan o merman dependiendo de los acontecimientos. El neoliberalismo es el encargado de aportar los planos para su edificación. 

 

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